La maternidad en tiempos de la incertidumbre (y 14)

El concepto de maternidad ha sido secuestrado por dos discursos opuestos pero igualmente reduccionistas. Uno la presenta como una vocación natural destinada a realizar a la mujer; el otro como una carga biológica de la que conviene emanciparse. Entre ambos extremos desaparece una pregunta más interesante: ¿qué significa ser madre en una época en la que todo es incierto?

Vivimos en sociedades donde casi ninguna decisión importante posee garantías. Tener un hijo ya no es responder a un destino previsible, sino apostar por un futuro que nadie puede anticipar. Crisis económicas, guerras, pandemias, inteligencia artificial, cambio climático, precariedad laboral… Nunca como ahora el porvenir había parecido tan opaco. La maternidad se ejerce, por tanto, en condiciones de incertidumbre radical.

Paradójicamente, mientras aumenta la incertidumbre, la sociedad exige a las madres un grado creciente de control. Deben alimentarse de forma impecable durante el embarazo, estimular precozmente la inteligencia del niño, evitar cualquier frustración, elegir el mejor colegio, regular las pantallas, favorecer la autoestima, prevenir los traumas, desarrollar la creatividad y, además, conservar una carrera profesional, una buena forma física y una vida afectiva plena. Nunca hubo tantas recomendaciones para criar un hijo y, sin embargo, nunca tantas madres se sintieron insuficientes.

Quizá esta paradoja pueda entenderse recurriendo a una teoría nacida en un ámbito muy distinto: la teoría del cerebro de Karl Friston.

Friston sostiene que el cerebro es, esencialmente, una máquina que intenta reducir la incertidumbre. No espera pasivamente a que ocurran las cosas, sino que construye modelos del mundo para anticiparlas. Su célebre principio de energía libre afirma que los organismos sobreviven porque minimizan continuamente la sorpresa. Vivir consiste en predecir suficientemente bien el entorno para que éste no nos destruya.

Sin embargo, existe una circunstancia en la que ese principio encuentra su mayor desafío: la llegada de un hijo.

Un recién nacido constituye el acontecimiento más imprevisible que puede experimentar una persona. Llora cuando no corresponde, enferma sin avisar, altera el sueño, modifica la economía doméstica, transforma la relación de pareja y obliga a reorganizar por completo las prioridades. El hijo introduce una enorme cantidad de incertidumbre precisamente allí donde el cerebro esperaba estabilidad.

La maternidad exige entonces algo extraordinario: tolerar una incertidumbre que no puede eliminarse.

Quizá por eso tantas madres desarrollan ansiedad. No porque sean frágiles, sino porque la cultura contemporánea les promete un control imposible. Se les hace creer que todo depende de ellas, cuando precisamente la esencia de la maternidad consiste en convivir con aquello que jamás podrá controlarse del todo.

Desde la perspectiva de Friston podría decirse que una buena madre no es la que consigue reducir toda incertidumbre, sino aquella que aprende a vivir con ella sin transmitir al niño un estado permanente de alarma.

Aquí aparece una idea que Winnicott había intuido décadas antes con su concepto de “madre suficientemente buena”. No existe la madre perfecta porque la perfección supondría eliminar toda sorpresa del desarrollo. Y un niño necesita precisamente pequeñas dosis de imprevisibilidad para construir un modelo flexible del mundo.

La función materna no consiste en fabricar un entorno absolutamente seguro, sino en crear un entorno suficientemente estable para que el cerebro infantil pueda explorar sin sentirse amenazado.

En realidad, eso es la acogida ontológica.

He defendido en otros textos que toda existencia comienza siendo acogida. Antes del lenguaje hubo alguien que hizo sitio. Antes de la conciencia hubo un cuerpo que sostuvo otro cuerpo. Antes del yo hubo hospitalidad. 

Disconformidad ontológica femenina. txt

Pero esa hospitalidad no consiste únicamente en alimentar o proteger. Significa algo más profundo: ofrecer al otro un lugar donde pueda existir sin necesidad de justificarse.

La madre no sólo sostiene el cuerpo del hijo; sostiene también su derecho a existir.

Ésa es la verdadera acogida ontológica.

Sin embargo, la maternidad contemporánea corre el riesgo de convertirse en una gestión obsesiva del riesgo. Muchas madres ya no sienten que hospedan una vida, sino que administran un proyecto cuyo éxito será evaluado continuamente por expertos, familiares, redes sociales y algoritmos. El niño deja de ser un huésped para convertirse en un examen permanente.

Y entonces la hospitalidad desaparece.

Porque nadie puede sentirse acogido si continuamente percibe que debe cumplir expectativas.

Es aquí donde el padre adquiere una relevancia decisiva.

Durante mucho tiempo se entendió la función paterna como la introducción de la ley, la separación o el límite. Hay mucho de cierto en esa tradición psicoanalítica. Pero quizá convenga ampliar esa mirada.

El padre no sólo separa al hijo de la madre; también protege el espacio donde esa acogida puede mantenerse sin convertirse en absorción.

La primera hospitalidad pertenece a la madre porque es ella quien literalmente hace sitio en su cuerpo. Pero esa hospitalidad necesita un segundo anfitrión.

El padre hospeda la hospitalidad.

Su tarea consiste en sostener a quien sostiene.

Cuando un padre cuida emocionalmente de la madre, disminuye la incertidumbre de ésta y le permite ofrecer una presencia más disponible al hijo. Dicho en términos de Friston, el padre contribuye a reducir la carga predictiva que soporta la madre. No elimina el caos inherente a la crianza, pero evita que todo el peso recaiga sobre una única persona.

En este sentido, el padre también participa en la acogida ontológica, aunque lo haga de forma indirecta.

No acoge sólo al hijo.

Acoge la relación.

Hace posible que exista un espacio donde madre e hijo puedan encontrarse sin quedar encerrados el uno en el otro.

Cuando esta función falla, la maternidad puede deslizarse hacia dos extremos igualmente problemáticos: la fusión, donde el hijo ocupa toda la existencia de la madre, o el agotamiento, donde la madre deja de disponer de recursos internos para seguir acogiendo.

La cultura actual habla mucho del reparto de tareas domésticas —y con razón—, pero habla muy poco del reparto de la incertidumbre.

Sin embargo, quizá sea ésta la verdadera tarea de una pareja que espera un hijo.

Compartir la incertidumbre.

Aceptar juntos que nadie sabe exactamente cómo se educa un ser humano.

Renunciar a la fantasía contemporánea del control absoluto.

Porque educar nunca ha consistido en fabricar un adulto perfecto.

Ha consistido siempre en algo mucho más humilde y mucho más difícil: ofrecer a otro un lugar suficientemente seguro para que pueda enfrentarse, algún día, a la incertidumbre del mundo sin dejar de sentirse, en lo más profundo, acogido.

Bibliografía

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Tradición clásica

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  • San Agustín. Confesiones.

Inspiración literaria

  • María Zambrano. Claros del bosque.
  • Rainer Maria Rilke. Cartas a un joven poeta.
  • Hermann Hesse. Demian.
  • Antoine de Saint-Exupéry. El Principito.

  • Traver, Francisco: La geometría del alma: una topología del sufrimiento

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