El pasado que no termina: un epilogo (39)

Toda investigación sobre el pasado contiene una pregunta acerca del presente. Y quizá toda investigación sobre el origen del hombre es, en el fondo, una tentativa de comprender aquello que todavía no hemos conseguido explicar de nosotros mismos.

La paleopsiquiatría nació de una sospecha: que la historia de la locura no comienza con la medicina, ni siquiera con la aparición de las primeras civilizaciones. Comienza mucho antes, cuando un animal particularmente vulnerable, obligado a sobrevivir en un mundo imprevisible, empezó a desarrollar una vida interior que ya no podía reducirse a sus necesidades biológicas.

Antes de los psiquiatras hubo miedo. Antes de los diagnósticos hubo sufrimiento. Antes de los manicomios hubo exclusión, rituales, posesiones, estados de trance, melancolías, delirios y experiencias que hoy reconoceríamos como alteraciones de la conciencia. Pero también hubo imaginación, creatividad, cooperación, lenguaje y esa extraordinaria capacidad humana para convertir lo invisible en una realidad compartida.

No podemos reconstruir directamente la mente de nuestros antepasados. No disponemos de fósiles de la conciencia ni de estratos geológicos donde encontrar una esquizofrenia del Paleolítico. Disponemos de indicios: restos arqueológicos, prácticas funerarias, representaciones simbólicas, mitologías, testimonios etnográficos y, sobre todo, de la continuidad evolutiva de nuestra propia arquitectura mental.

La paleopsiquiatría trabaja precisamente con esos indicios. No pretende diagnosticar retrospectivamente a los muertos, sino imaginar las condiciones bajo las cuales pudo emerger el sufrimiento psíquico y las distintas formas de gestionarlo.

1. La locura es más antigua que su nombre

Hemos recorrido un largo camino desde la mente del cazador hasta el hombre contemporáneo. En ese trayecto hemos encontrado algunos de los grandes umbrales de nuestra condición:

El miedo, como primera tecnología de supervivencia y como posible origen de una parte sustancial de nuestra vulnerabilidad emocional.

El trauma, como una inscripción que puede atravesar generaciones y convertirse en una memoria sin acontecimiento propio.

La imaginación, que nos permitió anticipar peligros, pero también fabricar monstruos, dioses y mundos posibles.

La frontera, ese territorio ambiguo donde lo humano se encuentra con lo extraño, donde el extranjero, el diferente, el poseído o el enfermo pueden convertirse en amenazas para la cohesión del grupo.

La emergencia del símbolo, que transformó la experiencia biológica en experiencia cultural.

Y finalmente, la aparición de las prótesis mentales: el lenguaje, los rituales, las narraciones, las religiones, las instituciones y los dispositivos tecnológicos que han permitido al hombre ampliar su capacidad de habitar el mundo.

Cada uno de estos umbrales modificó nuestra manera de experimentar la realidad. Y cada modificación abrió nuevas posibilidades, pero también nuevas vulnerabilidades.

La evolución no nos condujo hacia una mente perfecta. Nos condujo hacia una mente más compleja.

Y la complejidad tiene un precio.

2. El fósil no es una reliquia

Hay una idea que atraviesa toda esta serie: el pasado no desaparece. Se transforma.

Los fósiles que hemos encontrado en nuestro recorrido no son solamente vestigios de comportamientos extinguidos. Son estructuras que sobreviven bajo formas nuevas.

El miedo ancestral puede reaparecer como ansiedad anticipatoria. La antigua amenaza de exclusión puede transformarse en humillación social. La experiencia de la posesión puede encontrar equivalentes contemporáneos en determinadas alteraciones de la agencia y de la identidad. El antiguo temor al extranjero puede reaparecer en las modernas patologías de la pertenencia.

No se trata de establecer equivalencias clínicas apresuradas. Una sociedad paleolítica no tenía nuestros conceptos de depresión, esquizofrenia o trastorno de personalidad. Se trata de reconocer que ciertos problemas de la existencia humana tienen una profundidad evolutiva que excede las categorías con las que actualmente los clasificamos.

Los fósiles del pasado siguen vivos porque no son acontecimientos: son soluciones adaptativas, compromisos evolutivos y configuraciones de nuestra relación con el mundo.

Y algunos de ellos pueden convertirse en obstáculos.

La mente humana conserva soluciones que fueron eficaces en determinados ambientes, aunque hayan dejado de serlo en otros. Seguimos reaccionando ante amenazas que ya no existen, buscando pertenencias que nos asfixian y defendiendo identidades que pueden convertirse en cárceles.

La evolución no borra sus borradores.

3. La enfermedad como frontera

Uno de los grandes errores de nuestra cultura consiste en imaginar que existe una frontera nítida entre normalidad y enfermedad.

La paleopsiquiatría nos invita a desconfiar de esa frontera.

La normalidad no es una condición natural estable, sino un equilibrio histórico, biológico y cultural. Lo que una sociedad considera locura puede ser interpretado por otra como una experiencia religiosa, una posesión, una desviación moral o una forma excepcional de sensibilidad.

Esto no significa que todas las experiencias sean equivalentes ni que debamos renunciar a distinguir el sufrimiento de la adaptación. Significa que las manifestaciones psicopatológicas no pueden entenderse exclusivamente desde el individuo.

El cerebro humano no funciona aislado. Vive en un mundo de relaciones, expectativas, amenazas, alianzas y significados. Su organización depende tanto de su estructura biológica como de las condiciones ambientales y sociales en las que se desarrolla.

La enfermedad mental aparece muchas veces en esa frontera: entre el organismo y su entorno, entre la necesidad y la imposibilidad, entre el deseo y la realidad, entre la identidad y la pertenencia.

Quizá por eso la psiquiatría necesita recuperar una mirada antropológica. No para abandonar la neurociencia, sino para devolverle al cerebro aquello que nunca debió perder: su mundo.

4. El futuro también tendrá sus fósiles

Pero esta serie no termina mirando hacia atrás.

Si la paleopsiquiatría nos permite comprender cómo se formaron algunas de nuestras vulnerabilidades, también puede ayudarnos a imaginar las que están por venir.

El hombre contemporáneo vive rodeado de prótesis cognitivas. Delegamos la memoria en dispositivos, la orientación en sistemas de navegación, la conversación en redes y cada vez más operaciones intelectuales en inteligencias artificiales.

Estamos modificando nuestro ambiente mental a una velocidad que probablemente no tiene precedentes en nuestra historia evolutiva.

El problema no es que la tecnología nos haga menos humanos. El problema es que puede modificar las condiciones bajo las cuales construimos nuestra humanidad.

¿Qué ocurrirá con la identidad cuando una parte de nuestra memoria sea externa? ¿Qué sucederá con la intimidad cuando la conversación pueda ser permanentemente sustituida por interlocutores artificiales? ¿Qué clase de soledad aparecerá cuando dispongamos de compañía sin reciprocidad? ¿Qué nuevas formas de sufrimiento surgirán cuando la comparación social sea permanente y nuestra imagen pueda ser corregida, multiplicada y comercializada?

Tal vez dentro de miles de años alguien estudie nuestras ruinas digitales e intente reconstruir la psicopatología de esta época.

Encontrará dispositivos, algoritmos, perfiles, conversaciones, imágenes y rastros de una humanidad que quiso eliminar la incertidumbre y terminó produciendo nuevas incertidumbres.

Quizá descubra que el hombre del siglo XXI comenzó a perder algo que sus antepasados nunca tuvieron: la necesidad del prójimo.

Y ese podría ser uno de los grandes fósiles del futuro.

5. Una conclusión provisional: somos una historia inacabada

La paleopsiquiatría no ofrece una explicación definitiva de la mente humana. Ofrece una perspectiva.

Nos recuerda que somos el resultado de una historia biológica y cultural extraordinariamente larga, que nuestra conciencia no apareció de repente y que nuestras enfermedades tampoco pueden comprenderse al margen de esa historia.

Somos animales que aprendieron a anticipar el futuro, pero también a temerlo. Animales que inventaron dioses para explicar lo inexplicable y narraciones para soportar lo insoportable. Animales que desarrollaron una identidad y después tuvieron que defenderla de los demás y de sí mismos.

La locura no es un accidente completamente exterior a la condición humana. Tampoco es su destino inevitable. Es una de las posibilidades que emergen de una arquitectura mental capaz de producir tanto la experiencia más elevada como el sufrimiento más devastador.

Quizá la gran lección de este recorrido sea que no podemos comprender al hombre sin estudiar simultáneamente su cerebro, su historia, sus vínculos y sus ficciones.

Y que el futuro de la psiquiatría dependerá, en buena medida, de su capacidad para integrar esos niveles sin reducir unos a otros.

Al principio de esta serie buscábamos fósiles de la mente. Al terminar descubrimos algo diferente: que nosotros mismos somos esos fósiles.

Llevamos dentro al cazador que teme la oscuridad, al niño que busca protección, al hombre que necesita pertenecer, al visionario que escucha voces, al melancólico que ha perdido su mundo y al fabulador que inventa otros mundos para poder seguir viviendo.

No somos solamente contemporáneos de nuestro tiempo.

Somos contemporáneos de toda nuestra historia evolutiva.

Y quizá la tarea de una psiquiatría verdaderamente humana consista en aprender a reconocer todas esas edades que todavía habitan en nosotros.

Porque el pasado no está detrás.

Está debajo.

Y el futuro, antes de convertirse en historia, ya está comenzando a dejar sus fósiles.

Francisco Traver

Paleopsiquiatría. Los fósiles de la mente.

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