Las prótesis de la certeza y la incertidumbre (28)

Paleopsiquiatría de los escrúpulos, las compulsiones y la necesidad de cerrar el mundo.

Hay personas que necesitan comprobar dos veces si han cerrado la puerta, ordenar los objetos de una determinada manera, repetir una secuencia antes de acostarse o reconstruir mentalmente una conversación para asegurarse de que no han cometido ningún error. A veces son pequeñas manías que apenas interfieren en su vida; otras veces, esas conductas se convierten en obligaciones que consumen tiempo, libertad y energía. El sujeto sabe que la comprobación es innecesaria, pero no consigue experimentar la tranquilidad que debería seguir a la certeza. Algo permanece abierto. Y mientras permanezca abierto, no puede descansar.

La psiquiatría tradicional describió estos fenómenos mediante conceptos como escrúpulo, manía, obsesión y compulsión. Cada palabra pertenece a una historia clínica diferente, pero todas permiten aproximarnos a una pregunta fundamental: ¿por qué algunos seres humanos necesitan realizar una operación adicional para dar por concluida una experiencia? ¿Por qué la evidencia no siempre basta? ¿Por qué hay que comprobar lo comprobado, pensar lo pensado y reparar lo que, objetivamente, no parece estar roto?

Podemos formular una hipótesis: la manía del sujeto escrupuloso funciona como una prótesis de la certeza. No es la certeza misma, sino una operación destinada a producirla. El sujeto comprueba porque no termina de creer; ordena porque no soporta la indeterminación; repite porque el acto anterior no ha conseguido cerrar definitivamente el circuito de la duda. La conducta pretende resolver una incertidumbre, pero puede terminar organizando toda la vida alrededor de ella.

Aquí es donde el principio de energía libre de Karl Friston nos ofrece un marco teórico especialmente sugerente.

1. El cerebro no contempla el mundo: lo infiere

Para Friston, el cerebro puede entenderse como un sistema que construye y actualiza modelos de las causas de sus sensaciones. No recibe pasivamente una realidad ya interpretada, sino que genera predicciones sobre lo que está ocurriendo y las contrasta con las señales sensoriales que recibe. La percepción es, en este sentido, una forma de inferencia.

Si escuchamos un ruido en casa durante la noche, no necesitamos examinar desde cero todas sus posibles causas. Nuestro cerebro utiliza modelos previos, estima qué explicación es más probable y modifica sus expectativas a medida que llega nueva información. Vivir exige inferir continuamente. Nunca disponemos de una certeza absoluta sobre el mundo; disponemos de modelos suficientemente fiables para actuar.

El principio de energía libre variacional propone una formulación matemática de cómo un sistema puede limitar la discrepancia entre sus predicciones y los datos sensoriales, dadas determinadas condiciones. En la formulación de Friston, esta energía libre constituye un límite superior de la sorpresa o improbabilidad de las observaciones bajo el modelo del sistema. En la inferencia perceptiva, el sistema actualiza sus creencias; en la acción, puede modificar el mundo o buscar determinadas señales para hacer que las observaciones sean compatibles con sus expectativas.

Esto último es crucial para comprender las manías.

No solo pensamos para conocer el mundo. También actuamos para obtener un mundo que podamos predecir. Buscamos información, repetimos comprobaciones, evitamos situaciones ambiguas y establecemos rutinas que reducen la incertidumbre. La mayoría de estas operaciones son adaptativas. Sin ellas, la vida cotidiana sería insoportablemente costosa.

El problema comienza cuando la necesidad de reducir la incertidumbre se convierte en una exigencia que ya no sabe detenerse.

2. La puerta cerrada y la incertidumbre que sobrevive a la evidencia

Imaginemos al sujeto que sale de casa y, pocos minutos después, comienza a dudar de si ha cerrado la puerta. Regresa, comprueba la cerradura y observa que está cerrada. La información es suficiente para cualquier otra persona. Sin embargo, al alejarse, la duda reaparece.

Podríamos decir que el sujeto tiene un déficit de información, pero esa explicación resulta insuficiente. Ha recibido la información y ha ejecutado la comprobación. El problema reside en que la evidencia no consigue clausurar la inferencia.

Conviene introducir aquí una precisión: el principio de energía libre no demuestra que el trastorno obsesivo-compulsivo sea una enfermedad causada por un exceso de incertidumbre, ni que todos los rituales respondan a un único mecanismo. Existen modelos específicos del TOC que investigan la confianza en la memoria, el procesamiento de errores, el aprendizaje, la valoración del riesgo y la necesidad de comprobar. El marco de Friston permite formular preguntas sobre estos fenómenos, pero no resuelve por sí solo su explicación clínica.

Con esta cautela, podemos imaginar que la comprobación funciona como una acción destinada a obtener evidencia adicional. El sujeto no vuelve necesariamente porque ignore si la puerta está cerrada, sino porque no consigue atribuir a su recuerdo o a su percepción suficiente confianza para dar la cuestión por terminada.

La primera comprobación produce alivio. Pero ese alivio puede ser transitorio. La duda regresa y exige una nueva operación. El ritual adquiere así una función paradójica: pretende resolver la incertidumbre y, al mismo tiempo, puede reforzar la idea de que la incertidumbre solo es tolerable después de comprobar.

La prótesis de la certeza no elimina la fragilidad de la confianza: la compensa mediante una operación repetida.

3. El ritual como prótesis

Una prótesis sustituye o complementa una función que el organismo no puede realizar de manera suficiente por sí mismo. La manía escrupulosa puede entenderse metafóricamente de este modo: cuando el sujeto no consigue dar por concluida una acción mediante la confianza ordinaria en su percepción o memoria, añade un procedimiento externo o mental.

Comprobar la cerradura, contar los pasos, repetir una frase, ordenar los objetos o reconstruir una conversación son operaciones que pueden convertirse en instrumentos de regulación de la incertidumbre. No tienen por qué ser patológicas. Las rutinas son necesarias y los rituales pueden cumplir funciones culturales, prácticas y emocionales. Lo decisivo es la rigidez que adquieren, el malestar que provoca su interrupción y el precio que el sujeto paga por realizarlos.

En las compulsiones clínicas, el alivio inmediato puede reforzar la repetición. El sujeto aprende, explícita o implícitamente, que comprobar reduce el malestar. La siguiente vez que aparece la duda, la comprobación se vuelve más probable. El ritual deja de ser una solución ocasional y se transforma en una respuesta preferente.

Podemos representar el circuito así:

Incertidumbre → ansiedad → ritual → alivio transitorio → nueva incertidumbre.

La dificultad es que el alivio no siempre enseña al sujeto que puede tolerar la duda sin comprobar. Puede enseñarle exactamente lo contrario: que necesitaba comprobar para soportarla.

Desde una lectura inspirada en Friston, el ritual sería una estrategia de acción que modifica las condiciones bajo las cuales el sujeto puede mantener una expectativa de seguridad. Pero la idea de que esa estrategia sea una prótesis de la certeza es nuestra interpretación conceptual, no un término técnico de Friston.

4. La manía como atractor: cuando el remedio organiza el problema

En la geometría del alma, podríamos describir esta dinámica como un atractor conductual. El sujeto entra en un circuito que se vuelve cada vez más accesible y estable. Una duda conduce a una comprobación; la comprobación reduce temporalmente la tensión; el alivio aumenta la probabilidad de que el sujeto vuelva a comprobar ante una duda posterior.

La conducta termina organizándose alrededor de su propia repetición.

No es necesario que el sujeto crea literalmente que la puerta está abierta. Puede reconocer que casi con toda seguridad está cerrada y, sin embargo, experimentar una necesidad de comprobar. La dificultad no se encuentra únicamente en la representación de la realidad, sino en la capacidad de dar por concluida la acción y aceptar el margen de incertidumbre que permanece.

El sistema ha encontrado una solución local: repetir el ritual. Esa solución reduce el malestar a corto plazo, pero puede limitar las posibilidades de aprendizaje y mantener el circuito a largo plazo.

La paradoja es extraordinaria. El sujeto inventa una operación para recuperar el control, pero la operación acaba gobernándolo. El instrumento que debía devolverle libertad se convierte en una condición para actuar.

La manía no es aquí el episodio de exaltación afectiva propio del trastorno bipolar. Es la vieja manía del carácter, el escrúpulo que se endurece, la peculiaridad que se transforma en obligación. Su fósil conserva la huella de un intento de dominar lo incierto mediante la repetición.

5. La incertidumbre moral: cuando el mundo que hay que cerrar es el propio sujeto

Hay una forma de escrupulosidad todavía más interesante: aquella en la que no se comprueban puertas ni objetos, sino intenciones, pensamientos y responsabilidades.

El sujeto se pregunta si ha sido injusto, si ha deseado algo indebido, si ha ofendido a alguien, si ha cometido una falta moral o si ha sido completamente sincero. Puede reconstruir una conversación una y otra vez, revisar mentalmente sus motivaciones o buscar garantías de que no ha actuado mal.

Aquí la incertidumbre no se refiere solo a un acontecimiento exterior. Afecta a la identidad moral. La pregunta ya no es «¿he cerrado la puerta?», sino «¿soy una persona decente?», «¿he hecho daño?», «¿puedo estar seguro de mis intenciones?».

El ritual adopta entonces formas cognitivas: repasar, analizar, comparar, confesar, pedir confirmación o neutralizar mentalmente un pensamiento. La persona intenta obtener una certeza definitiva sobre algo que, por su propia naturaleza, puede no admitir una demostración absoluta.

El problema no consiste en que la moral sea irrelevante, sino en que el sujeto exige a su conciencia una garantía imposible: la seguridad completa de no haber cometido nunca un error, de no haber albergado nunca una intención impropia o de no poder ser interpretado de manera desfavorable.

La prótesis de la certeza se convierte así en una prótesis de la inocencia.

Y cuanto más intenta el sujeto demostrar que es inocente, más tiempo dedica a inspeccionar la posibilidad de ser culpable. La vigilancia produce nuevos motivos de vigilancia. La conciencia se transforma en un tribunal que no consigue dictar sentencia.

6. Friston y la necesidad de cerrar el mundo

El principio de energía libre nos invita a pensar que los organismos necesitan mantener una relación viable con un entorno que nunca es completamente predecible. Pero sería un error concluir que la salud consiste en eliminar toda incertidumbre. Un sistema capaz de adaptarse debe actualizar sus modelos, explorar posibilidades y tolerar que algunas predicciones no se cumplan.

La vida exige incertidumbre. La percepción puede equivocarse, la memoria es reconstructiva, las intenciones ajenas no son completamente transparentes y nuestras propias motivaciones pueden permanecer parcialmente opacas. Un sujeto funcional no es quien consigue una certeza absoluta, sino quien puede actuar sin exigirla.

Esta distinción permite formular una hipótesis clínica interesante: en algunas formas de escrupulosidad, la dificultad podría residir menos en la presencia de incertidumbre que en la incapacidad de aceptar que siga presente después de haber hecho lo razonable para resolverla.

No se trata necesariamente de reducir la incertidumbre objetiva, sino de modificar la relación con ella. Hay situaciones en las que buscar más información es útil; en otras, seguir buscándola se convierte en parte del problema.

El sujeto obsesivo puede quedar atrapado en una búsqueda interminable de evidencia porque ninguna cantidad parece suficiente para producir el estado subjetivo de certeza que necesita. En lugar de reconocer que el conocimiento tiene límites, interpreta la persistencia de la duda como una señal de que debe continuar investigando.

La prótesis deja entonces de ser provisional. El sujeto ya no la utiliza para atravesar una situación difícil: necesita llevarla consigo para poder vivir.

7. Una paleopsiquiatría de las pequeñas manías

¿Por qué la lengua popular llamó manías a estas conductas antes de que la psiquiatría dispusiera de sus actuales categorías diagnósticas? No podemos reconstruir una evolución lineal desde la manía popular hasta el TOC, pero sí observar que la palabra conservó una descripción elemental: una insistencia del sujeto que parece superar la finalidad práctica del acto.

La manía era una forma de nombrar aquello que se repetía demasiado, que se había vuelto peculiar, rígido o difícil de abandonar. La clínica posterior pudo diferenciar fenómenos que antes convivían bajo una misma etiqueta: hábitos, supersticiones, rasgos obsesivos de personalidad, compulsiones, escrúpulos religiosos y otras conductas repetitivas.

La paleopsiquiatría no debería convertir todas esas experiencias en manifestaciones de una única enfermedad ancestral. Su tarea consiste en rastrear continuidades sin borrar las discontinuidades. Lo que permanece no es necesariamente un diagnóstico, sino un problema humano: cómo convivir con la incertidumbre sin quedar sometidos a los procedimientos que inventamos para neutralizarla.

La vieja manía nos muestra el momento en que una operación de control empieza a adquirir autonomía. Friston nos ofrece un lenguaje para pensar cómo los organismos infieren, predicen y actúan sobre el mundo. La geometría del alma permite representar cómo una estrategia inicialmente útil puede cristalizar en un circuito que limita la libertad.

Son tres niveles diferentes: la historia de una palabra, un marco teórico sobre inferencia y regulación, y una interpretación dinámica de la conducta. Su encuentro es fecundo precisamente si no confundimos esos niveles.

8. Aprender a vivir sin la prótesis

La salida no consiste en obligar al sujeto a convivir con el caos ni en despreciar sus escrúpulos. Consiste en recuperar la capacidad de distinguir entre la incertidumbre que merece una respuesta y aquella que forma parte inevitable de la existencia.

En el tratamiento del TOC, la exposición con prevención de respuesta es una intervención psicológica bien establecida: permite afrontar situaciones temidas y abstenerse de realizar los rituales habituales, con el objetivo de aprender nuevas formas de responder al malestar y a la duda. Su aplicación requiere una evaluación clínica adecuada, y no debe confundirse con una simple exhortación a dejar de comprobar.

Desde nuestra metáfora, se trataría de que el sujeto descubriera que puede continuar su vida sin utilizar constantemente la prótesis. No porque haya alcanzado una certeza absoluta, sino porque ha aprendido que la certeza absoluta no es una condición necesaria para actuar.

El objetivo no es eliminar toda duda, sino impedir que la duda dicte por sí sola la conducta. No es dejar de ser cuidadoso, sino recuperar la capacidad de decidir cuándo el cuidado es suficiente. No es renunciar a la responsabilidad moral, sino dejar de exigir a la conciencia una garantía de inocencia que ningún ser humano puede proporcionar.

La libertad comienza cuando la ausencia de certeza deja de ser una orden de repetir.

Conclusión: la prótesis que termina convirtiéndose en cárcel

Quizá la vieja manía nos dejó una de las imágenes más precisas de la fragilidad humana: el sujeto que necesita realizar un pequeño acto adicional para sentir que el mundo vuelve a estar en orden.

Friston nos ayuda a pensar que la mente no es un espejo pasivo, sino un sistema que infiere y actúa para mantener una relación viable con un entorno incierto. Pero vivir no consiste en reducir indefinidamente la incertidumbre. Consiste en aprender qué incertidumbres podemos resolver, cuáles debemos investigar y cuáles necesitamos tolerar.

La manía del escrupuloso aparece cuando el ritual intenta sustituir esa capacidad de tolerancia. La comprobación ofrece una certeza provisional; la repetición transforma esa certeza en dependencia; la dependencia convierte una estrategia de control en una estructura de sometimiento.

La prótesis de la certeza es el acto que realizamos para no tener que soportar que el mundo siga siendo incierto. Y se convierte en cárcel cuando ya no podemos actuar sin ella.

Tal vez la madurez psíquica no consista en alcanzar una seguridad cada vez mayor, sino en adquirir una libertad cada vez más amplia para actuar sin garantías absolutas. Aceptar que una puerta puede estar cerrada sin volver a comprobarla, que una conversación puede haber terminado sin reconstruirla y que nuestra identidad moral no puede demostrarse mediante una inspección interminable de la conciencia.

La geometría del alma encontraría aquí una de sus fronteras esenciales: entre el circuito que retorna porque necesita confirmar su propia seguridad y la trayectoria que puede continuar aun cuando no ha conseguido cerrar todas sus preguntas.

El sujeto no se libera cuando desaparece la incertidumbre. Se libera cuando deja de necesitar un ritual para autorizarse a vivir.

Y quizá ese sea el verdadero trabajo de la mente: no fabricar un mundo sin incertidumbre, sino construir una forma de habitarlo sin quedar prisioneros de nuestras propias prótesis.

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