¿Para qué leemos?

Leer es un verbo polisémico, es decir tiene varias acepciones. Este post hace hincapié en las razones que tenemos para hacerlo y no pregunta ¿Por qué? Y no lo hace porque si leemos es porque hemos aprendido a hacerlo. El para qué es un poco más complicado.

Pues se pueden leer las instrucciones de uso de una lavadora, un informe municipal. o cualquier comunicación del banco. También podemos leer para estudiar, es decir para memorizar algo. Se puede memorizar además sin leer, solo cantando las tablas de multiplicar. Podemos leer poesía, o ensayo, periódicos y noticias. De manera que en este post voy a referirme solamente a para qué leemos ficción, es decir cosas que no existen, no son verdad y que solo pueden imaginarse con independencia de qué puedan suceder en entornos realistas.

Se llama literatura, y tiene varios géneros: la poesía, la novela, el cuento, el ensayo y el teatro (un hibrido donde la ficción se mezcla con la acción).

La novela —a su vez— tiene varios subgéneros y no siempre es ficción del todo, tomo por caso la autobiografía y la ficción autobiográfica, como hace Rosa Montero en su novela «El peligro de estar cuerda». Las primeras novelas proceden de la época clásica: La Iliada o la Odisea son novelas de ficción pero una ficción muy fundida con lo mítico y lo poético, pero hasta el Quijote no encontraremos un relato naturalista de un individuo que enloquece leyendo novelas de caballerías. Una metáfora de que la lectura tiene algo de peligroso: llegar a crererselo tanto que uno se transforma en quién no es.

Pero no seria hasta el siglo XIX en que el genero adquiriría tintes de distracción o entretenimiento para amplias capas de la población. Suelo pensar que fue con Flaubert y Mme Bovary que se inicia el periplo de la novela propiamente dicha, pues en una novela es necesario que exista un personaje que atrape el interés del lector y que posea un perfil psicológico lo suficientemente complejo para servir de apoyatura para su identificación. Pues siempre hay una identificación del que lee con el protagonista de una novela. Desde entonces la literatura romántica no ha hecho sino crecer hasta tal punto que:

El lector de novela romántica es mayoritariamente mujer de la misma manera que el lector de pornografía es mayoritariamente varón. En las novelas románticas el punto de vista habitualmente es el de la heroína, y el argumento trata de conseguir el corazón del hombre adecuado. En un análisis de 45 best-sellers de novela romántica la antropóloga April Gorry encontró que el héroe era siempre más viejo que la heroína con una media de 7 años ( los maridos reales son unos 3 años mayores que sus esposas). Los héroes son altos ( seis pies o más). Los adjetivos con los que se les describe son del tipo: muscular, guapo, fuerte, grande, bronceado, masculino,  y activo, lleno de energía. En cuanto  a los rasgos de personalidad son: audaz o atrevido, tranquilo, seguro de sí mismo e inteligente. La respuesta más común del héroe a la heroína es declararle su amor, quererla más que a ninguna otra mujer de su vida, desearla sexualmente, considerarla única y desear protegerla. No vamos a insistir en que todo lo anterior se ajusta perfectamente a las predicciones de la Psicología Evolucionista pero conviene resaltar las cifras de ventas: en el mercado en lengua inglesa se publican anualmente 2.000 novelas románticas que venden 1.2 billones de dólares y que suponen el 55% de todos los libros de pastas blandas y el 39% de toda la literatura de ficción. (Extraido de esta web)

Dicho de otra manera: el éxito de la novela procede del hecho de proponer un estimulo supernormal. Lo que sucede en la trama novelesca tiene que ser algo que supere la realidad doméstica del día a día, los personajes han de debatirse entre dilemas posibles pero hiperbólicos, entre pasiones reconocibles pero exageradas. El lector es captado por esos estímulos supernormales pero ha de ser capaz de identificarse con la o el protagonista, en este caso con la Mme Bovary.

La novela romántica ha sobrevivido a la marea editorial precisamente porque lleva a sus lectoras a pensar sobre su vida, a desear convertirse en esa heroina o bien en rechazarla abiertamente pero en cualquier caso a tomarla como referente de un tipo de vida deseable, con independencia de su destino, a veces fatal como sucede a Anna Karenina de Leon Tostoi, probablemente la novela rusa más representativa de la pasión romántica. Es decir de esos destinos marcados por la tragedia tan del gusto del romanticismo y que tienen tanto una lectura moralista como transgresora. Es posible afirmar que las mujeres actuales son discipulas de Mme Bovary, sin ella y su subjetividad ¿Existiria hoy una mujer liberada del peso de su sexualidad reproductiva? Es posible que si, pero también es evidente que el éxito de ciertas novelas procede más bien del momento en que se publicaron (1868) que de la calidad literaria que se le supone, que en cualquier caso es discutible.

Algo sucedió en ese año (1868) porque en Rusia, se publicó también una novela por entregas (o fascículos) que se llamó Crimen y Castigo de Fedor Dovstoiesky. En este caso el protagonista es un personaje abyecto que mata a una usurera para robarle y trata de justificar su acción a través de una invención, en realidad una ideología nihilista que ponía en cuarentena la vieja moral y venia a Sustituirla por una moral supremacista por así decir: hay gente como Raskolnikov que tiene derecho a cometer crímenes. de manera que es un tema existencialista muy actual. ¿Es razonable asesinar a los malos?

De manera que volveré a la pregunta inicial. ¿Para qué leemos?

Obviamente leemos para distraernos, leer en este sentido, leer está relacionado con el entretenimiento, pero hay otros como el cine o la televisión, en cierta manera los reality shows han venido a capturar a los que en otro momento leían historias románticas. Los programas del corazón y los tertulianos han venido a ocupar y a competir con las novelas que antaño fascinaban a las mujeres menos ilustradas.

Pero leer este tipo de literatura tiene otras derivadas que cuelgan de la mera distracción. Sirven para reflexionar sobre aspectos morales, existenciales, judiciales o políticos de un interés mantenido en el tiempo. De ahí que se les considere clásicos de la literatura. Una novela así, soporta el cambio del tiempo. Pero en realidad leemos porque nos interesa la vida de los demás, saber qué hacen, como piensan, con quien se meten en la cama, de quién es hijo ese hijo, qué relaciones hay entre los personajes, quienes son los buenos y quienes los malos. Los que nos interesan son sobre todo aquellos que llevan a cabo acciones que nosotros no seriamos capaces nunca de hacer. Es por eso que las novelas de crímenes y la novela negra siguen teniendo empuje editorial. Pues averiguar quien es el asesino como nos enseñó Agatha Crhistie, es un ejercicio de inducción y deducciones interesantes, aunque la novela policiaca ha evolucionado a novela negra, y ya no se trata de saber quién es el asesino sino saber de primera mano y a través de él los motivos que le llevaron al crimen. La subjetividad del asesino es hoy más importante que averiguar quién lo fue. Otra alternativa es meterse en la subjetividad del policía que persigue asesinos y que tiene una vida casi tan rota e inestable como el mismo delincuente.

Dicho de otra forma, si nos gusta la ficción, y de paso la novela es porque nos gusta cotillear.

Los anglosajones le llaman gossip y se trata de una actividad que tiene mucho interés psicológico. No crea nadie que estoy utilizando el verbo cotillear de una forma despectiva sino que me parece un hallazgo muy importante para la hominización.

Sin  embargo, el autor que más ha trabajado sobre el cotilleo es Dunbar ( Dunbar 1991,2004) relacionándolo con el desarrollo del lenguaje. Para Dunbar el cotilleo es el corazón de las relaciones sociales humanas y sin cotilleo no habría sociedad. En otras palabras, el cotilleo hace que la sociedad humana tal como la conocemos sea posible. El argumento principal de Dunbar es que a medida que los grupos humanos se fueron haciendo más grandes el acicalamiento ( grooming) se volvió insuficiente para mantener la cohesión social. El acicalamiento, además de servir para limpiar y desparasitar al individuo, tiene una función primordial en las complejas estructuras sociales de los primates utilizándose para cimentar la amistad, reforzar la estructura social, hacer las paces y estrechar lazos familiares y de pareja.  Pero requiere mucho tiempo ( el 20% del tiempo que los primates están despiertos se dedica al acicalamiento) y no se puede realizar con muchos individuos (se calcula que el tamaño máximo del grupo que se puede conseguir con ese tiempo dedicado al acicalamiento es de 80 individuos). Por lo tanto, a medida que el grupo social aumentaba de tamaño ( a los humanos se nos calcula que el tamaño natural de nuestro grupo es 150 individuos e incluso en las sociedades actuales ése parece ser el número de personas que conocemos personalmente) se necesitaba un sustituto de esta actividad. Dunbar plantea que este sustituto es el lenguaje, que permite un intercambio eficaz de información social. Para Dunbar el lenguaje sería una especie de “acicalamiento a distancia”. El lenguaje permite una interacción  con un grupo mayor de individuos así como acelerar el proceso de intercambio de información. Para navegar el mundo social el individuo necesita llevar la cuenta de quién es un potencial buen aliado, de quién está dentro y quién está fuera, etc. y además necesita mantener actualizada esa información porque cambia cada día: tal vez nuestro aliado de ayer es nuestro rival de mañana o viceversa. A medida que aumenta el grupo social el número de posibles relaciones e interacciones entre todos los individuos del grupo crece exponencialmente. Dunbar propone que existe una relación debido a ello entre el tamaño del grupo social y el tamaño del neocortex, o para ser más exactos del cociente entre el neocortex y el resto del cerebro. Resumiendo, el cotilleo y el hardware necesario para ejecutarlo ( el neocortex) evolucionaron para resolver el problema adaptativo del aumento del tamaño de los grupos de humanos. Es importante hacer notar el matiz que Dunbar plantea con diferencia a otros lingüistas y estudiosos. Todos coinciden en que la función del lenguaje es intercambiar información pero los autores anteriores planteaban que la función del lenguaje era transmitir información acerca del mundo físico, por ejemplo, cómo se hace un aflecha o dónde se encuentra un río o una presa. Para estos autores cotillear es perder el tiempo ya que en lugar de esa actividad se podría hacer algo verdaderamente productivo  y útil ( y tal vez venga de aquí una parte de la mala reputación del  cotilleo). Pero para Dunbar la función principal del lenguaje es transmitir información acerca del mundo social. Dicho de otra manera se trata de dilucidar cuál de estos dos usos del lenguaje es la gallina y cuál el huevo. Si el lenguaje evolucionó para transmitir información digamos técnica, el cotilleo es un subproducto y si el lenguaje es una adaptación para transmitir información social y crear vínculo social entonces el uso técnico es un subproducto. En el fondo se trata de una cuestión puramente empírica que se puede contestar examinando para qué utilizamos verdaderamente el lenguaje. Dunbar lo ha hecho registrando multitud de conversaciones y sus resultados indican que dedicamos el 65% del tiempo de conversación a temas sociales.

Dunbar propone que existen cuatro maneras en las que el lenguaje puede facilitar las relaciones sociales en grupos: seguir a los otros individuos de la red, autopromocionarse( (propagar nuestras ventajas como amigo, aliado o pareja, o las desventajas de los demás), buscar consejo para problemas personales y, por último, controlar a los engañadores ( free riders ), a la gente que se aprovecha de las ventajas del grupo sin pagar el coste de los inconvenientes. Dunbar ha medido a cuál de las cuatro cosas dedicamos el tiempo de conversación y se ha encontrado que lo dedicamos mayoritariamente a las dos primeras. Sólo el 5% del tiempo es para pedir consejo o perseguir a los engañadores o aprovechados y el propio Dunbar se muestra sorprendido porque para él la función de policía con respecto a los engañadores debería ser más importante. En las sociedades grandes y dispersas los engañadores podrían prosperar porque pueden ir de un lado a otro engañando a gente que no les conoce. En modelos matemáticos esta predicción se confirma y se observa que los engañadores prosperan a no ser que se pase una información acerca de ellos de unos individuos a otros (Enquist y Leimar,1993). Esta información es precisamente el cotilleo.

En conclusión leer no siempre es una actividad que nos vincula con esa necesidad humana que es el cotilleo. Solo la ficción y sobre todo la novela acaparan este pretexto. Y muy probablemente la conversación oral y los relatos de viajes, aventuras y caza la precedieron en eones de tiempo.

Bibliografía.-

Dunbar, R.I.M.(2004). Gossip in evolutionary perspective. Review of General Psychology, 8,100-110.

Enquist, M. Y Leimar, O.(1993). The evolution of cooperation in mobile organisms. Animal Behaviour,45,747-757.

Aqui hay un post que vinculo porque me parece un tratado muy profundo sobre el cotilleo.

Cuando termines el artículo:

Después de leer

Conversación y debate

1 comentario

La lectura continúa aquí: objeciones, matices, preguntas y cruces con otros textos.

Deja un comentario

Descubre más desde neurociencia neurocultura

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo