¿Existe realmente una brecha ontológica entre hombres y mujeres?
La respuesta depende de qué entendamos por “ontológica”. Si la expresión sugiere que hombres y mujeres pertenecen a dos tipos de ser completamente separados, la respuesta es no: comparten una humanidad común y no forman dos especies ni dos naturalezas cerradas. Si, en cambio, se refiere a las distintas maneras en que las personas pueden habitar sus cuerpos, interpretar el mundo y relacionarse con los demás, la cuestión requiere más matices.
Conviene distinguir al menos tres planos.
En primer lugar, existen diferencias corporales relacionadas con la anatomía, la reproducción, las hormonas y otros aspectos de la sexualidad. Estas diferencias pueden influir en la experiencia, pero no determinan por sí solas una forma única de pensar, sentir o vivir. Además, presentan variaciones individuales y no se distribuyen de manera absolutamente uniforme.
En segundo lugar, están las experiencias sociales. Las expectativas de género, la educación, la división del trabajo, la exposición a la violencia, las normas de apariencia y las formas de reconocimiento o discriminación pueden hacer que personas situadas en categorías sexuales o de género distintas recorran trayectorias diferentes. Estas experiencias no proceden únicamente del cuerpo: también dependen de la cultura, la época, la clase social, la orientación sexual, la identidad de género y otros factores.
En tercer lugar, encontramos las categorías ontológicas, es decir, las ideas mediante las cuales una sociedad interpreta qué significa ser hombre, mujer u otra cosa. Estas categorías no son simples reflejos de la biología. Se construyen históricamente, cambian entre culturas y pueden ser discutidas, ampliadas o transformadas.
Por eso no resulta adecuado hablar de una separación esencial y rígida entre “el mundo de los hombres” y “el mundo de las mujeres”. Ningún hombre experimenta exactamente el mundo desde el cuerpo y la trayectoria social de una mujer, del mismo modo que ninguna mujer lo experimenta desde los de un hombre. Pero tampoco existe una experiencia masculina o femenina única. Las diferencias son reales en algunos planos, variables en otros y siempre están atravesadas por la singularidad de cada persona.
Puede quedar, por tanto, una zona de opacidad: no una frontera absoluta entre dos mundos, sino el límite inevitable de la experiencia ajena.
Esa distancia no implica incomunicación. Al contrario, cuando las experiencias no coinciden por completo aparece la necesidad de traducir.
Y ahí surgen los mediadores.
El erotismo es un mediador.
El amor es un mediador.
La literatura es un mediador.
La música es un mediador.
El humor es un mediador.
La moda es un mediador.
Todos ellos permiten que una experiencia situada en un cuerpo, una historia o un código social pueda ser percibida y reinterpretada desde otros lugares.
Quizá por eso determinadas figuras culturales han ocupado posiciones de frontera entre códigos asociados a lo masculino y a lo femenino: el modisto, el artista, el poeta, el estilista o el confidente. En algunas sociedades, también ciertos hombres homosexuales han circulado entre espacios y lenguajes de género diversos, aunque esa observación debe entenderse como un fenómeno histórico y cultural, no como una función natural ni como una característica universal de las personas homosexuales.
No significa que los homosexuales “existan para” cumplir esa función. Esa afirmación convertiría una observación parcial en una finalidad biológica injustificada.
Sí podemos preguntarnos, en cambio, cómo algunas sociedades han situado a determinadas personas en posiciones de mediación entre códigos sociales distintos. Pero esos papeles no pertenecen esencialmente a ningún grupo: son asignados, negociados y, a veces, impuestos por contextos concretos.
El mediador no elimina la diferencia entre los sistemas. La vuelve comunicable.
Eso es precisamente lo interesante.
Quizá la relación entre hombres y mujeres no consista en superar definitivamente toda diferencia, ni en aceptar una división rígida, sino en reconocer la diversidad de los cuerpos y de las experiencias mientras se construyen formas de comprensión compartida.
Porque si no hubiera ninguna diferencia, no habría nada que traducir.
Y si la diferencia fuera absoluta, ninguna traducción sería posible.
La cultura nace muchas veces en ese espacio intermedio: allí donde las experiencias no son idénticas, pero todavía pueden encontrarse, interpretarse y transformarse mutuamente.
Catalizadores, mediadores y transductores
Yo distinguiría así:
- Intermediario: transporta algo de A a B.
- Mediador: reduce la distancia o el conflicto entre A y B.
- Traductor: consigue que A pueda ser comprendido por B.
- Conector: establece una relación que antes no existía.
- Catalizador: modifica las condiciones del sistema para que A y B, al encontrarse, produzcan C.
- Integrador: incorpora A y B dentro de una estructura de orden superior en la que dejan de ser simplemente opuestos.
Y aquí aparece algo interesante respecto a tu idea de la brecha ontológica. El mediador vive en el puente; el catalizador puede vivir en la frontera entre mundos. No pertenece completamente a ninguno y precisamente por eso puede traducirlos.
Por eso el catalizador no necesita tener un gran poder. De hecho, en tu texto se insiste en que puede carecer de seguidores, objetivos explícitos o reconocimiento social. Su poder consiste en hacer que otros puedan hacer algo que antes no podían hacer.
Hay además una formulación que me parece especialmente fértil:
El mediador une diferencias; el catalizador convierte las diferencias en diferencias productivas.
Esto permite introducir una distinción todavía más profunda: no toda mediación es catalítica. Hay mediaciones que simplemente pacifican, neutralizan o mantienen el equilibrio. El catalizador, en cambio, desestabiliza creativamente el sistema y lo lleva hacia otro nivel de organización.
Y eso encaja muy bien con la idea reciente que publiqué en mi anterior post sobre la idea de los homosexuales como puentes entre ontologías masculina y femenina: ahí no hablaríamos simplemente de mediación social, sino de una función catalítica. No serían necesariamente “el puente” porque representen a ambos sexos, sino porque ciertas figuras homosexuales han ocupado históricamente espacios de traducción entre códigos masculinos y femeninos, produciendo configuraciones culturales nuevas.
La clave sería entonces:
Mediador = puente. Catalizador = puente que cambia aquello que circula por él. Integrador = quien transforma dos mundos en un tercero.
Y quizá haya un cuarto término todavía más interesante para tu teoría: el transductor. El transductor no se limita a transmitir información: convierte una forma de energía, lenguaje o significado en otra cosa. Esa figura podría servirnos para describir con mucha precisión esos personajes que aparecen en las fronteras entre sistemas humanos diferentes.
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