Podríamos representar la vida como una red de caminos.
Cada encuentro abre una bifurcación.
Una persona nos conduce hacia determinados lugares, otras personas, otras decisiones. Algunas conexiones se consolidan y terminan formando parte de nuestra estructura estable.
Pero otras carreteras se cortan.
A veces porque nosotros decidimos no seguirlas.
A veces porque el otro desaparece.
A veces porque ninguno de los dos hizo nada.
Y esta última posibilidad es quizá la más inquietante.
Hay relaciones que no terminaron.
Simplemente no empezaron.
Son las carreteras que nunca sabremos adónde conducían.
El catálogo de los olvidados sería entonces un inventario de todas esas bifurcaciones abandonadas.
No solamente de quienes perdimos, sino también de quienes no llegamos a encontrar del todo.
El olvido no es simétrico
Podemos olvidar a una persona y, sin embargo, conservar algo de ella.
No necesariamente un recuerdo explícito.
Puede quedar una preferencia.
Una forma de mirar.
Una frase que repetimos sin saber de dónde procede.
Una atracción inexplicable hacia determinado tipo de persona.
Una ciudad que nos resulta extrañamente familiar.
Incluso una sensación corporal ante alguien que acabamos de conocer.
La memoria autobiográfica puede haber borrado el nodo, pero la red conserva alguna de sus conexiones.
Por eso hay encuentros que producen una sensación peculiar: a esta persona ya la conozco.
No necesariamente estamos ante un déjà vu en sentido estricto.
Puede tratarse de una reconstrucción topológica.
El cerebro no recupera necesariamente el episodio original; recupera una configuración parecida.
Un rostro ocupa una posición semejante.
Una voz activa una determinada trayectoria.
Una situación reproduce una geometría afectiva antigua.
Y entonces aparece la sensación de haber estado allí antes.
No recordamos a la persona.
Reconocemos el lugar que ocupa.
El catálogo tiene también falsos positivos
Pero aquí aparece una dificultad.
No todo lo que creemos recordar pertenece realmente a nuestra historia.
La memoria reconstruye.
Rellena huecos.
Inventa continuidad donde solamente hubo fragmentos.
Por eso el catálogo de los olvidados no debería ser un registro histórico de personas, sino un mapa de posibilidades.
Lo importante no es demostrar que aquella persona fue decisiva.
Lo importante es observar qué lugar ocupa ahora en nuestra representación del pasado.
Quizá alguien con quien solamente hablamos tres veces aparece retrospectivamente como una figura fundamental.
Mientras que otra persona con la que compartimos diez años puede desaparecer casi por completo.
Esto revela algo importante:
la importancia biográfica de un acontecimiento no coincide necesariamente con su duración.
Una persona puede estar seis meses en nuestra vida y permanecer cuarenta años en nuestra geometría.
Los muertos no son los únicos ausentes
Hay, además, una categoría todavía más extraña.
Las personas que siguen vivas.
Aquellas con las que podríamos volver a encontrarnos, pero probablemente nunca lo haremos.
No están muertas.
No están presentes.
Son ausencias potenciales.
Quizá viven en otra ciudad.
Quizá han cambiado completamente.
Quizá nosotros hemos cambiado.
Quizá si nos encontráramos hoy ni siquiera nos reconoceríamos.
Pero el nodo sigue inscrito en algún lugar de nuestra red.
Es una especie de presencia virtual.
Y quizá por eso algunas personas regresan en sueños.
No regresan necesariamente como eran.
Regresan como configuraciones.
A veces ni siquiera tienen su rostro.
Son otra persona que ocupa su posición.
El sueño parece decirnos:
el individuo ha desaparecido; la estructura permanece.
El catálogo de los olvidados
Podríamos hacer una clasificación.
Los casi-amantes.
Aquellos en los que hubo algo que pudo haber comenzado y no comenzó.
Los amigos potenciales.
Personas con las que existió una afinidad que nunca encontró continuidad.
Los desconocidos significativos.
Alguien que encontramos una sola vez y que, inexplicablemente, dejó una huella.
Los desvíos.
Personas que aparecieron para conducirnos hacia otra persona o hacia otra decisión.
Los señuelos.
Aquellos que parecían ser el destino pero solamente constituían una etapa intermedia.
Los dobles.
Personas posteriores que reactivan la configuración afectiva de alguien anterior.
Los desaparecidos.
Personas que se fueron sin una explicación suficiente.
Los imposibles.
Aquellos con quienes la conexión existió, pero las circunstancias hicieron inviable cualquier continuidad.
Los olvidados por nosotros.
Quizá la categoría más incómoda: personas que estuvieron ahí y a las que nosotros dejamos atrás sin comprender todavía qué significaron.
Una teoría de la vida no vivida
El catálogo plantea una cuestión más profunda.
¿Somos solamente aquello que hemos vivido?
Probablemente no.
También somos, en cierta medida, aquello que no llegamos a vivir.
La identidad no se construye únicamente mediante acontecimientos realizados. Se construye también mediante posibilidades descartadas.
Cada decisión elimina futuros.
Cada relación que elegimos modifica las relaciones que ya no tendremos.
Cada persona que abandonamos reorganiza el espacio de las personas que podremos encontrar después.
La vida es, por tanto, una sucesión de transiciones de fase.
En cada una de ellas algunas conexiones se estabilizan y otras quedan fuera del nuevo estado.
Pero quedar fuera no significa necesariamente desaparecer.
Algunas permanecen como atractores residuales.
No gobiernan nuestra conducta cotidiana, pero pueden reaparecer cuando las condiciones son adecuadas.
Un olor.
Una canción.
Una enfermedad.
Una edad.
Una separación.
Una ciudad.
Un sueño.
Y de pronto aparece alguien que creíamos muerto dentro de nosotros.
No ha regresado.
Se ha reactivado el nodo.
Quizá el catálogo nunca termina
Con los años vamos acumulando estos puntos.
Algunos los olvidamos completamente.
Otros regresan de vez en cuando.
Y unos pocos adquieren una extraña luminosidad retrospectiva.
No porque sepamos qué habría ocurrido.
Precisamente porque nunca podremos saberlo.
La vida que vivimos es una sola.
Pero las vidas posibles son innumerables.
Cada persona que dejamos atrás contiene una pequeña bifurcación hacia una de esas vidas.
Por eso quizá el verdadero archivo de una existencia no debería llamarse autobiografía.
Debería llamarse:
Catálogo de carreteras cortadas.
Una colección de nombres, rostros, lugares y encuentros que no llegaron a convertirse en historia.
Carreteras sin destino.
Puentes que nadie terminó de cruzar.
Estaciones donde nadie bajó.
Ciudades a las que nunca llegamos.
Y nodos que permanecen silenciosos en alguna parte de nuestra red, esperando que una circunstancia improbable vuelva a pasar cerca de ellos.
Porque quizá olvidar a alguien no consiste en borrarlo.
Quizá consiste en perder el camino que llevaba hasta él.
Y algunas noches, mientras dormimos, el cerebro vuelve a recorrerlo.
Sin saber por qué.
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