El fósil de la histeria (29)

Hay enfermedades que desaparecen porque desaparece aquello que las producía.

Y hay otras que desaparecen porque desaparece la mirada capaz de reconocerlas.

La histeria pertenece a esta segunda clase.

No sabemos si alguna vez existió una enfermedad llamada histeria. Lo que sí sabemos es que durante siglos existió algo que médicos, sacerdotes, neurólogos y psiquiatras reconocieron bajo ese nombre. Pero aquello que reconocían no permaneció estable. Cambió el cuerpo, cambió el síntoma, cambió la explicación y, finalmente, cambió el propio paciente.

La histeria es, por eso, un extraordinario fósil de la historia de la subjetividad.

Su nombre procede del griego hystéra, útero. Durante siglos se creyó que el útero podía desplazarse por el organismo y provocar síntomas diversos. La mujer histérica era, en cierto sentido, una mujer cuyo órgano femenino había adquirido una conducta errática. El cuerpo femenino era convertido así en explicación de una conducta que la medicina no comprendía.

Pero aquella explicación comenzó a resquebrajarse.

En el siglo XIX apareció una paradoja que todavía nos acompaña: un cuerpo podía estar paralizado sin que existiera una lesión neurológica que explicara la parálisis.

Una persona podía quedar ciega, muda, paralizada, anestesiada o incapaz de caminar. Y, sin embargo, el neurólogo no encontraba la lesión correspondiente.

El cuerpo hablaba un lenguaje que la anatomía no podía leer.

Fue entonces cuando la histeria entró en la Salpêtrière.

Charcot: cuando la histeria se convirtió en neurología

Jean-Martin Charcot hizo algo decisivo: convirtió la histeria en un objeto de observación neurológica.

La separó de la vieja teoría uterina y la situó en el territorio del sistema nervioso. Llegó incluso a postular una especie de lesión dinámica: algo funcionaba como una lesión, aunque no pudiera encontrarse una lesión anatómica. (Psychiatry Online⁠)

Pero Charcot descubrió algo todavía más extraño.

Los síntomas podían ser sugeridos.

La hipnosis podía producir o modificar fenómenos histéricos.

Y entonces la frontera entre enfermedad y representación empezó a hacerse peligrosa.

¿Era una enfermedad neurológica?

¿Era una simulación?

¿Era una enfermedad que utilizaba la sugestión?

¿Era el cuerpo convirtiendo una idea en un síntoma?

La Salpêtrière se convirtió así en un enorme laboratorio de una pregunta que todavía no hemos resuelto completamente: ¿hasta dónde puede llegar una idea dentro del cuerpo?

El cuerpo como jeroglífico

Freud recibió de Charcot esta pregunta y la trasladó a otro territorio.

En Estudios sobre la histeria, publicado con Breuer en 1895, la parálisis, el dolor, la anestesia o la incapacidad funcional dejaron de ser simplemente síntomas neurológicos inexplicables. Podían ser la expresión corporal de un conflicto psíquico.

Freud llamó a esto conversión.

La idea reprimida encontraba una salida en el cuerpo.

Pero aquí aparece una de las grandes intuiciones de la histeria: el síntoma no era necesariamente una mentira.

El paciente no fingía.

El cuerpo estaba diciendo algo que la conciencia no podía decir.

Esta concepción convirtió la histeria en uno de los grandes modelos de la psicopatología moderna. Freud hizo de ella una enfermedad psiquiátrica y convirtió el conflicto psíquico y la represión en su explicación fundamental. (PubMed⁠)

Pero había otra posibilidad.

Pierre Janet había propuesto que muchos fenómenos histéricos podían entenderse mejor mediante la disociación: determinados contenidos de la experiencia quedaban separados de la conciencia ordinaria.

Dos grandes genealogías nacieron así del mismo fósil:

Freud → conversión.

Janet → disociación.

Y ambas sobrevivieron a la muerte de la histeria.

El momento en que el fósil se rompe

La histeria no murió de golpe.

Se fragmentó.

La DSM-I todavía incluía la reacción de conversión. La DSM-II hablaba de neurosis histérica. Con la DSM-III, en 1980, el término desapareció de la clasificación oficial y los fenómenos quedaron repartidos entre diferentes categorías. (PubMed Central (PMC)⁠)

Aquello que había sido una sola criatura empezó a aparecer como distintos animales.

La conversión pasó hacia los trastornos de conversión y posteriormente hacia el trastorno de síntomas neurológicos funcionales.

La disociación adquirió su propio territorio.

La somatización se convirtió en otra categoría.

La antigua personalidad histérica dejó un descendiente en el trastorno histriónico de la personalidad. (Diccionario APA⁠)

Y entonces ocurrió algo extraordinario:

la histeria desapareció porque se repartió entre sus descendientes.

No murió.

Se desmembró.

El fósil anatómico

Podemos imaginar ahora una excavación.

Encontramos una vieja estructura ósea.

Una mano paralizada sin lesión.

Un cuerpo que no siente una parte de sí mismo.

Una persona que no puede caminar aunque las vías motoras estén conservadas.

Una crisis que parece epiléptica pero no corresponde a una descarga epiléptica.

Una pérdida de voz sin lesión laríngea.

Estos fenómenos siguen existiendo. Lo que ha cambiado es el nombre y, sobre todo, la teoría que los sostiene.

Hoy hablamos de trastorno neurológico funcional.

El término ya no necesita recurrir a un útero errante ni a una represión sexual. Tampoco necesita afirmar que el síntoma sea imaginario.

Y esto constituye una corrección histórica importante:

funcional no significa fingido.

El síntoma puede ser auténtico aunque los mecanismos sean diferentes de los que imaginaba la neurología clásica.

La vieja paradoja continúa, pero con otro lenguaje.

¿Por qué desapareció la histeria?

Aquí aparece la hipótesis más interesante para una arqueología psiquiátrica.

Quizá la histeria desapareció porque cambió la forma de enfermar.

Pero quizá también porque cambió la forma de mirar.

Una revisión histórica reciente habla precisamente de pathomorphosis: la transformación de una entidad patológica según el contexto histórico y cultural. La histeria habría pasado del útero al cerebro, del cerebro a la mente y de la mente al sistema funcional, modificando simultáneamente su presentación clínica. (PubMed Central (PMC)⁠)

La enfermedad sería entonces algo parecido a un organismo adaptativo.

No solamente cambia la teoría sobre ella.

Cambia su fenotipo.

El síntoma aprende, por decirlo así, el idioma de su época.

En la antigüedad podía hablar mediante el útero.

En la Edad Media podía hablar mediante la posesión.

En el siglo XIX podía hablar mediante una parálisis neurológica.

Con Freud podía hablar mediante un conflicto reprimido.

Hoy puede aparecer como un trastorno neurológico funcional.

No estamos diciendo que todos esos fenómenos sean exactamente iguales. No lo son.

Estamos señalando algo más sutil:

existe una familia de fenómenos corporales y subjetivos que la cultura ha ido recortando de formas diferentes.

El fósil más inquietante

Pero queda una pregunta.

¿Por qué la histeria fue tan espectacular?

¿Por qué produjo esas parálisis, esas convulsiones, esas anestesias, esas cegueras, esos cuerpos que parecían representar una enfermedad?

Tal vez porque la histeria ocupaba precisamente la frontera.

No era completamente neurológica.

No era simplemente psicológica.

No era simulación.

No era enfermedad orgánica demostrable.

Era un fenómeno fronterizo.

Y las fronteras son precisamente los lugares donde aparecen los monstruos de la nosología.

La histeria fue durante siglos el monstruo que habitaba entre el cuerpo y la mente.

Por eso su fósil sigue siendo importante.

Porque todavía no hemos resuelto el problema que la produjo.

Seguimos preguntándonos cómo una experiencia puede convertirse en síntoma.

Cómo una expectativa puede modificar una función corporal.

Cómo la atención modifica la percepción.

Cómo el miedo altera el movimiento.

Cómo una convicción puede reorganizar el cuerpo.

Cómo el cuerpo puede expresar aquello que la conciencia no sabe formular.

La histeria quizá desapareció como diagnóstico.

Pero la pregunta histérica permanece.

Y tal vez ese sea su verdadero fósil.

No una enfermedad enterrada.

Sino una pregunta que sobrevivió a todas sus respuestas:

¿Dónde termina la mente y empieza el cuerpo?

La histeria fue uno de los primeros lugares donde la medicina descubrió que quizá esa frontera no era un muro sino una membrana porosa.

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Conversación y debate

2 comentarios

La lectura continúa aquí: objeciones, matices, preguntas y cruces con otros textos.

  1. La llamada histeria o su equivalente viene ya nombrada en el papiro de Kahun, 4000 años antes de cristo.

    A día de hoy mi impresión clinica es que la disociación es una forma reversible pero cronificable de anosognosia y anosodiaforia.

    Su fisiopatologia es compartida con los cuadros postictales y otros en la esfera del síndrome de Anton – Babinski.

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