Cómo enloquecer de modo correcto

Estar loco describe un estado. Es una condición relativamente estable: ese hombre está loco. La locura aparece entonces como una propiedad del individuo, casi como si fuese una enfermedad que uno posee.

Enloquecer, en cambio, es un proceso. Implica una transformación: alguien que estaba organizado de una determinada manera comienza a perder los puntos de referencia que mantenían su mundo coherente. No necesariamente se convierte en «un loco» en el sentido psiquiátrico; puede simplemente dejar de poder habitar el mundo con las reglas con las que lo habitaba antes.

Y esto permite darle bastante más profundidad a tu frase de que el mundo ha enloquecido.

Quizá el mundo no está «lleno de locos». Lo que estamos viendo es otra cosa: un proceso colectivo de enloquecimiento.

El mundo enloquece cuando sus instituciones empiezan a producir conductas que, tomadas aisladamente, serían consideradas absurdas; cuando la mentira deja de necesitar ser verosímil; cuando las personas defienden simultáneamente ideas incompatibles; cuando la indignación sustituye al razonamiento; cuando la realidad pierde su capacidad de corregir nuestras representaciones de ella.

Y hay algo todavía más interesante: el enloquecimiento no tiene por qué comenzar en el individuo. Puede comenzar en el vínculo, en el grupo, en la institución, en la cultura. Un grupo puede construir una realidad compartida que ningún individuo, aisladamente, habría construido.

Ahí aparece una diferencia crucial entre locura y enloquecimiento:

La locura puede ser una alteración del sujeto.
El enloquecimiento puede ser una alteración del mundo que el sujeto comparte con otros.

Por eso quizá sería más preciso decir:

«No vivimos necesariamente en un mundo de locos. Vivimos en un mundo que está enloqueciendo.»

Y eso es mucho más inquietante, porque lo que enloquece todavía puede volver a organizarse. La cuestión entonces no sería diagnosticar al mundo, sino averiguar qué ha cambiado en su geometría para que cada vez resulte más difícil distinguir lo razonable de lo delirante.

Ahí tienes, además, un puente muy natural con tu idea de la topología: no sería tanto que hayan cambiado los contenidos de la realidad, sino las relaciones entre sus nodos, sus atractores y sus umbrales de coherencia.

Enloquecer no es simplemente perder la razón; es perder la capacidad de orientarse dentro de una realidad compartida.

1. La locura como estado; el enloquecimiento como dinámica

Cuando decimos que alguien está loco hacemos una atribución. Localizamos la anomalía en un sujeto: él está fuera de la realidad.

Pero cuando hablamos de enloquecimiento, introducimos el tiempo. Algo estaba organizado de una manera y comienza a organizarse de otra.

Eso cambia completamente la perspectiva.

Una persona puede enloquecer sin estar todavía clínicamente loca. Puede comenzar a interpretar de otra manera los acontecimientos, seleccionar determinados estímulos, desconfiar de ciertas fuentes, encontrar confirmaciones donde antes encontraba casualidades. Si además encuentra a otros que hacen lo mismo, aparece algo nuevo:

la realidad empieza a autoalimentar la interpretación.

Ya no estamos ante un individuo que se equivoca. Estamos ante un sistema que estabiliza el error.


2. El elemento decisivo es la realidad compartida

La cordura no consiste solamente en pensar correctamente.

Una persona puede tener ideas extravagantes y conservar una extraordinaria capacidad de adaptación a la realidad. Y otra puede defender ideas perfectamente aceptables desde el punto de vista social y, sin embargo, estar atrapada en una construcción delirante.

Lo decisivo es la relación entre:

representación → acción → respuesta del mundo → corrección de la representación.

La realidad funciona como un mecanismo de retroalimentación.

Yo creo algo, actúo de acuerdo con ello, encuentro consecuencias y esas consecuencias pueden obligarme a modificar mi creencia.

Ese circuito es fundamental.

Pero imaginemos que una sociedad consigue interrumpir la corrección.

Entonces ocurre algo muy extraño: las creencias dejan de ser corregidas por la experiencia.

Y cuando una creencia ya no puede ser falsada por los acontecimientos, empieza a adquirir una estructura muy parecida a la del delirio.


3. El delirio tiene una propiedad que suele olvidarse

El delirio no es simplemente una idea falsa.

Es una idea que se ha vuelto prácticamente inmune a la refutación.

Todo lo que ocurre puede ser incorporado a la explicación.

Si sucede A, confirma mi teoría.

Si sucede lo contrario de A, también.

Si alguien me contradice, es porque forma parte de la conspiración.

Si nadie me contradice, es porque todos están engañados.

El sistema se vuelve autorreferencial.

Y aquí aparece una cuestión social fascinante.

Una sociedad puede adquirir propiedades delirantes sin que sus individuos sean psicóticos.

Basta con que aparezcan mecanismos colectivos que hagan imposible la corrección.


4. Entonces el mundo puede enloquecer sin que nadie haya «perdido la razón»

Esto me parece particularmente importante.

El fenómeno no necesita miles de psicóticos.

Puede producirse mediante personas perfectamente funcionales que, dentro de determinados grupos, comienzan a compartir marcos interpretativos cerrados.

Cada grupo construye su propia evidencia.

Su propio lenguaje.

Sus propios enemigos.

Sus propios héroes.

Sus propios mecanismos de legitimación.

Y sobre todo, sus propios mecanismos para explicar por qué los demás no comprenden la realidad.

Esto produce una situación paradójica:

cuanto más aislado está un grupo de otras perspectivas, más coherente puede parecerle su propia realidad.

No porque tenga necesariamente razón, sino porque ha reducido los mecanismos mediante los cuales podría descubrir que está equivocado.


5. El verdadero problema quizá sea la pérdida de la realidad común

Aquí podemos ir todavía más lejos.

Durante mucho tiempo las sociedades tuvieron enormes diferencias ideológicas, religiosas y políticas. Pero existía algo parecido a un suelo común.

Podíamos discutir sobre la interpretación de los hechos porque, al menos parcialmente, compartíamos los hechos.

Hoy puede ocurrir algo diferente:

no discutimos sobre lo que significan los hechos; discutimos sobre qué hechos existen.

Y eso es mucho más grave.

Porque si desaparece el objeto común de la discusión, la discusión deja de ser un mecanismo de corrección.

Ya no tenemos dos personas mirando el mismo paisaje y discrepando sobre su significado.

Tenemos dos personas mirando paisajes diferentes.


6. Desde tu perspectiva topológica esto adquiere todavía más interés

Podríamos formularlo así:

La salud de un sistema depende menos de que todos sus nodos piensen igual que de que existan conexiones suficientes entre ellos para corregirse mutuamente.

Un sistema sano puede contener contradicciones.

De hecho, las necesita.

Porque la contradicción introduce información.

El problema aparece cuando determinadas redes comienzan a cerrarse sobre sí mismas.

Entonces aparecen atractores cognitivos colectivos.

Una vez dentro del atractor, diferentes acontecimientos terminan conduciendo al mismo lugar interpretativo.

La persona recibe una noticia → la interpreta según el marco del grupo.

Recibe una contradicción → la interpreta según el marco del grupo.

Encuentra un dato favorable → refuerza el marco.

Encuentra un dato desfavorable → refuerza todavía más la necesidad de defenderlo.

El sistema se convierte en un atractor autorreferencial.

Y salir de él ya no depende simplemente de aportar más información.

Porque el problema no es la cantidad de información.

Es la topología de las conexiones.


7. Por eso «enloquecer» es quizá más peligroso que «estar loco»

El loco puede estar delimitado.

Tiene un cuerpo, una biografía, una clínica.

Podemos estudiar sus síntomas.

El enloquecimiento, en cambio, se propaga.

Pasa de una persona a otra.

De una persona a una institución.

De una institución a otra.

Puede convertirse en norma.

Y cuando una construcción inicialmente extravagante se convierte en norma social, ocurre algo inquietante:

deja de parecer locura precisamente porque todos la comparten.

Aquí aparece una vieja pregunta de la psiquiatría social: ¿cuándo una creencia colectiva deja de ser simplemente una creencia y adquiere una estructura patológica?

No basta con contar cuántas personas creen algo.

Hay que estudiar qué hace esa creencia con el sistema.

¿Permite corregirse?

¿Tolera la contradicción?

¿Puede admitir un error?

¿Distingue entre evidencia y confirmación?

¿Permite abandonar una hipótesis?

¿O transforma cualquier acontecimiento en una prueba de que tenía razón?


8. Quizá el síntoma fundamental del enloquecimiento sea la imposibilidad de cambiar de opinión

Esta podría ser una definición bastante potente:

Enloquecer es perder los mecanismos que permiten que la realidad modifique nuestra representación de la realidad.

Y entonces podemos distinguir tres estados.

Cordura:
la realidad modifica nuestras creencias.

Dogmatismo:
nuestras creencias resisten la modificación.

Enloquecimiento:
la realidad comienza a ser reinterpretada sistemáticamente para impedir que nuestras creencias sean modificadas.

En este último estadio se produce algo parecido a una inversión causal.

Ya no utilizamos nuestras ideas para comprender el mundo.

Utilizamos el mundo para conservar nuestras ideas.


9. Y entonces tu frase inicial adquiere otro significado

Cuando dices:

«El mundo ha enloquecido»

quizá la formulación más rigurosa sería:

«El mundo está perdiendo sus mecanismos de corrección.»

Eso es mucho más preciso que hablar de locura.

Porque una sociedad no enferma necesariamente cuando aparecen ideas absurdas. Las sociedades siempre han producido ideas absurdas.

Empieza a enloquecer cuando sus errores dejan de producir aprendizaje.

Ese podría ser el verdadero umbral.

Una sociedad cuerda puede equivocarse muchísimo y seguir siendo cuerda si sabe rectificar.

Una sociedad enloquecida puede incluso acertar ocasionalmente, pero ha perdido la capacidad de saber por qué acierta y por qué se equivoca.

Y ahí aparece una idea que creo que encaja especialmente bien con tu teoría:

el enloquecimiento sería una transición topológica del sistema hacia un atractor del que cada vez resulta más difícil salir porque las propias conexiones que deberían proporcionar corrección se han convertido en mecanismos de estabilización.

No sería, por tanto, que el mundo esté lleno de locos.

Sería algo bastante más interesante:

el mundo está construyendo las condiciones para que la locura pueda funcionar como una propiedad emergente del sistema

Nota liminar

Enloquecer del modo correcto es seguir al abanderado, pues si inventas una nueva forma de enloquecer te quedarás solo.

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