En The Big Lebowski, The Dude parece un hombre sin proyecto.
No tiene ambiciones claras, no persigue el éxito y apenas intenta modificar las circunstancias que lo rodean.
Simplemente permanece.
Y quizá ahí esté precisamente su poder.
En dinámica de sistemas, un atractor es una región hacia la que tienden las trayectorias de un sistema. No necesita empujarlas. Las trayectorias, dadas determinadas condiciones, terminan acercándose a él.
Lebowski funciona como un atractor peculiar.
No atrae porque quiera algo.
Atrae porque no quiere nada.
Los demás llegan con problemas, objetivos, conflictos y planes. Pero al entrar en su órbita ocurre algo extraño: sus trayectorias se deforman.
El conflicto se convierte en conversación.
La urgencia pierde velocidad.
El plan se desvía.
La amenaza acaba en una cerveza.
Lebowski no resuelve los problemas.
Los desacelera.
Y esa es quizá la característica más interesante del atractor Lebowski: no organiza mediante una orden, una ideología o una finalidad.
Organiza mediante la ausencia de finalidad.
Por eso su influencia resulta difícil de detectar.
Un líder dice:
“Venid conmigo.”
Lebowski parece decir:
“¿Para qué?”
La primera frase produce movimiento.
La segunda puede detenerlo o puede convocar muchos imitadores como sucede en la película “Forrest Gump”. ¿Por qué los corredores siguen a Forrest?
Podríamos llamar efecto Lebowski a esa capacidad de un elemento del sistema para modificar las trayectorias de los demás simplemente permaneciendo fuera de la competición por el objetivo.
Es una forma de poder paradójica.
Porque cuando todos corren hacia alguna parte, aquel que permanece quieto puede convertirse en el centro gravitatorio del sistema.
Pero hay una trampa.
Si demasiadas trayectorias terminan convergiendo en el mismo atractor, la estabilidad puede convertirse en dependencia.
Entonces aparece la pregunta inquietante:
¿Lebowski permanece sentado porque es libre o porque el sistema necesita que permanezca sentado?
Quizá esa sea la verdadera paradoja del Dude.
Su aparente indiferencia podría ser una forma extrema de libertad.
O podría ser la función que el sistema le ha asignado.
Y entonces el hombre que no quería gobernar a nadie descubriría algo mucho más extraño:
no hace falta querer tener poder para convertirse en un atractor.
A veces basta con no moverse o con correr hacia ninguna parte.
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