Del gen al atractor

Jablonka y los atractores: la evolución no copia, encuentra caminos

Hay una manera de leer a Eva Jablonka que me parece especialmente fértil: la evolución no es solamente selección de variantes; es también la creación de trayectorias que hacen que determinadas variantes sean cada vez más probables.

Jablonka cuestiona una imagen demasiado simple de la evolución: un organismo recibe mutaciones al azar y el medio selecciona las mejores. Su propuesta de una evolución en «cuatro dimensiones» incorpora, además de la herencia genética, la epigenética, la conducta y la transmisión simbólica. 

Esto cambia mucho las cosas.

Porque cuando aparece el aprendizaje, el organismo deja de ser únicamente objeto de selección.

Empieza a modificar su propia trayectoria.

Un animal aprende.

El aprendizaje modifica su conducta.

La conducta modifica el ambiente.

El ambiente modifica las presiones selectivas.

Y esas nuevas presiones favorecen organismos capaces de aprender todavía mejor.

Ya no tenemos una cadena lineal:

gen → organismo → selección.

Tenemos un bucle:

organismo → conducta → ambiente → herencia → organismo.

Y un bucle de este tipo puede generar un atractor.

Un atractor no es un destino escrito de antemano. Es una región del espacio de posibilidades hacia la que un sistema tiende a volver porque su propia dinámica hace más probables determinadas trayectorias.

Esto permite una lectura sorprendente de la evolución:

La evolución no solamente selecciona formas de vida; construye paisajes en los que algunas formas de vida resultan más fáciles de alcanzar que otras.

Aquí aparece la importancia de Jablonka.

La herencia epigenética, por ejemplo, introduce una memoria de estados celulares y de experiencias del desarrollo que puede influir en generaciones posteriores. 

La conducta hace algo todavía más interesante: el organismo puede modificar el paisaje que posteriormente lo seleccionará.

Y la cultura lleva esta propiedad a otro nivel.

Una lengua, una costumbre, una institución o una tecnología no se transmiten como una fotocopia. Son reconstruidas por cada individuo. Precisamente por eso algunas representaciones culturales tienden a reaparecer una y otra vez: existen atractores culturales, configuraciones hacia las que las transformaciones convergen. 

Una idea puede cambiar mil veces y, sin embargo, conservar algo que la hace reconocible.

Ese «algo» sería su cuenca de atracción.

Y entonces podemos imaginar la evolución como una sucesión de paisajes:

genes → células → organismos → cerebros → conductas → culturas → símbolos.

En cada nivel aparecen nuevos atractores.

Pero hay un momento especialmente extraño.

Cuando aparece un organismo capaz de representarse los atractores que gobiernan su propia conducta, puede intentar escapar de ellos.

El hambre es un atractor.

El miedo es un atractor.

El deseo sexual es un atractor.

La imitación social es un atractor.

La identidad es un atractor.

Una ideología puede ser un atractor.

Una cultura entera puede convertirse en un atractor.

Pero la conciencia introduce algo nuevo: podemos descubrir que estamos dentro de una cuenca de atracción.

Y entonces aparece la posibilidad de modificar deliberadamente nuestra trayectoria.

Esto conecta con la propuesta más reciente de Jablonka sobre la conciencia: cuando aparece la experiencia consciente surgiría también una nueva forma de selección, que ella denomina selección mental; los organismos pueden orientar su conducta hacia patrones percibidos y evaluados afectivamente. 

Es un paso enorme.

La evolución habría producido algo capaz de decir:

«Esto es lo que tiendo a hacer, pero no quiero hacerlo».

Y quizá ahí comienza algo que ya no es simplemente evolución biológica.

Es evolución de los atractores.

El ser humano no solamente ocupa un paisaje evolutivo.

Construye paisajes.

Construye ciudades, lenguajes, religiones, mercados, instituciones, tecnologías, algoritmos.

Y después esos paisajes comienzan a seleccionar al propio ser humano.

Por eso quizá la pregunta más interesante que podemos hacerle a Jablonka no sea:

«¿Cómo evoluciona un organismo?»

sino:

¿Cómo evoluciona un sistema cuando adquiere la capacidad de modificar los atractores que determinan su propia evolución?

Ahí la evolución deja de ser solamente adaptación.

Se convierte en auto-transformación.

Y quizá la conciencia sea precisamente eso:
la aparición, dentro de un proceso evolutivo, de un sistema capaz de percibir el paisaje de sus propios atractores y empezar a desplazarlos.

Bibliografía

  1. Jablonka, E. & Lamb, M. J. (2014). Evolution in Four Dimensions: Genetic, Epigenetic, Behavioral, and Symbolic Variation in the History of Life. MIT Press.
    Es la obra fundamental para entender la ampliación de la evolución hacia cuatro sistemas de herencia: genética, epigenética, conductual y simbólica. 
  2. Ginsburg, S. & Jablonka, E. (2019). The Evolution of the Sensitive Soul: Learning and the Origins of Consciousness. MIT Press.
    Fundamental para la conexión entre aprendizaje, conciencia y evolución. 
  3. Jablonka, E. & Ginsburg, S. (2025). “Consciousness: its goals, its functions and the emergence of a new category of selection.” Philosophical Transactions of the Royal Society B, 380(1939).
    Especialmente importante para nuestro argumento: Jablonka y Ginsburg proponen que la conciencia introduce una nueva modalidad de selección que denominan mental selection. 

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Conversación y debate

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  1. El Entramado y el Abismo: Una aproximación a la condición humana desde Rof Carballo y Luis Cencillo
    La antropología médica y filosófica española del siglo XX legó dos conceptos fundamentales para comprender la vulnerabilidad y la grandeza de nuestra especie: la urdimbre afectiva de Juan Rof Carballo y el desfondamiento creador de Luis Cencillo. Aunque originadas en campos que inicialmente podrían parecer distantes —la medicina psicosomática y el psicoanálisis antropológico—, ambas nociones convergen en una misma tesis radical: el ser humano es una criatura constitucionalmente incompleta. Lejos de ser una debilidad fatal, esta indigencia biológica original es la que nos empuja a la relación con el otro y a la autoconstrucción libre. El desfondamiento y la urdimbre no solo se complementan; el segundo es la respuesta existencial y orgánica indispensable para sobrevivir al primero.
    El punto de partida de este diálogo es la constatación de una carencia. Luis Cencillo, al definir el desfondamiento, nos presenta a un ser humano despojado de la seguridad que poseen el resto de los animales. El animal nace con un «fondo» programado: un abanico de instintos fijos y especializados que dictan de forma inequívoca cómo actuar ante el entorno para sobrevivir. El ser humano, en cambio, carece de esa programación automática. Nace desfondado, suspendido en una indeterminación biológica que le genera un equilibrio inestable y una apertura total al mundo. Este vacío biológico, que en la filosofía cencilliana es la condición misma que posibilita la libertad y la creatividad, se traduce en los primeros meses de vida en una invalidez extrema y en un desamparo absoluto.
    Es precisamente en este abismo del desfondamiento donde encaja de forma perfecta la urdimbre afectiva de Rof Carballo. Si el ser humano carece de un fondo biológico instintivo que lo sostenga, necesita imperativamente un entramado de relaciones que lo acoja. Para Rof Carballo, la urdimbre es ese tejido sutil pero resistente de transacciones primarias, miradas, contactos físicos y cuidados tiernos (el vínculo diatrófico) que la madre o los cuidadores tejen alrededor del recién nacido. Dado que el bebé no está programado por la naturaleza para sobrevivir por sí mismo, es este útero social y afectivo el que opera como su primer y verdadero «fondo». La urdimbre es, literalmente, el soporte que evita que el niño caiga al vacío del desfondamiento.
    La relación entre ambos conceptos se vuelve aún más profunda cuando se analiza desde una perspectiva psicobiológica y clínica. Rof Carballo demostró que la urdimbre afectiva no es un mero adorno sentimental, sino una necesidad arquitectónica para el cuerpo: a través del amor y la ternura de la madre, el sistema nervioso, endocrino e inmunitario del niño maduran correctamente. La urdimbre da cuerpo y estructura a la indeterminación del desfondamiento. Cuando este tejido primario se rasga o es defectuoso —por abandono, frialdad o trauma—, el ser humano queda desprotegido. El adulto experimentará entonces el desfondamiento ya no como una potencia creadora o una libertad abierta, sino como un abismo clínico: la angustia radical, el vacío existencial y, en última instancia, la enfermedad psicosomática. El cuerpo enferma porque la red afectiva que debía sostener su fragilidad biológica se ha roto.
    Sin embargo, cuando la urdimbre afectiva cumple su función y proporciona la seguridad y el orden necesarios, el desfondamiento humano revela su verdadera naturaleza: el desfondamiento creador. Al saberse sostenido por un tejido vincular firme, el ser humano pierde el miedo al abismo de su indeterminación y utiliza esa falta de programación biológica para desplegar su libertad. Es gracias a la seguridad de la urdimbre que el sujeto puede inventar su propia vida, interpretar el mundo, generar cultura, amar y dotar de sentido a su existencia. La urdimbre no encadena al individuo; al contrario, le proporciona la plataforma de lanzamiento necesaria para que pueda asumir su desfondamiento con valentía y creatividad.
    En conclusión, los pensamientos de Rof Carballo y Luis Cencillo se integran en una visión profundamente humanista y compasiva de la condición humana. El desfondamiento cencilliano nos recuerda nuestra irrenunciable libertad y la intemperie biológica que compartimos. La urdimbre de Rof Carballo nos advierte que esa libertad solo puede florecer si estamos arraigados en el amor y el cuidado del otro. Somos, a la vez, abismo y tejido: criaturas desfondadas por la naturaleza, pero amorosamente urdidas por la cultura y el afecto.

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