El cuerno de la abundancia y la última mutación de la condición humana
Hay una vieja imagen mitológica que quizá esté a punto de adquirir un significado nuevo: el cuerno de la abundancia, la cornucopia. Un recipiente inagotable del que brotan alimentos, riquezas y bienes. Durante siglos fue una representación de la generosidad de la naturaleza y de la promesa de una vida liberada de la necesidad.
Pero imaginemos que esa promesa se cumple.
Imaginemos un mundo donde las máquinas producen nuestros alimentos, limpian nuestras casas, conducen nuestros vehículos, diagnostican nuestras enfermedades, escriben nuestros libros y mantienen conversaciones con nosotros. Un mundo donde la inteligencia artificial no solamente nos ayuda a resolver problemas, sino que anticipa nuestros deseos y organiza nuestra existencia para satisfacerlos.
El viejo sueño de la abundancia habría encontrado finalmente su tecnología.
Y entonces aparecería un problema que no habíamos previsto: ¿qué sucedería con el ser humano cuando dejara de necesitar a los demás?
1. Elon Musk y el demiurgo tecnológico
Elon Musk representa una figura cultural de esta transición. No importa tanto aquí su biografía como el imaginario que encarna: la posibilidad de superar las limitaciones biológicas mediante prótesis tecnológicas.
Robótica, inteligencia artificial, interfaces cerebro-máquina, automatización y colonización espacial forman parte de una misma fantasía prometeica: el hombre ya no tendría que adaptarse al mundo, podría rediseñarlo.
La tecnología se convertiría así en una segunda naturaleza, una naturaleza artificial que permitiría emanciparnos progresivamente de las restricciones que nos impuso la primera.
Pero toda emancipación tiene un precio. Cuando desaparecen determinadas necesidades, también pueden desaparecer las capacidades que desarrollamos para satisfacerlas.
La pregunta es si una civilización que consigue liberarnos de la necesidad puede terminar liberándonos también de aquello que nos hizo humanos.
2. Los Asperger del futuro
Utilizo aquí la expresión Asperger del futuro como una provocación antropológica, no como una hipótesis diagnóstica ni como una caracterización de las personas autistas.
Pensemos en determinadas características que pueden aparecer en algunos perfiles neurodivergentes: preferencia por sistemas estructurados, intereses intensos, pensamiento analítico, menor dependencia de ciertas convenciones sociales o dificultades en algunos aspectos de la comunicación interpersonal.
No son características universales ni necesariamente asociadas entre sí. Tampoco constituyen una ventaja o desventaja general. Su significado depende del contexto.
Pero imaginemos un entorno donde buena parte de las exigencias sociales tradicionales hayan sido sustituidas por interfaces tecnológicas.
La conversación puede delegarse parcialmente en asistentes artificiales. La organización de la vida puede automatizarse. La cooperación presencial puede dejar de ser imprescindible para producir bienes y servicios. Las máquinas pueden asumir buena parte de las tareas que exigían negociación, tolerancia a la ambigüedad y adaptación interpersonal.
En ese escenario, algunas competencias podrían perder valor práctico, mientras otras adquirirían una importancia creciente.
No estaríamos asistiendo a la aparición de una humanidad autista, sino a una transformación del ecosistema donde se desarrollan las capacidades humanas.
La tecnología podría estar seleccionando culturalmente determinadas formas de relación con el mundo.
3. La desaparición de la fricción
El ser humano no se ha construido en el aislamiento. Su identidad ha sido moldeada por la resistencia del mundo y, sobre todo, por la resistencia de los otros.
El prójimo es una fuente permanente de fricción. Tiene deseos propios, interpreta nuestras intenciones, nos contradice, nos abandona, nos exige explicaciones y nos obliga a negociar.
El otro nunca está completamente disponible.
Esta indisponibilidad constituye una de las condiciones fundamentales de la vida psíquica. Nos obliga a reconocer que no somos el centro del universo y que nuestra voluntad encuentra límites fuera de nosotros.
Pero las tecnologías actuales permiten imaginar una progresiva eliminación de esa fricción.
Podemos elegir cuándo conversar, con quién hacerlo y durante cuánto tiempo. Podemos interrumpir una conversación sin consecuencias, sustituir al interlocutor y recibir respuestas adaptadas a nuestras preferencias.
La inteligencia artificial puede convertirse en un interlocutor ideal precisamente porque no necesita defender una existencia independiente de la nuestra.
No tiene que disputar nuestro espacio, reclamar reciprocidad ni exigirnos una reparación afectiva.
Es una alteridad sin verdadera independencia.
Y aquí aparece una paradoja: cuanto más satisfactorias sean nuestras relaciones con interlocutores artificiales, menos entrenados podríamos estar para soportar la opacidad y la resistencia de las personas reales.
4. La paradoja de la abundancia
La escasez ha sido históricamente una organizadora del deseo.
Deseamos aquello que no tenemos, esperamos aquello que todavía no ha llegado y nos movilizamos para conseguir aquello que se encuentra fuera de nuestro alcance.
La satisfacción nunca es definitiva porque el deseo no se reduce a la necesidad.
Podemos satisfacer el hambre, pero no necesariamente el deseo de comer. Podemos disponer de compañía y seguir experimentando soledad. Podemos obtener reconocimiento y continuar necesitando ser reconocidos.
La abundancia tecnológica podría resolver muchas necesidades instrumentales, pero no necesariamente las necesidades simbólicas.
Incluso podría agravarlas.
Si todo está disponible, ¿qué valor adquiere aquello que no puede comprarse ni programarse? ¿Qué sucede con el deseo cuando la satisfacción se encuentra a un clic de distancia?
Quizá el problema del futuro no sea la escasez de objetos, sino la escasez de experiencias capaces de transformarnos.
5. El hombre sin prójimo
Imaginemos ahora a un individuo perfectamente adaptado a ese nuevo ecosistema.
Tiene acceso a conocimientos ilimitados, dispone de asistentes artificiales, puede automatizar sus tareas y satisfacer buena parte de sus necesidades sin recurrir a otros seres humanos.
No es necesariamente un individuo enfermo, infeliz o solitario. Puede ser competente, autónomo y productivo.
Pero su relación con los demás ha cambiado radicalmente.
El otro ya no es imprescindible para trabajar, aprender, entretenerse o resolver problemas cotidianos. La alteridad se ha convertido en una opción, no en una condición de la supervivencia.
Este sería el hombre sin prójimo.
No porque haya perdido la capacidad de amar, sino porque la arquitectura de su mundo ya no le obliga a encontrarse con la diferencia.
Su aislamiento no sería necesariamente una retirada defensiva, como sucede en algunas formas de sufrimiento psíquico. Podría ser el resultado de una adaptación exitosa a un ambiente que ha reducido las exigencias de la convivencia.
Y, sin embargo, algo fundamental podría estar perdiéndose.
6. ¿Puede existir una identidad sin alteridad?
La identidad no es una propiedad que poseamos de una vez para siempre. Es una construcción dinámica que necesita referencias externas.
Somos también aquello que los demás reconocen, rechazan, desean o esperan de nosotros.
La mirada ajena introduce diferencias en nuestra propia representación. Nos obliga a corregirnos, a descubrir aspectos desconocidos y a modificar nuestros modelos internos.
Desde la perspectiva de la geometría del alma, podríamos decir que la identidad necesita atractores externos. El encuentro con el otro modifica las trayectorias de nuestro sistema psíquico y puede desplazarlo hacia configuraciones que no habríamos alcanzado en soledad.
La alteridad introduce perturbaciones.
Y las perturbaciones son necesarias para que un sistema complejo explore nuevos estados.
Un mundo completamente adaptado a nuestras preferencias podría convertirse en un mundo sin perturbaciones. Un entorno donde cada individuo viviera protegido de aquello que contradice sus expectativas.
Pero una identidad sin perturbaciones corre el riesgo de convertirse en una estructura cerrada.
Quizá la verdadera enfermedad de la abundancia no sea el exceso de satisfacción, sino la pérdida de plasticidad.
7. La última escasez
El cuerno de la abundancia podría llenarse de objetos, servicios, imágenes, conocimientos y satisfacciones.
Pero no puede producir automáticamente la experiencia de ser necesario para otro.
Tampoco puede garantizar el encuentro con alguien que nos contradiga, que nos sorprenda o que nos obligue a abandonar nuestras certezas.
La tecnología puede ofrecernos prótesis para casi todas nuestras carencias. Sin embargo, hay una diferencia entre satisfacer una necesidad y construir una relación.
Una relación no es un servicio.
El prójimo no es una aplicación.
Y la reciprocidad no es una prestación que podamos exigir a voluntad.
Quizá la última escasez del futuro sea precisamente esa: encontrar a alguien que no esté diseñado para complacernos.
8. El fósil que dejaremos
La paradoja final es que el hombre del futuro podría ser extraordinariamente inteligente en sus operaciones y extraordinariamente dependiente de sus prótesis.
Habría construido una civilización capaz de satisfacer buena parte de sus necesidades, pero quizá incapaz de producir nuevas necesidades que merezcan la pena.
El cuerno de la abundancia habría cumplido su promesa.
Y entonces descubriríamos que la escasez no era solamente una desgracia económica: también había sido una de las condiciones que organizaron nuestra humanidad.
El hombre sin prójimo sería el fósil de una civilización que consiguió emanciparse de muchas de sus dependencias, pero que quizá terminó perdiendo una de las más fecundas: la dependencia de los otros.
Porque tal vez no nos hicimos humanos solamente por lo que conseguimos hacer con el mundo, sino por lo que tuvimos que aprender a hacer unos con otros.
El último fósil de la humanidad podría ser el hombre que ya no necesita a nadie.
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