Hay una pregunta que quizá resulte más interesante que preguntar por qué algunos españoles odian España:
¿Por qué España se ha convertido en un objeto afectivo tan difícil de amar?
No me refiero al patriotismo. Tampoco a la adhesión política al Estado. Me refiero a algo más elemental: la capacidad de experimentar España como una realidad propia, íntima, digna de afecto.
Una nación no existe solamente porque tenga fronteras, instituciones, leyes y una historia común. Necesita también una cierta carga libidinal: recuerdos, símbolos, paisajes, relatos, muertos, canciones, héroes, derrotas y esperanzas capaces de organizar el afecto colectivo.
Podríamos llamar a eso su geometría afectiva.
Y quizá la geometría afectiva española esté profundamente deformada.
España como problema
Desde hace más de un siglo, España tiene una peculiaridad intelectual: se piensa a sí misma como problema.
El siglo XIX intentó construir una identidad nacional moderna sobre una herencia complicada: monarquía, catolicismo, imperio, guerras civiles, atraso económico y una débil homogeneización institucional. José Álvarez Junco ha mostrado cómo la construcción de una identidad española moderna quedó atravesada por esas dificultades y, especialmente, por la pérdida del imperio.
Después llegó 1898.
Y entonces España dejó de ser solamente una nación derrotada.
Se convirtió en una nación que necesitaba explicarse su propia derrota.
El regeneracionismo, la Generación del 98, Ortega y buena parte de la tradición intelectual posterior desarrollaron una extraordinaria capacidad para diagnosticar España.
España estaba enferma.
España estaba atrasada.
España estaba invertebrada.
España debía europeizarse.
España debía regenerarse.
España tenía un problema.
Pero hay algo psicológicamente peligroso en que una comunidad pase demasiado tiempo hablando de sí misma como una enfermedad.
Puede acabar interiorizando el diagnóstico.
La Guerra Civil: cuando España se convierte en un trauma
Después llegó la fractura fundamental.
La Guerra Civil convirtió España en un nombre asociado a la posibilidad de que los españoles se mataran entre sí en nombre de España.
Y posteriormente el franquismo monopolizó durante décadas el lenguaje simbólico de la nación.
Esto produjo una situación paradójica.
Para una parte importante de la sociedad española, especialmente después de la dictadura, era necesario separar España de Franco.
Pero la operación tenía un coste:
desactivar España como objeto político afectivo.
La Transición necesitaba que nadie volviera a apropiarse de España.
España tenía que pertenecer a todos.
Y, precisamente por eso, quizá dejó de pertenecer emocionalmente a casi nadie de una manera intensa.
La nación podía ser constitucional.
Democrática.
Europea.
Plural.
Pero había que tener cuidado con amarla demasiado.
El problema de la melancolía
Aquí el análisis de Jon Juaristi resulta especialmente sugerente.
En El bucle melancólico, Juaristi estudia el nacionalismo vasco a través de una estructura de pérdida, nostalgia, reconstrucción mítica y búsqueda de una patria originaria.
Pero quizá podamos invertir la perspectiva.
Los nacionalismos periféricos consiguieron construir, con mayor o menor éxito, objetos de deseo.
Había algo perdido.
Algo que había sido arrebatado.
Algo que debía recuperarse.
Una lengua.
Una comunidad.
Una patria.
Un pasado.
Un futuro.
La estructura afectiva era:
pérdida → nostalgia → deseo → recuperación.
España, en cambio, tenía un problema.
¿Qué podía recuperar?
El Imperio era irrecuperable.
La monarquía tradicional era irrecuperable.
La España anterior a la Guerra Civil era irrecuperable.
La España franquista era precisamente aquello de lo que había que escapar.
Y la España democrática todavía no había generado un relato emocional comparable.
Quedaba un vacío.
Del orgullo a la ironía
Y entonces aparece uno de los rasgos más interesantes de nuestra psicología colectiva:
la ironía española sobre España.
«Este país es increíble.»
«Sólo puede pasar en España.»
«Somos así.»
«España es diferente.»
La autodenigración funciona como una curiosa forma de pertenencia.
El individuo puede seguir perteneciendo al grupo mientras se distancia verbalmente de él.
Es una especie de patriotismo invertido.
No dice:
«Amo España.»
Dice:
«Qué país de mierda.»
Pero continúa viviendo dentro de él.
Habla su lengua.
Come sus alimentos.
Reconoce sus paisajes.
Recuerda sus fiestas.
Escucha sus canciones.
Se emociona con determinados muertos.
Y cuando está lejos, muchas veces descubre que aquello que despreciaba tenía una forma precisa.
La ironía puede ser, en este sentido, la máscara de un afecto que no se atreve a reconocerse.
El problema europeo
La entrada en Europa añadió otra capa.
Durante décadas, ser moderno significó en buena medida dejar atrás determinadas formas de España.
Europa representaba normalidad.
España representaba excepcionalidad.
Europa era el futuro.
España era aquello que había que modernizar.
El proceso fue históricamente extraordinariamente positivo. Pero produjo una extraña ecuación psicológica:
cuanto más europea era España, menos necesario parecía ser español.
El cosmopolitismo podía convertirse en una forma de desidentificación.
«Yo no soy español; soy europeo.»
Pero ¿qué significa ser europeo si no existe ninguna particularidad desde la que entrar en Europa?
Una identidad necesita cierta diferencia.
Si toda diferencia propia se interpreta como atraso, entonces la modernización puede terminar convirtiéndose en una operación de borrado simbólico.
El atractor español
Aquí aparece el concepto que me interesa especialmente.
Podemos pensar una identidad colectiva como un sistema dinámico.
Un atractor es una configuración hacia la que tiende el sistema.
Durante siglos, España tuvo múltiples atractores:
la monarquía,
el catolicismo,
el Imperio,
Castilla,
la lengua,
la Reconquista,
la nación liberal,
la Guerra de la Independencia,
la idea de civilización hispánica.
Algunos fueron destruidos.
Otros desacreditados.
Otros quedaron asociados a experiencias históricas traumáticas.
Otros fueron sustituidos por nuevos atractores:
Europa,
la democracia,
las autonomías,
la identidad regional,
el consumo,
el individualismo,
la globalización.
El resultado puede ser descrito así:
España conserva su estructura institucional, pero pierde parte de su capacidad gravitatoria afectiva.
No ha desaparecido.
Pero ya no organiza necesariamente el campo emocional.
Y cuando un atractor pierde fuerza, aparecen otros.
Cataluña puede convertirse en atractor.
El País Vasco.
Madrid.
Europa.
La izquierda.
La derecha.
La generación.
La clase.
La lengua.
Incluso el individuo.
La identidad española queda entonces como un atractor débil en competencia con otros atractores más próximos.
¿Quién desmontó la geometría?
Aquí quizá tengamos que abandonar la tentación de encontrar un culpable.
No fue solamente Franco.
No fueron solamente los nacionalismos periféricos.
No fue la izquierda.
No fue la derecha.
No fue Europa.
No fue 1898.
Fue una sucesión de operaciones históricas, muchas de ellas necesarias, que fueron eliminando los viejos centros de gravedad sin producir siempre otros nuevos.
El franquismo monopolizó España.
El antifranquismo tuvo que rechazar esa apropiación.
La democracia desactivó los nacionalismos españoles fuertes.
Los nacionalismos periféricos construyeron sus propios relatos.
Europa proporcionó una identidad supranacional.
La globalización debilitó las pertenencias territoriales.
La cultura contemporánea sospecha de las grandes narraciones.
Y el individuo terminó convertido en el centro de su propia biografía.
El proceso no tenía un arquitecto.
Fue una dinámica.
Una transformación del espacio de fases colectivo.
El resultado: un significante huérfano
Por eso quizá no sea correcto decir que muchos españoles odian España.
Hay algo más extraño.
No saben muy bien qué hacer afectivamente con ella.
Pueden defenderla.
Criticarla.
Despreciarla.
Votarla.
Abandonarla.
Añorarla.
Sentirse avergonzados de ella.
Sentirse orgullosos de ella.
Pero falta, en muchos casos, un relato capaz de integrar esos afectos contradictorios.
España se convierte así en un significante huérfano.
Está ahí.
Pero no sabemos exactamente qué deseo debe organizar.
Y quizá por eso la pregunta fundamental no sea:
¿Por qué tantos españoles odian España?
Sino otra mucho más incómoda:
¿Qué tendría que suceder para que un español pudiera decir «amo España» sin sentir que tiene que pedir disculpas, justificar políticamente la frase o añadir inmediatamente una crítica?
Porque una comunidad puede vivir sin patriotismo.
Puede vivir incluso sin nacionalismo.
Lo que resulta más difícil es vivir mucho tiempo sin un objeto colectivo capaz de recibir afecto.
Tal vez el problema español no sea, finalmente, la falta de identidad.
Sea algo más profundo:
la pérdida de un atractor afectivo.
Y quizá la tarea de las próximas generaciones no consista en recuperar ninguna España perdida.
Ni el Imperio.
Ni la España de Franco.
Ni la España de nuestros abuelos.
Sino en algo mucho más difícil:
inventar una nueva forma de querer lo que somos sin necesidad de convertirlo en lo que fuimos.
Bibliografía
- Álvarez Junco, José — Mater Dolorosa. La idea de España en el siglo XIX. Taurus, 2001. Obra fundamental para comprender la construcción moderna de la identidad española y el impacto de la pérdida del imperio.
- Juaristi, Jon — El bucle melancólico. Historias de nacionalistas vascos. Espasa-Calpe, 1997. El análisis de la nostalgia, la pérdida y la reconstrucción mítica resulta central para la hipótesis de la melancolía identitaria.
- Juaristi, Jon — Espaciosa y triste. Ensayos sobre España. Espasa, 2013. Una prolongación especialmente relevante para pensar la relación afectiva con España.
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