Dos fósiles. Las manías y los escrúpulos (27)

La manía: el fósil de la compulsión

Paleopsiquiatría de los escrúpulos, los rituales y las pequeñas tiranías de la voluntad.

Hubo un tiempo en que tener manías no significaba estar loco, sino ser prisionero de ciertas particularidades del carácter. El sujeto tenía sus manías, sus escrúpulos, sus pequeñas ceremonias privadas. Necesitaba que las cosas estuvieran en su sitio, que las puertas quedaran cerradas de una determinada manera, que los objetos mantuvieran un orden preciso, que una acción se ejecutara conforme a una secuencia invariable. A veces se trataba de una excentricidad inocua; otras, de una verdadera tiranía doméstica que organizaba la vida de quienes convivían con él. La manía era una peculiaridad reconocible, una insistencia del carácter, una forma de hacer las cosas que no admitía fácilmente modificaciones.

La lengua popular conservó una distinción que la psiquiatría moderna ha complicado. Decimos que alguien tiene la manía de lavarse las manos, de comprobar si ha cerrado la puerta, de ordenar los libros por tamaños o de no pisar las rayas de las baldosas. No necesariamente pensamos que esté enfermo. Pero reconocemos que existe algo más que una preferencia: una regla que se repite, una necesidad de hacer las cosas de determinada manera y una incomodidad cuando el ritual se interrumpe. La manía aparece aquí como una especie de fósil clínico, una categoría antigua que todavía señala un territorio fronterizo entre el carácter, el hábito y la compulsión.

El sujeto escrupuloso

El escrupuloso no es simplemente alguien cuidadoso. Es alguien para quien el error adquiere una significación desproporcionada. No basta con hacer las cosas bien; necesita tener la certeza de haberlas hecho bien. No basta con cerrar la puerta; debe comprobar que está cerrada. No basta con recordar una conversación; necesita reconstruirla para asegurarse de no haber cometido una falta. La duda no concluye con la información, porque el problema no es solamente informativo: es la imposibilidad de alcanzar una certeza que resulte suficiente.

En sus formas morales, el escrúpulo puede adquirir una dimensión trágica. El sujeto examina sus intenciones, revisa sus pensamientos, sospecha de sus deseos y se pregunta si ha cometido una falta que los demás ni siquiera reconocerían como tal. La conciencia, que debería servir para orientar la conducta, se convierte en un tribunal que nunca levanta la sesión. El individuo es simultáneamente acusado, juez y vigilante de sí mismo.

En la tradición psiquiátrica, estos fenómenos nos acercan a la antigua neurosis obsesiva, a las descripciones de la psicastenia de Pierre Janet y a lo que posteriormente se delimitaría como trastorno obsesivo-compulsivo. Pero no todo sujeto escrupuloso padece un TOC. También existen rasgos obsesivos de personalidad, hábitos rígidos y formas de perfeccionismo que no alcanzan el umbral de un trastorno clínico. La paleopsiquiatría debe conservar precisamente esta amplitud histórica sin borrar las diferencias diagnósticas.

De la manía a la compulsión

¿Qué ha sucedido con aquellas manías que nuestros abuelos describían como peculiaridades personales? Algunas siguen siendo hábitos; otras se han convertido en objetos de la psicología de la personalidad; otras encuentran hoy su lugar entre los síntomas obsesivo-compulsivos. No podemos afirmar que todas fueran compulsiones encubiertas, pero sí reconocer una estructura que merece ser estudiada: la transformación de una preferencia en una obligación.

Al principio, el sujeto ordena porque le gusta el orden. Después necesita ordenar para sentirse tranquilo. Finalmente, no puede dejar de ordenar aunque sepa que no tiene sentido hacerlo. La conducta cambia de función: ya no está al servicio de una finalidad práctica, sino que sirve para neutralizar una tensión que ella misma contribuye a mantener. El alivio es breve, y precisamente por eso la conducta vuelve a repetirse.

En el escrupuloso moral sucede algo semejante. La revisión de la propia conducta parece destinada a garantizar la rectitud, pero nunca produce una seguridad definitiva. Cada comprobación abre la posibilidad de una nueva duda. El mecanismo se alimenta de su propia insuficiencia.

La manía, en este sentido histórico y coloquial, puede entenderse como una forma embrionaria de descripción de la compulsión: una palabra que detectaba la insistencia de una conducta antes de que la psiquiatría diferenciara con precisión sus mecanismos, sus funciones y sus posibles diagnósticos.

Janet y la pérdida de la libertad

Pierre Janet resulta especialmente importante para esta arqueología. Su concepto de psicastenia describía fenómenos como las dudas persistentes, las obsesiones, las conductas compulsivas y una dificultad para alcanzar una sensación de certeza o de acción plenamente realizada. En sus formulaciones, el sujeto podía conocer racionalmente la inutilidad de una conducta y, sin embargo, sentirse incapaz de abandonarla.

Esta es una de las paradojas fundamentales del escrúpulo: el conocimiento no basta para liberar al sujeto. Puede saber que ha cerrado la puerta, que ha apagado el gas o que no ha cometido ninguna falta, pero el saber no consigue clausurar la duda. Hay una distancia entre reconocer una certeza y sentirla como suficiente.

La compulsión ocupa ese intervalo. No es simplemente una acción repetida, sino una acción que intenta resolver un estado interno que no se deja resolver de manera estable. Desde esta perspectiva, la vieja manía constituye un fósil interesante porque permite rastrear el paso desde la descripción del comportamiento visible hasta la exploración de la relación subjetiva con la duda, la responsabilidad y el control.

Una geometría de la repetición

Podemos pensar estos fenómenos mediante una imagen topológica. El sujeto escrupuloso entra en un circuito cerrado: duda, comprueba, obtiene alivio, vuelve a dudar. Cada vuelta parece confirmar que la comprobación era necesaria, aunque en realidad consolida la dependencia del ritual. El circuito se convierte en un atractor: una trayectoria a la que el sistema regresa incluso cuando el sujeto intenta escapar.

La libertad no desaparece por completo. El sujeto puede resistirse, aplazar el ritual o reconocer su carácter excesivo. Pero el coste subjetivo de hacerlo aumenta, y la conducta adquiere una estabilidad que ya no depende de su utilidad objetiva.

Lo decisivo no es que el sujeto repita, sino que cada repetición reduzca momentáneamente la tensión mientras refuerza la necesidad de repetir. La manía se convierte así en una pequeña máquina de producir su propia continuidad.

El fósil que todavía vive

Las antiguas manías no han desaparecido. Han cambiado de vocabulario y de contexto. Algunas se consideran peculiaridades del carácter; otras, síntomas obsesivo-compulsivos; otras, expresiones de perfeccionismo o de rigidez personal. La frontera depende de la intensidad del malestar, del tiempo consumido, de la interferencia funcional, de la experiencia subjetiva de obligación y del conjunto clínico en que aparece la conducta.

Pero la palabra popular conserva algo que las clasificaciones técnicas pueden perder: la percepción de que hay personas sometidas a pequeñas leyes privadas que no pueden transgredir sin experimentar inquietud. Leyes que nadie ha promulgado y cuya autoridad, sin embargo, parece indiscutible.

La manía es el fósil de la compulsión porque conserva la memoria de una conducta que ha dejado de ser enteramente voluntaria antes de que dispongamos de una explicación clínica precisa de ese sometimiento.

No toda manía es una enfermedad. No todo escrúpulo es una obsesión. Pero en el fondo de ciertas manías encontramos una pregunta antigua y profundamente actual: ¿por qué necesitamos repetir aquello que sabemos que no necesitamos repetir?

Quizá la respuesta no se encuentre en el objeto que ordenamos, en la puerta que comprobamos o en la falta moral que revisamos, sino en la imposibilidad de tolerar que algo permanezca abierto, incompleto o incierto.

La manía sería entonces una pequeña prótesis de la certeza: una operación que intenta reparar la incertidumbre y que, al repetirse, termina convirtiéndola en una condición permanente.

Y la paleopsiquiatría puede seguir su rastro desde los escrúpulos del sujeto antiguo hasta las compulsiones contemporáneas, no para afirmar que siempre fueron lo mismo, sino para reconstruir cómo la cultura aprendió a reconocer, nombrar y finalmente clasificar una de las formas más discretas de la pérdida de libertad.

Cuando termines el artículo:

Después de leer

Conversación y debate

0 comentarios

La lectura continúa aquí: objeciones, matices, preguntas y cruces con otros textos.

Todavía no hay comentarios. Puedes abrir el debate con una pregunta o una objeción.

Entrar en el debate

Tu correo no se publica. Los comentarios pasan por moderación.

Descubre más desde neurociencia neurocultura

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo