El atractor Sánchez: ¿pantomima o apocalipsis?

A pesar de que circulan muchas hipótesis psicológicas sobre Pedro Sánchez lo cierto es que ninguna de esas etiquetas logran atrapar su personalidad y tampoco queda claro si su personslidad explica su conducta política y personal. Me propongo en este post atrapar esta personalidad plus (una topología) a la luz de mi Geometría del alma es decir: una concepción topologico/dinamica de la personalidad.

Pedro Sánchez resulta interesante psicológicamente no tanto por sus ideas políticas como por su extraordinaria capacidad de supervivencia dentro de escenarios adversos.

Su trayectoria permite imaginar una personalidad organizada alrededor de una palabra: persistencia.

Hay políticos que parecen necesitar el poder para realizar un proyecto previo. En Sánchez da la impresión de que existe una relación más circular: el proyecto se redefine a medida que cambia el campo de fuerzas necesario para conservar la posición desde la que puede realizarlo.

Esto no implica necesariamente cinismo. Puede ser entendido como una forma extrema de adaptabilidad estratégica.

Su psicología política parece contener varios elementos.

1. Una elevada tolerancia a la adversidad

Sánchez ha atravesado derrotas electorales, rebeliones internas, pérdida de liderazgo, reconstrucción política y situaciones parlamentarias extremadamente complejas. En lugar de interpretar cada crisis como una refutación de sí mismo, parece convertirla en información sobre el entorno.

La derrota no necesariamente significa «estoy equivocado», sino:

«El sistema de fuerzas ha cambiado. Tengo que encontrar otra configuración.»

Aquí aparece algo muy próximo a la idea de atractor que hemos utilizado en la Geometría del alma: determinadas personalidades no mantienen una forma fija; mantienen una dirección de retorno.

Puede cambiar el discurso, las alianzas o incluso determinadas posiciones, pero permanece una variable profunda: seguir ocupando el centro de la escena política.

2. La identidad como construcción

Sánchez parece haber desarrollado una relación particularmente instrumental con la identidad.

No necesita que exista un yo político completamente estable para actuar. Puede reconstruirlo.

Esto resulta especialmente interesante desde una perspectiva psicológica: mientras algunas personas necesitan preservar una narración coherente de sí mismas —«yo siempre he sido esto»—, otras toleran mejor la discontinuidad.

En Sánchez parece existir una capacidad considerable para decir, implícita o explícitamente:

«Aquello fui yo entonces; esto soy yo ahora.»

Eso permite una enorme flexibilidad, pero tiene un coste: la frontera entre adaptación y oportunismo se vuelve difícil de establecer desde fuera.

3. La adversidad como combustible

Hay personalidades cuya energía disminuye cuando son atacadas. En otras ocurre lo contrario: el conflicto incrementa la activación.

En el caso de Sánchez, al menos como fenómeno político observable, la confrontación parece haber desempeñado en ocasiones una función movilizadora.

El adversario proporciona una estructura narrativa:

ellos → nosotros → yo como representante de nosotros.

Y aquí aparece otro rasgo importante: una tendencia a personalizar la lucha política.

No necesariamente porque todo gire psicológicamente alrededor de él, sino porque la política contemporánea transforma cada vez más las instituciones en escenarios de identificación personal.

4. Una relación peculiar con la incertidumbre

Sánchez parece cómodo en situaciones que para otros políticos resultan insoportablemente ambiguas.

Parlamentos fragmentados, mayorías inestables, negociaciones complejas, cambios de alianzas.

Su fortaleza parece estar precisamente ahí:

habitar la indeterminación sin precipitarse hacia una solución definitiva.

Desde nuestra perspectiva geométrica, podría decirse que no necesita conocer inmediatamente el punto de llegada. Le basta con mantener abierto el espacio de posibilidades.

Eso es una ventaja política enorme.

Pero también genera una percepción contraria: para sus adversarios, la misma plasticidad puede aparecer como falta de principios.

La misma propiedad psicológica puede recibir dos nombres diferentes dependiendo del observador:

adaptabilidad o oportunismo.

5. El poder como espacio de continuidad del yo

Quizá aquí esté lo más interesante.

No parece adecuado imaginar a Sánchez simplemente como alguien que quiere poder. Eso es demasiado elemental.

Más interesante es pensar que ha construido una identidad en la que sobrevivir políticamente se ha convertido en parte de la propia identidad.

El poder deja entonces de ser solamente un instrumento.

Se convierte en un medio de existencia psicológica y narrativa:

Mientras continúo aquí, mi historia continúa.

Y esto conecta con algo que hemos trabajado en la Geometría del alma: los seres humanos no conservamos nuestra identidad porque permanezcamos iguales, sino porque conseguimos mantener determinadas invariantes a través del cambio.

En Sánchez, una posible invariante sería precisamente ésta:

no abandonar el juego.

El atractor Sánchez

Podríamos incluso formularlo como un pequeño modelo:

crisis → amenaza → reconfiguración → adaptación → supervivencia → consolidación → nueva crisis.

El rasgo verdaderamente singular no sería ninguno de los puntos individuales, sino la capacidad para recorrer repetidamente el circuito sin quedar atrapado definitivamente en ninguno de ellos.

Por eso quizá sea más interesante preguntarse:

¿qué clase de personalidad consigue convertir las crisis que deberían destruir su identidad en mecanismos de reconstrucción de esa misma identidad?

Esa pregunta es psicológicamente mucho más fecunda que intentar colocarle una etiqueta psiquiátrica.

Porque quizá Sánchez no sea especialmente interesante como tipo psicológico.

Lo interesante es que parece funcionar como un sistema dinámico altamente plástico, capaz de modificar su configuración para preservar su trayectoria.

Y ahí aparece la paradoja:

cuanto más cambia, más constante parece su voluntad de permanecer.

Del gobierno al escenario

La política contemporánea parece haber desplazado su centro de gravedad.

Antes, el político debía convencer de que tenía un proyecto para transformar la realidad. Ahora necesita, sobre todo, administrar la percepción de la realidad.

La diferencia es enorme.

Si gobiernas sobre hechos, una contradicción te debilita.
Si gobiernas sobre percepciones, una contradicción puede convertirse en una nueva escena.

La cuestión deja de ser:

«¿Qué está ocurriendo?»

y pasa a ser:

«¿Qué interpretación de lo que está ocurriendo consigue imponerse?»

Ahí aparece la pantomima.

El apocalipsis como tecnología política

Hay además algo inquietante en la estructura apocalíptica.

El apocalipsis divide el tiempo en dos:

antes y después.

Cuando una sociedad vive permanentemente en la proximidad de un supuesto punto de ruptura —la extrema derecha, el fascismo, la crisis económica, la fractura territorial, el cambio climático, la guerra, el colapso institucional— cada decisión puede presentarse como una elección entre salvación y catástrofe.

Y cuando la alternativa es la catástrofe, determinadas contradicciones dejan de importar.

No hace falta demostrar que una decisión es buena.

Basta con conseguir que la alternativa parezca peor.

Sánchez como atractor

Aquí encaja especialmente bien nuestra idea de atractor.

Un atractor político no es simplemente una persona poderosa. Es una configuración hacia la cual tienden diferentes fuerzas.

En torno a Sánchez pueden converger elementos muy distintos: miedo, polarización, deseo de estabilidad, rechazo del adversario, cálculo parlamentario, identidad partidista, medios de comunicación y necesidad de mantener una determinada narrativa.

El individuo queda parcialmente atrapado por el sistema que lo sostiene.

Pero ocurre algo todavía más extraño:

el sistema también queda atrapado por el individuo.

Sánchez necesita la polarización que lo mantiene en movimiento; la polarización necesita una figura alrededor de la cual organizarse.

Se genera así un atractor.

La política como bucle

Y aquí aparece el verdadero problema.

El sistema produce una amenaza.

La amenaza exige una respuesta.

La respuesta modifica el escenario.

La modificación produce una nueva amenaza.

Y entonces:

amenaza → reacción → nueva amenaza → nueva reacción.

El sistema jamás llega al desenlace porque vive del aplazamiento del desenlace.

El apocalipsis nunca sucede del todo.

Tiene que permanecer siempre a unos centímetros de distancia.

Porque si finalmente llega, termina la representación.

El público también forma parte de la pantomima

Esta es quizá la parte más incómoda.

No son solamente los políticos.

Somos también espectadores.

Necesitamos héroes y villanos. Necesitamos indignarnos. Necesitamos saber quién ha ganado hoy y quién ha perdido. Consumimos la política como una serie de episodios.

Y cada episodio necesita aumentar la intensidad del anterior.

Por eso la política empieza a parecerse menos a la deliberación y más al entretenimiento serializado.

La realidad política se convierte en una máquina de producir afectos intensos y acontecimientos breves.

Y entonces aparece la geometría afectiva

Aquí conectaría directamente con Geometría del alma.

Una sociedad puede perder progresivamente sus afectos compartidos sin perder su capacidad de sentir.

Al contrario.

Puede convertirse en una sociedad hiperafectiva pero desintegrada.

Muchísima indignación.
Muchísimo miedo.
Muchísimo desprecio.
Muchísima ironía.

Pero cada vez menos confianza, pertenencia, admiración o esperanza compartida.

Es una geometría afectiva extraña: mucha energía emocional y poca cohesión.

Y quizá por eso la pantomima resulta tan poderosa.

Porque cuando desaparece un horizonte común, el conflicto puede convertirse en sustituto de comunidad.

Ese sería, para mí, el núcleo de Pantomima y apocalipsis:

No vivimos necesariamente al borde del apocalipsis. Vivimos en una estructura política que necesita sentirnos permanentemente al borde de él.

Y el personaje que mejor sabe permanecer dentro de ese borde no necesariamente controla el sistema.

Es el sistema quien, convertido en atractor, empieza a controlar a todos sus personajes.

Cuando termines el artículo:

Después de leer

Conversación y debate

1 comentario

La lectura continúa aquí: objeciones, matices, preguntas y cruces con otros textos.

  1. Hay otro elemento relevante: la capacidad y categoría del contrincante político.

    En los tiempos que corren, el argumento de los contrincantes políticos no existe. No hay realmente rival.

    Solo hay un grupo histerificado, con agresiones verbales y de actitud pero sin contenido argumental, político, ideológico o de otro orden.

    Llamar a gritos a alguien «hijo de …», etc., es una simpleza de primer orden. Políticamente hablando esta un error mayúsculo pues vacía por completo de autoridad intelectual al que se comporta de esta manera.

    Sánchez persiste y permanece porque sus contrincantes políticos están ausentes.

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