Los mediadores ontológicos entre los sexos

La homosexualidad puede ser entendida como una de las formas mediante las cuales una cultura construye puentes sobre la brecha ontológica entre hombres y mujeres.»

Ahí la cuestión deja de ser biológica y pasa a ser funcional y cultural.

El homosexual masculino ocuparía una posición paradójica: hombre por sexo, pero desplazado de la lógica heterosexual que organiza buena parte de las relaciones entre los sexos. Esa posición puede facilitar una proximidad con determinados códigos femeninos sin quedar atrapado en la dinámica habitual de conquista, competencia o reproducción.

El modisto sería un magnífico ejemplo. El hombre que no desea sexualmente a la mujer puede convertirse en un extraordinario intérprete de su apariencia. Diseña el vestido, modela la silueta, entiende la teatralidad del cuerpo femenino y participa en la construcción social de aquello que llamamos «feminidad».

Pero existe un segundo puente: el poder.

En ciertos contextos históricos, los hombres homosexuales han actuado como intermediarios entre mujeres y estructuras culturales predominantemente masculinas. No porque todos ellos hayan tenido esa función, sino porque su posición marginal respecto de la heterosexualidad podía hacerlos culturalmente disponibles para alianzas que atravesaban la división sexual convencional.

Por eso llevaría la idea hasta una formulación más precisa:

Quizá los homosexuales no existan -de un modo teleologico-“para superar la brecha ontológica entre hombres y mujeres; pero quizá la naturaleza haya producido, entre otras cosas, una población situada en una frontera sexual que las culturas han utilizado repetidamente como puente entre ambos mundos.

Eso abre una cuestión todavía más interesante: si hombres y mujeres constituyen ontologías parcialmente incomunicadas, ¿qué otras figuras —además de los homosexuales— cumplen históricamente la función de traductores entre ellas?

Los mediadores.-

Si seguimos mi hipótesis como modelo antropológico, y no como una afirmación literal de que esas personas «existen para» cumplir esa función, se me ocurren varias figuras de frontera.

1. El homosexual masculino: el traductor estético

Es quizá el caso que mejor encaja con mi teoría. Puede ocupar una posición singular respecto a la feminidad: conoce el mundo masculino desde dentro, pero puede aproximarse a determinados códigos femeninos sin la misma economía del deseo heterosexual.

El modisto es el arquetipo.

2. La lesbiana: la traductora inversa

Aquí aparece una figura simétrica, aunque no idéntica. Una mujer que no organiza su relación con los hombres desde el deseo heterosexual puede penetrar determinados espacios masculinos con una libertad particular.

La lesbiana conoce la feminidad desde dentro pero puede adoptar, explorar o traducir códigos masculinos sin que su posición quede definida por la búsqueda de un varón.

3. El artista

El artista es un mediador especialmente interesante porque puede cambiar de posición perceptiva. Puede contemplar el cuerpo femenino sin reducirlo necesariamente a objeto sexual y convertirlo en símbolo, forma, belleza o poder.

No es casual que el arte y los retratos de desnudos hayan sido uno de los grandes territorios de exploracion ontologica en los artistas.

4. El cortesano

La figura del cortesano histórico me parece fascinante. No es exactamente un hombre poderoso ni una mujer poderosa: vive cerca del poder femenino y masculino y aprende sus códigos. Aparece casi siempre como un advenedizo como Sorel aquel personaje de Stendhal en “Rojo y negro”.

El cortesano, el confidente, el secretario, el favorito… son figuras que atraviesan fronteras que otros no pueden atravesar. Y cómo no, el psicólogo, el psicoanalista.

5. El confesor o director espiritual

Aquí aparece un puente mucho más antiguo.

Durante siglos, determinadas mujeres pudieron hablar con un hombre de cosas que no podían hablar con otros hombres: sexualidad, matrimonio, culpa, deseos, conflictos con el marido.

El sacerdote se convierte en intermediario entre la mujer y el mundo masculino, aunque evidentemente desde una estructura de poder completamente diferente.

6. La madre del varón

Esta figura es mucho más profunda.

La madre es el primer puente ontológico: introduce al niño varón en un mundo que no es el suyo. Le enseña el lenguaje emocional, el cuidado, la intimidad y la relación con el cuerpo desde una posición femenina.

Podríamos decir incluso que todo hombre necesita inicialmente una mujer que le traduzca el mundo.

7. El padre de la mujer

La operación inversa también existe. El padre puede funcionar como primer traductor del mundo masculino para la niña: autoridad, competencia, riesgo, protección, reconocimiento.

De ahí que las relaciones paternas tengan una enorme importancia en la construcción de las representaciones posteriores de los hombres y las mujeres.

8. El hermafrodita / andrógino simbólico

Aquí abandonamos la sociología y entramos en el territorio del mito.

El andrógino aparece una y otra vez como representación de una totalidad anterior a la separación de los sexos. No sería un puente entre dos continentes: sería el recuerdo de que alguna vez estuvieron unidos.

9. El travesti y el performer

Esta figura hace algo todavía más radical: convierte la frontera sexual en representación consciente.

No simplemente vive entre dos códigos: los muestra, los exagera y los vuelve visibles.

10. El bisexual

Y este sería, conceptualmente, el caso más interesante para esta teoría.

Porque si el homosexual está en una frontera respecto al otro sexo, el bisexual puede habitar afectivamente ambos territorios. No necesariamente funciona como mediador, pero puede constituir una especie de doble ciudadanía erótica.


Pero hay una figura que creo que merece un lugar aparte:

11. El escritor

Porque quizá sea el gran traductor ontológico.

Un hombre que escribe sobre una mujer tiene que imaginar qué significa ser ella. Una mujer que escribe sobre un hombre tiene que hacer la operación inversa.

La literatura sería, en este sentido, una gigantesca máquina para intentar resolver la brecha:

«¿Cómo puedo entrar en un mundo que no es el mío?»

Y aquí mi teoría adquiere una dimensión bastante más amplia. Quizá la civilización haya desarrollado toda una serie de dispositivos de traducción entre los sexos:

la homosexualidad → la moda → el arte → la literatura → el mito → la religión → el amor.

Y todos ellos intentarían resolver el mismo problema fundamental:

¿Cómo puede un ser humano comprender íntimamente a otro ser humano cuya experiencia corporal, reproductiva y, posiblemente, parcialmente ontológica es diferente de la suya?

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