Siguiendo con el tema del post anterior donde analice el caso de Lindsay Clancy me propongo ahora plantearme una pregunta ¿Pudo Lindsay hacer otra cosa distinta?
Les adelantaré algo: el libre albedrío no es libre como podemos ver en este caso.
Creo que la cuestión más interesante no es simplemente «¿era culpable o estaba psicótica?», sino una pregunta más radical:
¿Qué significa decir que alguien pudo haber hecho otra cosa cuando su capacidad de decidir estaba profundamente alterada?
El caso acaba de adquirir todavía más relevancia porque el juicio terminó el 4 de septiembre de 2026, en mistrial: el jurado no consiguió alcanzar un veredicto unánime. Clancy admite haber matado a sus tres hijos y haber intentado suicidarse después; la defensa sostiene que estaba inmersa en una psicosis posparto, mientras que la acusación mantiene que sabía lo que hacía y que existió planificación. Como si la planificación descartara la psicosis.
El punto filosófico: ¿podía hacer otra cosa?
Hay que separar tres niveles.
1. Podía físicamente hacer otra cosa.
En un sentido trivial, sí. Podía no hacerlo. Podía abandonar la habitación, llamar a alguien, pedir ayuda, salir de casa.
Pero eso no responde a la pregunta interesante.
2. Podía psicológicamente hacer otra cosa.
Aquí aparece el problema del libre albedrío.
Si la hipótesis de la psicosis es correcta, no estaríamos ante una persona que contempla libremente varias posibilidades y escoge la peor. Estaríamos ante un sistema mental cuyo espacio de posibilidades se ha deformado.
La experiencia subjetiva podría haber sido algo parecido a:
«Esto es lo que tengo que hacer.»
Y no:
«Tengo varias opciones y elijo esta.»
Uno de los psiquiatras de la defensa describió precisamente esa situación mediante una metáfora extrema: Clancy habría estado como un «títere» cuyos actos estaban siendo dirigidos por otra fuerza. Otros expertos, en cambio, sostuvieron que comprendía la naturaleza y la incorrección de sus actos.
Y entonces aparece algo todavía más inquietante: el homicidio antes del suicidio
¿Por qué matar a los hijos antes de matarse?
Esta secuencia es crucial.
Si la interpretación de la fiscalía es correcta, la estructura podría ser:
yo voy a morir → mis hijos quedarán desamparados/sufrirán → debo matarlos → después debo morir.
En ese modelo existe una cadena deliberativa. El homicidio sería instrumental respecto al suicidio.
Pero existe otra posibilidad mucho más perturbadora:
el sistema delirante transforma el homicidio en una condición necesaria para el suicidio.
Es decir, el suicidio deja de ser simplemente el último acto. Se convierte en el atractor hacia el que comienza a organizarse toda la conducta.
Aquí la noción de atractor que hemos venido utilizando resulta especialmente potente.
La mente no necesitaría formular conscientemente:
«Voy a cometer tres homicidios y después me suicidaré.»
Podría ir cayendo hacia una configuración en la que cada pensamiento hace más probable el siguiente:
sufrimiento → desesperanza → muerte como solución → necesidad de proteger a los hijos → homicidio → suicidio.
Una vez dentro de ese paisaje, las alternativas externas pueden seguir existiendo objetivamente pero desaparecer fenomenológicamente.
Eso modifica nuestra idea del libre albedrío
Imaginemos dos personas ante la misma puerta.
Para A:
puerta → salir / quedarse / llamar / pedir ayuda / dormir / marcharse.
Para B, atrapada en una configuración psicótica:
puerta → amenaza → muerte → necesidad de actuar.
La puerta es físicamente la misma.
El espacio de posibilidades no lo es.
Y aquí podemos formular una hipótesis muy interesante para Geometría del alma:
La libertad no consiste únicamente en disponer físicamente de alternativas. Consiste en que esas alternativas sean psicológicamente accesibles.
Una persona puede tener diez opciones objetivas y experimentar solamente una como posible.
Eso introduce una concepción topológica del libre albedrío.
No preguntamos únicamente:
«¿Tenía opciones?»
sino:
«¿Qué opciones pertenecían realmente al espacio de estados accesibles de su conciencia en aquel momento?»
Pero hay que evitar una trampa
Esto tampoco permite concluir que «no pudo evitarlo».
No lo sabemos.
Precisamente por eso el jurado quedó dividido. Los expertos presentaron interpretaciones radicalmente distintas de su estado mental.
Y hay una diferencia fundamental entre:
«no quiso hacerlo»
y
«no podía experimentar otra conducta como una posibilidad real».
La primera frase conserva intacta la arquitectura ordinaria del libre albedrío.
La segunda la pone en cuestión.
Y quizá la pregunta más profunda que deja el caso no sea:
¿Fue Lindsay Clancy libre?
sino:
¿Cuánta libertad queda cuando un atractor patológico reorganiza el paisaje entero de posibilidades de una mente?
Porque entonces el crimen no sería simplemente una decisión situada dentro de una mente.
Sería una decisión producida por una mente cuyo espacio de decisiones había cambiado.
Y ahí el libre albedrío deja de parecer un interruptor —libre/no libre— y empieza a parecerse mucho más a una geometría.
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