Si dos personas del mismo sexo parten, en promedio, de una cierta familiaridad corporal, experiencial y social, la heterosexualidad introduce una dificultad adicional: el objeto amoroso pertenece a un mundo que no puede ser completamente traducido al propio.
El otro sexo es simultáneamente:
- familiar y extraño;
- deseable e incomprensible;
- íntimo e inaccesible;
- semejante y radicalmente diferente.
Y aquí puede estar el embrión de muchas disfunciones.
No porque exista una “patología heterosexual”, sino porque el amor heterosexual obliga a negociar permanentemente una diferencia que nunca termina de resolverse.
El enamoramiento podría entenderse entonces como una especie de psicosis transitoria de traducción: proyectamos sobre el otro una inteligibilidad que todavía no tenemos.
De ahí surgirían varios mecanismos.
1. Idealización
«Si me quiere, me comprende.»
Pero quizá precisamente no puede comprenderme del todo.
El enamorado convierte esa imposibilidad en una ficción de transparencia. El otro deja de ser un territorio extranjero y se convierte en “mi persona”.
Hasta que aparece la diferencia.
2. Celos
Los celos podrían ser interpretados como una reacción ante la imposibilidad de poseer completamente la ontología del otro.
No basta con que el otro esté conmigo. Quiero además ser el único que tenga acceso a su mundo interior.
Pero ningún vínculo concede ese privilegio.
3. Malentendido
Una enorme cantidad de conflictos conyugales podría proceder de aquí:
«Si me quisieras, sabrías lo que necesito.»
Es una exigencia imposible de cumplir.
Se pretende que el otro abandone su posición ontológica y acceda espontáneamente a la nuestra.
Cuando no lo hace, interpretamos la diferencia como falta de amor.
4. La conversión del otro en síntoma
Aquí aparece algo particularmente interesante para la psicopatología.
Cuando no podemos traducir al otro, podemos intentar diagnosticarlo.
“Es frío.”
“Es histérica.”
“Es narcisista.”
“Es controlador.”
“Es evitativo.”
“Es tóxica.”
El diagnóstico psicológico puede convertirse entonces en una tecnología doméstica para transformar una diferencia incomprensible en una explicación manejable.
5. El resentimiento
Y finalmente aparece una operación todavía más peligrosa:
«No es que tú seas diferente. Es que estás mal.»
La diferencia ontológica se convierte entonces en defecto moral.
Él no siente como yo → es insensible.
Ella no desea como yo → está manipulándome.
Él necesita espacio → no me quiere.
Ella necesita hablar → quiere controlarme.
La brecha deja de ser una condición de la relación y se convierte en una acusación.
Y aquí aparece la psicopatología
Podríamos imaginar una especie de gradiente de traducción:
diferencia → incomprensión → incertidumbre → ansiedad → interpretación → conflicto → síntoma.
En algunos individuos, la capacidad de tolerar la alteridad permite que la relación sobreviva.
En otros, la incertidumbre resulta intolerable y aparece la necesidad de cerrar rápidamente la brecha mediante control, celos, dependencia, idealización, evitación o paranoia.
La pareja se convierte así en un laboratorio psicopatológico de la alteridad.
Y esto permitiría reformular una vieja pregunta de la psiquiatría:
¿Cuántos síntomas que atribuimos exclusivamente al individuo son en realidad intentos fallidos de resolver una relación con un otro que no puede ser completamente traducido?
Ahí la heterosexualidad adquiere una dimensión paradójica.
Es precisamente porque puede ser extraordinariamente fecunda —biológica, afectiva, familiar y culturalmente— por lo que constituye también una de las formas más intensas de encuentro con la diferencia.
La pareja heterosexual sería, en este sentido, una pequeña máquina de producir problemas ontológicos.
Y quizá por eso necesitamos mediadores: amigos, amantes, artistas, homosexuales, escritores, terapeutas, humoristas, rituales, lenguaje…
No para eliminar la brecha.
Para hacerla habitable
La heterosexualidad como atractor
Podemos pensar la heterosexualidad de una manera poco habitual: no solamente como una orientación sexual, sino como un atractor.
Un atractor es una configuración hacia la que un sistema tiende a evolucionar cuando determinadas condiciones se mantienen.
En nuestra especie existe una enorme fuerza de atracción hacia la pareja heterosexual: deseo sexual, reproducción, parentesco, reconocimiento social, complementariedad de roles, intimidad, formación de familia.
No significa que todos los individuos tengan que caer en ese atractor.
Significa que existe una cuenca de atracción.
Y aquí aparece lo interesante.
¿Qué ocurre con quienes, por diferentes razones, no quieren o no pueden permanecer dentro de ella?
El sistema desarrolla estrategias de escape.
Unas son sexuales: desplazar el deseo hacia personas del mismo sexo.
Otras son afectivas: privilegiar amistades, comunidades o formas de intimidad que no desembocan en la pareja heterosexual.
Otras son intelectuales: sublimar el deseo hacia el conocimiento, la creación o la contemplación.
Otras son defensivas: evitar sistemáticamente el enamoramiento, mantener relaciones sin compromiso, convertir el vínculo en una negociación racional o refugiarse en una autonomía extrema.
Y otras pueden ser francamente patológicas: construir una arquitectura psíquica destinada a impedir la entrada en la cuenca de atracción.
Aquí aparece una cuestión fascinante.
Quizá determinados síntomas no sean simplemente fallos del sistema, sino mecanismos de estabilización.
La evitación podría impedir el vínculo.
La promiscuidad podría impedir el apego.
La idealización podría mantener al otro a una distancia segura.
La desvalorización podría destruir rápidamente aquello que empieza a atraer.
El narcisismo podría convertir la autosuficiencia en refugio.
La fobia al compromiso podría funcionar como una barrera de contención.
En términos dinámicos, el individuo no estaría simplemente “enfermo”.
Estaría tratando de no caer en un atractor.
Pero existe una paradoja.
Cuanto más energía se emplea en evitar algo, más información revela el sistema sobre aquello que está evitando.
El evitador organiza su vida alrededor del vínculo que pretende no tener.
Y entonces aparece una pregunta mucho más interesante que “¿por qué esta persona no quiere pareja?”:
¿Qué atractor está intentando evitar y qué precio paga por mantenerse fuera de él?
Porque escapar de un atractor no significa necesariamente alcanzar la libertad.
A veces significa quedar atrapado en otro.
La soledad puede convertirse en atractor.
La autosuficiencia puede convertirse en atractor.
La repetición de relaciones imposibles puede convertirse en atractor.
Incluso el conflicto puede convertirse en atractor.
De modo que quizá la psicopatología relacional pueda contemplarse como una dinámica de atractores y repulsores.
El sujeto se acerca, se aleja, vuelve a acercarse, destruye el vínculo, busca otro y repite.
No porque no sepa lo que quiere.
Sino porque su sistema dinámico contiene simultáneamente fuerzas de atracción y evitación.
La cuestión clínica entonces no sería simplemente:
«¿Por qué no quieres una relación?»
Sino:
«¿Qué configuración estás intentando evitar cuando una relación empieza a atraerte?»
Y quizá ahí encontremos algo profundamente humano:
No siempre elegimos aquello hacia lo que vamos.
A veces nuestra libertad consiste simplemente en intentar escapar de aquello hacia lo que, por nuestra propia dinámica, tendemos a caer.
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