La muerte y la piedra de la locura (16)

Antes de que existiera la psiquiatría existieron los muertos, y quizá fueron ellos quienes enseñaron al hombre una de las primeras cosas que necesitaba saber: que el cuerpo podía dejar de funcionar aunque siguiera conservando durante un tiempo su forma.

El cadáver debió constituir uno de los primeros grandes enigmas de la humanidad. Allí estaba el mismo rostro, las mismas manos, el mismo cuerpo que hasta hacía poco respiraba, caminaba, hablaba y reconocía a los suyos, pero algo había desaparecido. ¿Dónde estaba aquello que hacía que un cuerpo estuviera vivo? La pregunta por la muerte fue probablemente anterior a cualquier pregunta científica sobre la enfermedad.

El muerto es un vivo que ha perdido algo y por ello ha de preservarse.

Y junto a los muertos aparecieron los locos. El muerto era alguien que había dejado de responder; el loco era alguien que respondía de una manera que los demás no podían comprender. Ambos ocupaban territorios liminares. El cadáver estaba entre la persona y la materia; el loco, entre el mundo compartido y otro mundo al que los demás no tenían acceso. Quizá por eso durante miles de años enfermedad, muerte, sueño, trance, epilepsia, posesión y locura no constituyeron categorías separadas. Eran distintas manifestaciones de una misma sospecha: algo podía habitar dentro del cuerpo y modificarlo desde dentro.

El cráneo debió adquirir muy pronto un significado especial. Es una estructura dura, cerrada, protectora y misteriosa. Debajo de ella estaba aquello que controlaba el movimiento, la palabra, la memoria y quizá también los sueños y las visiones. Pero nadie podía verlo. El cerebro permanecía oculto. La cabeza era, literalmente, una caja negra.

La trepanación representa uno de los gestos más extraordinarios de esa humanidad antigua: abrir deliberadamente esa caja. Hay evidencias arqueológicas de trepanaciones realizadas hace miles de años y algunas muestran signos de supervivencia y de cicatrización ósea. No sabemos con certeza qué significaban todas ellas ni cuál era su finalidad en cada cultura. Algunas pudieron estar relacionadas con traumatismos, otras con prácticas rituales o con concepciones mágico-médicas de la enfermedad. Precisamente ahí reside su interés para la paleopsiquiatría: la trepanación pertenece a un mundo en el que medicina, religión y magia todavía no habían aprendido a separarse.

Abrir el cráneo podía significar muchas cosas. Podía ser una operación sobre un cuerpo lesionado, pero también podía ser un intento de permitir que algo saliera de él. Un espíritu, una enfermedad, una fuerza maléfica, una presión invisible. El agujero en el hueso podía convertirse en una puerta. Y la metáfora de la puerta es importante porque quizá sea una de las primeras representaciones humanas de la enfermedad mental: algo ha entrado donde no debía estar y hay que encontrar una salida.

Pero hay otra posibilidad todavía más inquietante. Quizá la trepanación no sea solamente una intervención contra aquello que se suponía que habitaba dentro de la cabeza. Quizá sea también el reconocimiento, todavía rudimentario, de que la cabeza tenía algo que ver con aquello que hacía diferente a una persona. Abrir el cráneo era acercarse físicamente al misterio de la conducta.

El hombre prehistórico no disponía de una teoría de las neuronas, ni de neurotransmisores, ni de circuitos cerebrales. Pero disponía de algo que no ha cambiado: observaba. Veía que después de un golpe en la cabeza alguien podía perder el conocimiento, cambiar su conducta, convulsionar o morir. Veía que algunas personas tenían ataques, hablaban de manera extraña, veían cosas que los demás no veían o parecían vivir en un mundo propio. Veía también que después de una herida craneal algunas personas sobrevivían. El cuerpo enseñaba, lentamente, que la cabeza no era una parte cualquiera del organismo.

La muerte debió ser el gran maestro de la anatomía. El cadáver permitía comprobar que el cuerpo era divisible, que tenía órganos, que podía abrirse y que cada parte podía sufrir transformaciones distintas. Pero la muerte también introdujo una pregunta que ninguna anatomía podía resolver: ¿qué falta cuando no falta nada visible?

Porque el cadáver conserva el cuerpo pero ha perdido a la persona. Esa separación entre organismo y persona es quizá uno de los acontecimientos fundamentales de la conciencia humana. El muerto sigue teniendo un rostro, pero ya no mira. Tiene una boca, pero ya no habla. Tiene un cerebro, pero ya no piensa. La materia permanece mientras desaparece aquello que llamamos sujeto.

Y esa experiencia debió ser insoportable y fecunda a la vez. De ella nacieron probablemente los primeros rituales funerarios, las primeras teorías sobre el alma y algunas de las primeras formas de pensamiento simbólico. El hombre comenzó a vivir entre dos mundos: el de los cuerpos visibles y el de las entidades invisibles que necesitaba imaginar para explicar aquello que no podía observar.

En ese contexto, el loco podía convertirse fácilmente en alguien que había cruzado una frontera. No estaba muerto, pero tampoco estaba completamente dentro del mundo de los vivos tal como los demás lo experimentaban. Su cuerpo estaba presente; su mundo, quizá no. De ahí la enorme antigüedad de las explicaciones que atribuyen la locura a espíritus, fuerzas sobrenaturales o intrusiones externas.

La historia de la psiquiatría comienza mucho antes de que alguien pronunciara la palabra psiquiatría. Comienza cuando una comunidad se pregunta qué hacer con aquel cuyo comportamiento ya no puede ser explicado mediante las reglas ordinarias. Y comienza también cuando alguien descubre que una alteración de la cabeza puede modificar radicalmente aquello que llamamos persona.

La trepanación ocupa entonces un lugar simbólico extraordinario. Es el primer agujero que hacemos en la frontera que separa el mundo exterior del mundo interior. Una perforación en el cráneo es también una perforación en una idea: la idea de que aquello que sucede en la mente pertenece a un territorio inaccesible.

Durante milenios no supimos qué había detrás de ese hueso. Inventamos espíritus, almas, demonios, humores y fuerzas. Mucho después llegarían el cerebro, las neuronas y las redes neuronales. Pero el gesto fundamental ya estaba allí: abrir, mirar, intervenir.

La paleopsiquiatría puede leerse precisamente desde esa frontera. Antes de comprender la mente tuvimos que aprender que la muerte no era la locura, que la locura no era necesariamente la posesión y que aquello que ocurría en la cabeza podía tener consecuencias sobre todo el cuerpo y sobre toda la persona.

Quizá por eso la historia comienza con los muertos.

Y continúa con un agujero en un cráneo.

Entre ambos apareció una pregunta que todavía no hemos terminado de responder: ¿qué es exactamente lo que hace que un cuerpo sea una person

Cuando termines el artículo:

Después de leer

Conversación y debate

0 comentarios

La lectura continúa aquí: objeciones, matices, preguntas y cruces con otros textos.

Todavía no hay comentarios. Puedes abrir el debate con una pregunta o una objeción.

Entrar en el debate

Tu correo no se publica. Los comentarios pasan por moderación.

Descubre más desde neurociencia neurocultura

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo