A lo largo de la historia de la Psiquiatria y la Psicologia han ido concentrándose estudios, obervaciones e hipótesis sobre la crianza y sobre todo con la idea de que ciertos factores de ella —sin embargo sutiles u opacos— tenian algun tipo de relación sobre la personalidad futura del niño o las enfermedades psiquiátricas que de mayor, sufriría.
Asi se ha hablado de madre-nevera, de madre esquizofrenógena, de forclusión del nombre del padre, de madre perversa, de estragos parentales y de traumas de distinta naturaleza, unos con T (observables y de alguna forma objetivos) y otros con t, relacionales y esquivos.
Sin embargo ninguna de estas hipótesis —salvo las del trauma propiamente dicho— se han establecido como verdades generales a la hora de identificar el daño sufrido en la crianza con las consecuencias a largo plazo. En este post voy a abordar el tema de la acogida que no es exactamente crianza, sino todo aquello imaginario que precede a la crianza misma.
La acogida ontológica: qué es y cuándo falla
La acogida ontológica no es un gesto afectivo, ni una buena crianza, ni siquiera el amor parental. Es algo más primario y silencioso:
La condición de posibilidad para que un cuerpo pueda sentirse legítimamente existente en el mundo.
No responde a la pregunta “¿me quieren?”, sino a otra más radical:
“¿hay un lugar para mí?”
1. Qué es la acogida ontológica
La acogida ontológica es el acto —no siempre consciente— por el cual el mundo recibe a un cuerpo como esperable, como no erróneo, como no excesivo.
Incluye tres dimensiones inseparables:
a) Corporal
El cuerpo es reconocido como habitable, no como fallo, exceso o anomalía.
b) Simbólica
Existen palabras, nombres y relatos capaces de alojar lo que ese cuerpo es o llega a ser.
c) Relacional
Hay otros que no se retiran ante su aparición: miran, sostienen, responden.
En términos cercanos a Martin Heidegger, podríamos decir que la acogida ontológica es lo que permite estar-en-el-mundo sin que ese «estar» sea una intromisión.
2. No es amor, es anterior al amor
Aquí conviene ser precisos. Puede haber:
- padres amorosos
- instituciones protectoras
- discursos bienintencionados
y aun así fallar la acogida ontológica.
¿Por qué?
Porque no se trata de lo que se siente, sino de lo que se da por supuesto.
Cuando un cuerpo aparece y el entorno —sin decirlo— transmite:
- “esto no encaja”
- “esto complica”
- “esto habrá que corregirlo”
- “esto no estaba previsto”
la acogida ontológica ya ha fallado, aunque nadie haya sido cruel.
3. ¿Cómo funciona en estado normal?
Cuando hay acogida ontológica, el cuerpo aprende algo decisivo:
No tengo que justificar mi existencia.
Eso permite:
- explorar sin vergüenza basal,
- desear sin pedir permiso ontológico,
- equivocarse sin sentir que se pone en riesgo el ser.
En términos cercanos a Donald Winnicott, es el suelo invisible que permite el gesto espontáneo.
4. Cuándo y cómo falla la acogida ontológica
La acogida ontológica falla temprano, y a menudo sin trauma explícito.
Falla cuando el cuerpo nace en un mundo que:
- no lo esperaba,
- no lo comprende,
- no dispone de formas simbólicas para él.
Algunos ejemplos estructurales:
- cuerpos sexuados que no coinciden con la expectativa,
- deseos que no tienen genealogía cultural,
- sensibilidades que el entorno vive como “demasiado”, o excesivas.
- identidades que obligan al mundo a pensarse de nuevo.
El mensaje no es “no te queremos”, sino algo más devastador:
“No sabemos qué hacer contigo.”
5. Efectos de la falla (no patológicos, ontológicos)
Cuando falla la acogida ontológica, el sujeto no se rompe: se organiza de otro modo.
Aparecen configuraciones como:
- hipervigilancia identitaria,
- necesidad de nombrarse con insistencia,
- cuerpo vivido como problema a resolver,
- melancolía sin objeto claro,
- creación compulsiva de sentido o estilo.
No son síntomas en sentido médico. Son soluciones existenciales a un fallo de mundo.
6. La confusión contemporánea
Hoy se cometen dos errores simétricos:
- Reducir la falla ontológica a trauma psicológico
→ se individualiza lo que es estructural. - Negar la falla en nombre de la celebración identitaria
→ se tapa la herida con consignas.
Ambas posiciones evitan lo más incómodo:
que hay cuerpos que llegan antes de que el mundo esté listo para recibirles.
7. Reparar no es normalizar
La acogida ontológica no se repara corrigiendo al cuerpo, ni obligándolo a encajar.
Se repara —parcialmente— cuando:
- se amplían los marcos simbólicos,
- se tolera la ambigüedad sin urgencia,
- se ofrece presencia sin manual.
Como diría Hannah Arendt, se trata de hacer mundo, no de administrar vidas.
8. Frase-síntesis
La acogida ontológica es aquello que, cuando existe, no se nota;
y cuando falta, organiza toda una vida.
Cuerpos que nacen sin mundo
No todos los cuerpos nacen en un mundo. Algunos nacen antes de que el mundo esté dispuesto a recibirlos.
No se trata de carencia biológica ni de déficit psicológico, sino de una falla ontológica de acogida: el cuerpo llega, pero el mundo aún no tiene formas, palabras ni rituales para inscribirlo. El resultado no es la inexistencia, sino algo más grave: existir sin escena.
1. El mundo no es el planeta
Conviene precisar: mundo no es el entorno físico. El mundo es el espacio simbólico compartido donde un cuerpo puede:
- ser nombrado sin violencia,
- ser mirado sin extrañeza,
- desear sin tener que justificarse,
- sufrir sin ser patologizado de inmediato.
En este sentido —cercano a la tradición fenomenológica— el mundo es un campo de sentido previo. Algo que, como intuyó Hannah Arendt, no se reduce a la vida biológica (zoé), sino a la vida que aparece entre otros.
Hay cuerpos a los que ese “entre” se les niega desde el inicio.
2. Nacer sin mundo no es no existir
Es existir sin respaldo. El cuerpo que nace sin mundo:
- no encuentra espejo donde reconocerse,
- no hereda una genealogía simbólica,
- no dispone de relatos donde alojar su experiencia.
No es que “no sepa quién es”. Es que nadie sabe qué hacer con él.
Aquí aparece una melancolía muy específica: no la tristeza por algo perdido, sino el cansancio de tener que fundar mundo a solas, con el propio cuerpo como único material disponible.
3. El cuerpo como lugar de inscripción fallida
Cuando el mundo no ofrece inscripción, el cuerpo se convierte en archivo primario.
En él se graban:
- silencios familiares,
- miradas esquivas,
- bromas que hieren sin dejar rastro,
- pedagogías del “no hagas ruido”.
- Invisibilidad
El cuerpo aprende pronto que estar de más es una forma de peligro.
Y responde como sabe: tensándose, estetizándose, borrándose, transformándose, o convirtiéndose en escena.
Aquí el cuerpo no es síntoma: es lenguaje forzado.
4. Entre el exilio y la creación
De estos cuerpos suelen nacer dos destinos no excluyentes:
- El exilio interior
Una vida vivida en modo espectador, con ironía defensiva, distancia afectiva, o hiperadaptación. - La creación de mundo
Arte, pensamiento, estilos de vida, comunidades alternativas. No por vocación romántica, sino por necesidad ontológica.
No se crea porque se tenga talento, sino porque no hay dónde vivir si no se crea.
Como si el cuerpo dijera:
Si no hay mundo para mí, tendré que inventarlo.
5. El precio silencioso
Crear mundo tiene un coste.
Quien nace sin mundo:
- suele llegar tarde a la ingenuidad,
- conoce demasiado pronto la intemperie,
- confunde a veces libertad con soledad.
No todo es celebración identitaria. Hay cansancio, hay duelo no reconocido, hay una nostalgia sin objeto claro.
No se añora un pasado mejor, sino un mundo que nunca estuvo.
6. Una tarea ética (no terapéutica)
El desafío contemporáneo no es “normalizar” estos cuerpos ni convertirlos en banderas, sino algo más difícil:
Ensanchar el mundo para que no sigan naciendo cuerpos sin lugar.
Eso implica:
- más símbolos y menos consignas,
- más escucha y menos clasificación,
- más mundo compartido y menos identidades aisladas.
Porque un cuerpo sin mundo puede sobrevivir.
Pero un mundo que expulsa cuerpos se empobrece a sí mismo.
Cuando termines el artículo:
Sublime. Qué maravilloso exponer este tema del que, creo, pocos exponen así de bien. Tan breve, tan completo a la vez. Gracias por aportar tanto.
Pues muchas gracias Alex. La verdad es que se trata de un concepto muy potente del que apenas se habla si no es para hablar de fantasías inconscientes de la madre con respecto al sexo del bebé.
Excepcional Paco.
Desde la más completa ignorancia y por tanto curiosidad: cómo se «entrena» a una «nodriza IA» para que ordene y exponga de la manera más diáfana y brillante ideas que ella no » inventa» ( o hasta cierto punto sí !)?
Pues no lo sé pero está claro que la IA aprende de los humanos y cada día que pasa se perfecciona más.
Pero tu tienes tu propio chat GPT o como se llame (lo cojo de Eduardo Blasco, que dice q es «un curro elaborar el módulo). Mi pregunta va por ahí obviamente de forma muy generica: cómo se construye eso?
Y no insisto. Gracias
Poniendo todos mis textos, blogs, libros, entrevistas, papers a su disposición.
Y me falta meterle todos mis tuits en X
El concepto es potente porqué entender qué es ser, cómo existir y cuáles son las categorías fundamentales de la realidad es algo que se nos escapa. Sentimos, pero entendemos poco y sabemos menos.
Como todo, la acogida ontológica tiene grados en sus tres dimensiones y un taburete precisa de sus tres patas para sostenerse. Si una pata falla demasiado, se inclina hasta que la gravedad lo atrae. La gravedad de la falla en la acogida ontológica puede llevar al suicidio como atractor finalista de renuncia a un cuerpo que siente que no tiene lugar.
El suicidio es una alternativa radical hay otros itinerarios posibles.
La parábola del hijo prodigo
La idea de acogida ontológica parece una suerte de intuición ética pre verbal, una posibilidad potencial del ser humano que se abre desde la naturalidad que constela la bondad y la responsabilidad hacia el otro, es una acogida por simpatía, un cuestionamiento silencioso :
!Que puedo hacer por ti?.
A mi me parece observar que esta intuición ética pre verbal esta vinculada y es proporcionar a la potencialidad propia de nuestra imaginación. Esta imaginación receptiva mira hacia abajo nutriéndose de los datos sensibles, posteriormente mira hacia arriba, a lo inteligible para extraer elaborar una respuesta vestida de responsabilidad.
Para acoger el cuerpo del otro, uno ha de ser cuerpo, lo sensible en apertura.
Desde una perspectiva teológica emerge con fuerza la cristología ontológica o Encarnación como acto supremo de acogida. Dios se hace carne a través de Jesucristo. Dios por tanto acoge a la naturaleza humana en su propio ser.
Este acto por si mismo ya valida la existencia física y vulnerable del ser humano, permitiéndole explorar, desear y equivocarse sin necesidad de justificarse. Es la parábola del hijo prodigo, donde le padre no recibe a su hijo basándose en su comportamiento, si no por el simple hecho de quien es, su hijo.
El resumen teológico por tanto es que la figura de Jesús es la acogida ontológica encarnada, el enseña que no tienes que ganarte tu lugar en el mundo, y la misión de los cristianos es replicar esa misma acogida incondicional hacia los demás.
Si, ya había caído en que “acogida” tenía cierto valor teológico. “Dar posada al peregrino”. Pero no iba por ahí, sino en la acogida de la madre a un cuerpo que ya viene a un mundo predado.
Hola Paco,
Este concepto es similar a uno que he pensado hace mucho tiempo.
Si las variables espacio-temporales, (x,y,z y t), definen una ubicación en tiempo y lugar, parecería que ciertos individuos están «En el lugar equivocado, en el momento equivocado». Esto estaría vinculado a estar personas que han nacido antes o después de tiempo.
Como contrapartida, estar en el lugar correcto, en el momento correcto, se asemeja mucho al bienestar, a la cordura y a la sanidad.
Por eso, el camino de sanación de la persona, no solo se trata de encontrar su lugar en el mundo, sino también su lugar-tiempo en el mundo.
La persona que está destiempo, se parece a un personaje de una pelicula de Woody Allen. Es invisible. Nunca tiene el tiempo correcto para decir una frase, para aparecer en un lugar, para encontrarse con la persona idónea.
Y creo que el corazón, lo cardíaco, juega un rol fundamental en esta sincronización. El ritmo cardiaco, es un gran conector con la cordura – están unidos en su raíz etimológica.
El corazón de quien nació antes, inesperado, es como un barco sin faro.
Por eso creo que en el camino de encontrar la T, el tempo, es fundamental salirse del plano mental, psicológico, y adentrarse en la conexión con nuestro propio corazón, exigiéndolo físicamente. Las montañas son lugares maravillosos de encuentro, donde el corazón se agita, y se conecta con el tiempo del mundo. He visto, Dr. Traver, que has mencionado este asunto, de salirse de la visión tan mental.
Porque creo que la concepción actual, refuerza la mente, y genera un ejército de seres a destiempo, algo parecido a zombies, que no conectan en lo emocional.
Creo que el rol de la IA, en la escala evolutiva, es llevar al limite el destiempo. Porque existe un gozo, quizás un atractor, en el ser zombie, desconectado. Pero como en todo fenómeno físico matemático, para que exista un cambio, tiene que llegarse a un límite, me aventuro a pensar que está relacionado con la teoría de los fluidos. El mundo se esta convirtiendo tan fluido, que en esa fluidez encontrará su propio limite.
Como cuando conectamos, con su entradas en este blog, estamos confluyendo en un mismo timming, nuestros corazones como modems, se reconocen el uno al otro, y eso genera una sensación de placidez única e irreproducible. Nos olvidamos por un rato de la inmensa soledad de este universo vacío.
«Ahora». Así empiezan todos los textos de los Yoga Sutras. Ya hace 5000 años estaban ocupados por el cuando del T.
Encontrar T, el aquí, ahora, es una epopeya, pero es la única epopeya que hace sentido.
Hay un psiquiatra Minkovsky que exploró el tiempo subjetivo y la topología del tiempo.
La idea del futuro como atractor en la obra del psiquiatra fenomenológico Eugène Minkowski se articula en torno a la noción de tiempo vivido como eje estructurante de la experiencia humana. Minkowski distingue el tiempo métrico (cronológico) del tiempo vivido: este último es un flujo continuo y cualitativo donde “el pasado penetra en el presente y éste se abalanza hacia el futuro”. Sobre esta base vitalista, Minkowski propone que la vida psíquica sana está impulsada por un ímpetu o élan personal, una fuerza individual que sincroniza al sujeto con el devenir del mundo y le permite proyectarse hacia el futuro sintiendo la realidad como algo vivo. No es casual que afirme que “la vida es, ante todo, mirar hacia adelante”, subrayando la primacía ontológica del futuro en nuestra conciencia: el porvenir actúa como un imán que orienta la existencia, un horizonte de posibilidades que estructura el presente y da sentido al pasado. Esta orientación futurizante –que en lo afectivo se manifiesta como esperanza creadora, en contraste con la mera espera pasiva– es la que abre el mundo y nos sincroniza con el flujo del devenir. En la misma línea, Minkowski distingue dos modalidades fundamentales de relación con el porvenir: la actividad expansiva (proyección y conquista de un futuro abierto a la acción) frente a la espera angustiosa (parálisis ante un porvenir vivido como amenaza inminente), una contraposición que refleja cómo la actitud temporal separa la vitalidad saludable de la patología. En la cotidianidad, el individuo sano mantiene un íntimo contacto vital con la realidad: Minkowski señala que el ser humano saludable “se mueve hacia el futuro” al unísono con su entorno, mientras que en la esquizofrenia ese sincronismo se quiebra. Al perderse este eje temporal, la experiencia se disloca y fragmenta: el paciente esquizofrénico, privado de la atracción del futuro, queda detenido en un presente estéril o atrapado en bucles de inminencia catastrófica. Minkowski describe casos clínicos donde el porvenir deja de ser apertura para convertirse en una amenaza estática: por ejemplo, cierto enfermo vivía convencido cada día de que sería ejecutado al anochecer, incapaz de escapar de un “eterno ahora” en el que el futuro colapsa en un instante fijo. Este delirio no reflejaba un simple error cognitivo, sino una “destrucción de la categoría del futuro”, un tiempo que deja de fluir y se “encasilla” en una repetición sin progreso. De modo análogo, en la depresión melancólica el horizonte temporal se cierra: la persona pierde la capacidad de proyectarse hacia un mañana y la esperanza se extingue, quedando solo una espera vacía mientras el pasado, cargado de culpa, se vuelve aplastante. Así, tanto la esquizofrenia como la depresión ilustran cómo la pérdida del futuro como atractor central desestructura la vivencia: el porvenir deja de actuar como guía vital y la existencia se desincroniza, sumiendo al sujeto ya sea en la indiferencia estática o en la angustia paralizante. En contraste, para Minkowski la salud mental implica conservar intacto ese pulso temporal orientado hacia el mañana, ese continuo emerger de posibilidades que nutre la afirmación de la vida y permite que habitemos un mundo sentido como pleno de significado y continuidad.
ChatGPT Deep research
Estimado Dr. Traver,
La falta de acogida ontológica que describe puede entenderse, desde la perspectiva del Principio de Energía Libre de Karl Friston, como la ausencia o ruptura de un “Manto de Markov” en el individuo. En la teoría de Friston, el Manto de Markov es la frontera estadística esencial que separa a un organismo de su entorno, permitiendo definirlo como entidad independiente y dotándolo de vías sensoriales y activas para interactuar con el mundo. Cuando este límite funciona adecuadamente, el sistema mantiene un diálogo coherente consigo mismo y con su ambiente sin disolverse en él – la mente puede construir un modelo de sí (un “yo”) dentro de esa frontera y a la vez modelar lo que ocurre afuera, distinguiendo entre interior y exterior. En cambio, la carencia de esa “acogida” o envoltura ontológica – es decir, un Manto de Markov frágil o inexistente – impide al individuo definirse como un sujeto separado y ejercer agencia efectiva sobre el medio. Como señala Friston, “si algo no tiene un Manto de Markov, no existe” como entidad diferenciada, pues sin ese límite estaría “completamente mezclado con el resto del universo, sin identidad propia”. Esta falta de delimitación relega a la persona a una existencia amorfa, sin contornos claros ni dirección, similar a la de una ameba primitiva. En términos funcionales y semánticos, contar con un Manto de Markov robusto equivale a recibir una acogida ontológica: un contorno que nos alberga y nos da un lugar como seres autoorganizados. Su ausencia, por el contrario, condena al individuo a un estado difuso en el que mente y mundo se confunden, sin frontera que los articule ni sentido de propósito que lo oriente.
No me cabe ninguna duda después de haber entendido ese concepto y me ha recordado un cuadro: el manto terrestre de Remedios Varo.
El vacío de manta:
https://www.remediosvaro.art/paintings/mimetismo-mimesis
La acogida ontológica puede tener otra perspectiva más:
Es el caso cuando la persona rechaza el recibimiento ontológico religioso.
Es mi caso, que soy de origen judío, padre y madre judíos.
pero yo nunca me sentí cómodo con esa acogida. No me sentia identificado.
Desde chico el recibimiento «oriental» (yoga, budismo, etc ) me fue amable. Pero para mis padres y y cercanos yo hablaba en un idioma que no podían acoger.
han pasado 30 años desde entonces y he sostenido mi postura. Pero el camino fue el de construir mi propia acogida.
La falla en el recibimiento ontológico es un concepto fascinante que creo que debería ser desarrollado a fondo.
Si, a mi me parece un concepto muy potente.