Lindsay tenía 36 años, creció en Connecticut y se formó como enfermera. Trabajó durante unos nueve años como enfermera de partos en Massachusetts General Hospital. Personas que trabajaron con ella la describieron como competente, afectuosa y especialmente implicada en los nacimientos. Quería ser madre desde hacía mucho tiempo y tuvo tres hijos: Cora, Dawson y Callan.
Hay un aspecto de su personalidad que resulta particularmente relevante: era muy organizada, perfeccionista y controladora con la crianza. Elaboraba horarios detallados para sus hijos, se preocupaba intensamente por su sueño, alimentación y cuidados y buscaba constantemente hacerlo bien. También tenía antecedentes de ansiedad y dificultades después de los partos.
Después del nacimiento de Callan, en mayo de 2022, la situación empezó a deteriorarse. Aparecieron insomnio, ansiedad, depresión, pensamientos intrusivos y pensamientos suicidas. Buscó ayuda psiquiátrica, llamó incluso a una línea de prevención del suicidio y pasó por distintos tratamientos farmacológicos. Llegó a ingresar en un hospital psiquiátrico en enero de 2023, pocos días antes de matar a sus hijos.
Y aquí aparece la cuestión fascinante desde el punto de vista psicopatológico.
¿Estaba psicótica?
La defensa sostiene que sí. El psiquiatra forense Phillip Resnick, una autoridad en este tipo de casos, afirmó que Clancy padecía depresión mayor y trastorno bipolar y que el día de los asesinatos estaba en un episodio psicótico de inicio posparto. Según su reconstrucción, escuchaba una voz masculina que le ordenaba matar a sus hijos y suicidarse.
Pero otros especialistas no estuvieron de acuerdo.
La fiscalía subrayó que había una conducta aparentemente organizada y finalista: hizo que su marido saliera de casa, había calculado mediante el teléfono cuánto tardaría en regresar y aprovechó ese intervalo para matar a los niños y posteriormente intentar suicidarse. El psicólogo forense de la acusación consideró extremadamente inusual que una psicosis apareciera de la manera tan circunscrita que describía Clancy.
Y hay un detalle especialmente perturbador: el mismo día de los asesinatos había tenido aparentemente una mañana normal. Estuvo con sus hijos, hicieron un muñeco de nieve y acudieron a una cita médica. Su marido declaró que aquel día la veía incluso especialmente bien.
Y su marido cambia completamente la lectura
Patrick Clancy es quizá la figura que más rompe la narrativa fácil del caso.
Después de la muerte de sus hijos, no presentó públicamente a Lindsay como un monstruo. La perdonó y atribuyó lo ocurrido a su deterioro mental. Durante el juicio volvió a describir cuánto había empeorado su salud mental después del nacimiento de Callan.
Eso hace que el caso sea mucho más difícil que el esquema habitual madre asesina → castigo.
Porque tenemos simultáneamente:
una madre amorosa → una enfermedad mental creciente → tratamientos que aparentemente no funcionan → posible psicosis → planificación conductual → asesinato de los hijos → tentativa de suicidio → supervivencia con parálisis → juicio sobre su responsabilidad.
Y ahora sabemos algo más: el jurado tampoco consiguió resolver esa contradicción. Después de casi seis semanas de juicio y siete días de deliberaciones, quedó bloqueado y el juez declaró el 4 de septiembre de 2026 el mistrial. No fue declarada ni culpable ni inocente.
De hecho, según el abogado defensor, la división habría sido 11 jurados favorables a la absolución y uno en contra, aunque esa distribución no ha sido oficialmente confirmada.
Y aquí veo una conexión muy fuerte con mi “Geometría del alma»: Clancy permite pensar la psicosis no simplemente como una enfermedad que aparece dentro de una persona, sino como una reorganización completa del espacio de significados. La hipótesis de la defensa es que, en un determinado momento, los hijos dejaron de aparecer en su mundo mental como seres que había que proteger y pasaron a formar parte de una configuración delirante en la que matarlos podía adquirir sentido.
La pregunta inquietante sería entonces:
¿Qué ocurre cuando el atractor que organiza una mente cambia de tal manera que aquello que antes era el centro de su identidad —«soy madre, debo proteger a mis hijos»— se transforma en su contrario?
Ahí el caso de Lindsay Clancy deja de ser solamente criminología. Se convierte en un caso extremo sobre identidad, atractores, agencia y transformación del espacio psíquico.
La dificultad del caso es precisamente que ambas narraciones parecen contener una parte de verdad: la defensa presenta una mente psicótica y la fiscalía una conducta organizada y deliberada. El jurado tampoco consiguió resolver esa incompatibilidad y el juicio terminó en mistrial.
1. El atractor «madre»
Podemos imaginar que durante años Clancy fue construyendo una configuración psíquica alrededor de un núcleo:
Soy madre → mis hijos dependen de mí → debo protegerlos → mi valor consiste en cuidarlos.
Un atractor no es una idea aislada. Es una forma de organizar la experiencia.
Todo lo que ocurre alrededor —sueño, alimentación, enfermedades, horarios, pareja, trabajo, cuerpo— termina entrando en esa geometría.
El problema aparece cuando esa geometría se vuelve demasiado profunda y rígida.
Porque entonces no ser capaz de cuidar perfectamente a los hijos no significa simplemente fracasar en una tarea.
Puede significar:
Estoy dejando de ser quien soy.
Y ahí empieza la posibilidad de una crisis de identidad.
2. El nacimiento del tercer hijo cambia el paisaje
Después del nacimiento de Callan aparecen depresión, ansiedad, insomnio, ideación suicida y una progresiva desorganización psiquiátrica. Hubo múltiples contactos con profesionales y tratamiento farmacológico, incluida una hospitalización poco antes de los asesinatos.
Podemos representarlo topológicamente así:
Antes
YO → MADRE → HIJOS
Una configuración relativamente estable.
Después
YO → MADRE → RESPONSABILIDAD → FRACASO → CULPA → MIEDO
El paisaje se hace cada vez más estrecho.
Cada pensamiento vuelve al mismo lugar.
Cada intento de resolver el problema puede profundizarlo.
Eso es importante: un atractor patológico no necesita ser una creencia absurda al principio. Puede ser una configuración inicialmente adaptativa que se vuelve excesivamente rígida.
3. La inversión del atractor
Aquí aparece lo verdaderamente inquietante.
Si el atractor original es:
«Debo proteger a mis hijos».
una mente gravemente desorganizada podría llegar a una configuración delirante en la que:
«Para proteger a mis hijos tengo que hacer algo terrible».
No desaparece necesariamente el antiguo atractor ciertamente dogmático.
Puede producirse algo mucho más extraño:
el sistema conserva la finalidad y cambia completamente la representación de lo que significa alcanzarla.
La maternidad continúa siendo el centro.
Pero la geometría alrededor de ese centro se ha invertido.
Es una especie de atractor espejo.
Lo que antes alejaba del daño —proteger— ahora puede conducir hacia él.
La defensa de Clancy sostiene precisamente que estaba inmersa en una psicosis con una voz que le ordenaba actuar; otros expertos cuestionaron esa interpretación y la fiscalía sostuvo que comprendía la naturaleza de sus actos.
4. El atractor puede secuestrar la agencia
Esto nos permite formular una hipótesis más radical.
Quizá en ciertos estados psicóticos la pregunta:
«¿Qué quiero hacer?»
queda sustituida por:
«¿Qué exige esta configuración de la realidad?»
La persona no experimentaría
Desde fuera vemos una secuencia:
decidió,
planificó,
actuó.
Hay un sujeto que parece encontrarse delante de varias posibilidades y escoger una de ellas.
Pero ¿y si, en determinados estados extremos de la mente, la experiencia subjetiva fuera completamente distinta?
La persona no experimentaría:
«Puedo hacer A, B o C y voy a elegir A».
Experimentaría:
«Esto es lo que tiene que ocurrir».
La diferencia es enorme.
En el primer caso existe un espacio de posibilidades.
En el segundo, ese espacio se ha cerrado.
La conducta puede seguir siendo compleja, organizada e incluso aparentemente racional. Pero la racionalidad estaría ocurriendo dentro de un mundo que ya ha sido decidido por la propia configuración psíquica.
No se elige el camino.
Se sigue una pendiente.
Podríamos llamarla atractor.
Un atractor es una región hacia la que tienden las trayectorias de un sistema. En la mente, determinadas configuraciones pueden adquirir una fuerza semejante: pensamientos, emociones, recuerdos y percepciones comienzan a converger una y otra vez hacia el mismo lugar.
Entonces la persona puede seguir calculando, hablando, planificando.
Pero cada cálculo ocurre dentro de un paisaje ya deformado.
La pregunta deja de ser:
«¿Por qué eligió esto?»
y pasa a ser:
«¿Qué mundo tenía que ser verdadero para que esto apareciera como la única trayectoria posible?»
Esta distinción es fundamental para comprender algunos fenómenos psicóticos.
No se trata simplemente de introducir una idea falsa en una mente normal.
Puede tratarse de una transformación mucho más profunda:
cambia el espacio de posibilidades.
Lo que para nosotros es una alternativa, para esa persona puede no existir.
Lo que para nosotros es absurdo, dentro de su configuración puede resultar inevitable.
Y entonces aparece una de las paradojas más inquietantes de la conciencia:
una persona puede actuar voluntariamente sin experimentar plenamente que está eligiendo.
Desde fuera: acción.
Desde dentro:necesidad.
Entre ambas existe un abismo.
Quizá la libertad no consista solamente en poder hacer cosas diferentes.
Quizá consista, antes que nada, en poder experimentar que existen diferentes trayectorias posibles.
Cuando ese espacio se contrae hasta convertirse en un único camino, la persona no necesariamente deja de actuar.
Puede seguir actuando con una precisión extraordinaria.
Lo que desaparece es otra cosa:
la experiencia de que podría haber sido de otro modo.
Y quizá ahí comienza una de las fronteras más difíciles de estudiar entre conciencia, enfermedad mental y responsabilidad.
No entre quien actúa y quien no actúa.
Sino entre quien elige una trayectoria y quien ha quedado atrapado en ella.
En conclusión: es sin ninguna duda una psicosis pero la psicosis no es lo que aprendimos en la Facultad.
Cuando termines el artículo:
Hay algunas cuestions que explorar y conocer en detalle, a mi juicio.
1. ¿Apareció algún tipo de conflicto inmanejable entre el plano laboral (enfermera cualificada en obstetricia) y su actuacion como madre? Especialmente despues del puerperio de su tercer hijo.
2. ¿La voz masculina es identificable con alguien de su entorno laboral, familiar o social?
3. ¿Porqué fallaron los tratamientos psiquiátricos previos? Es necesario conocer al detalle la historia clínica durante los ingresos.
4. ¿Hay algún antecedente de trauma severo en la infancia de esta enfermera?
Si, por desgracia lo único que se ha publicado es esa personalidad perfeccionista orientada hacia la maternidad casi en exclusiva.
Hace muchos años tuve ocasión de explorar y tratar un caso de psicosis puerperal. Además del estado de invalidez/ indefension de la madre que no sabía que hacer con el bebé que le importaba poco, llamaba mucho la atención la regresión infantil/ infantiloide de dicha madre.
Fue la abuela materna la que se hizo cargo de las dos, de la nieta recién nacida y de su propia hija.
El marido y padre de la niña era un hombre presente, pasivamente presente, que visitaba diariamente a su mujer en la clínica psiquiátrica. Parecía no saber tampoco mucho qué hacer con su hijita…
El tratamiento con neurolepticos, hipnóticos, el apoyo masivo de un comadrona del hospital por un lado y de la familia por otro, tuvieron un magnífico efecto terapéutico. Eso sí, en 6 a 8 semanas hasta que empezaron a verse claros signos de estabilidad emocional y ausencia de vivencias paranoides.
Es un cuadro que se recupera poco a poco pero de buen pronóstico por lo general.
Si, esa impresión tengo yo.
A mitad del artículo recordaba que a mi vehículo se le invirtieron los tiempos, porque el rotor interno del distribuidor giró en falso, y no puedo dejar de evocar la imagen de dos remolinos invertidos unidos por su nodo, girando en sentido contrario, siendo el yo del sujeto una de esas estructuras disipativas y el cuerpo la otra.
El problema no es que el atractor se hiciera más profundo, es que dejó de tener salida. El atractor como figura topológica funciona muy bien para graficar la patología, partiendo del yo como remolino, pero a partir de ahí una imagen más precisa haría falta para dibujar la topología del sujeto sano, y en ese sentido tiene más y mejor sentido (porque tiene ambos) un toroide que un pozo.
Un pozo tiene un solo fondo y todo cae hacia él. Un toroide es un flujo que vuelve sobre sí mismo, pero sigue abierto por ambos lados, sostenido por una tensión en su propio centro, no por una caída hacia un único punto, como sugiere el atractor.
https://neurociencianeurocultura.com/2026/02/18/lacan-majorana-y-el-bosco-54/