Hay un instante, previo a cualquier relato, en que un cuerpo diminuto llega a un mundo que lo esperaba solo a medias. Se le esperaba como fantasma, como nombre ya elegido, como proyección de un porvenir compartido por dos adultos que llevaban meses hablándole a una ecografía. Pero el que llega no es ese fantasma. Es otra cosa: una demanda sin gramática, un cuerpo que grita sin poder decir por qué grita, un sistema nervioso que desregula y contagia su desregulación a quien lo sostiene. La madre —o quien ocupe esa función— tiene que recibir simultáneamente dos entidades distintas: el hijo imaginado, que ya tenía un lugar preparado en su psiquismo, y el hijo real, que no coincide nunca del todo con el primero y que, en la discrepancia, produce una herida fundacional. A esa herida, a ese desajuste entre lo esperado y lo llegado, quiero llamarlo aquí el problema de la acogida ontológica.
La acogida ontológica no es la aceptación social ni el afecto declarado. Es algo más arcaico: es la disposición a hacer sitio, dentro del propio aparato psíquico, a un ser cuya existencia no depende de que se le reconozca, pero cuyo desarrollo sí. El hijo no pide permiso para ser lo que es —irritable, insomne, hipersensible, distinto del hermano, distinto del guion—; simplemente lo es, y exige que alguien reorganice su mundo interior para darle cabida. Ese acto de reorganización, cuando fracasa parcialmente, no produce un monstruo ni una tragedia visible. Produce, con mucha más frecuencia, un desajuste silencioso que se transmite en el tono de una voz, en la velocidad de una respuesta, en la calidad de la mirada que se posa —o no se posa— sobre el niño en el momento exacto en que este necesita ser mirado.
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El bebé como error de predicción permanente
Desde el marco de Friston, podría decirse que el bebé es, para el sistema nervioso de la madre, una fuente inagotable de error de predicción. Nada en él es todavía previsible: ni el ritmo del sueño, ni el motivo del llanto, ni la duración de la angustia. La madre —su corteza, su cuerpo, su historia— tiene que absorber esa incertidumbre sin desintegrarse, generando modelos provisionales que le permitan anticipar mínimamente lo que el hijo necesita. Cuando lo consigue, hablamos de holding, de función continente, de un yo auxiliar que presta su capacidad de predicción a un sistema que todavía no tiene la suya propia. Cuando no lo consigue —por agotamiento, por historia personal, por la ausencia de una red que sostenga a quien sostiene—, el error de predicción no se metaboliza: se devuelve al niño intacto, o peor, amplificado por la propia angustia materna, que se suma a la suya.
Aquí conviene ser muy precisos para no caer en la lógica moralizante que ha perseguido durante décadas a las madres: no se trata de culpa, sino de carga. La función de sostener el error de predicción ajeno sin devolverlo intensificado requiere una arquitectura de apoyo —pareja, familia extensa, comunidad, tiempo, descanso— que las sociedades contemporáneas han desmantelado con una eficacia notable. Byung-Chul Han lo diría así: hemos producido una sociedad del rendimiento que exige a la madre reciente los mismos ritmos de productividad y autosuficiencia que exige a cualquier trabajador, sin ofrecerle a cambio la aldea que Winnicott presuponía cuando hablaba de «madre suficientemente buena». La dificultad que el niño trae, entonces, no es solo la del niño: es la de una madre sin red que debe hacer sola lo que ninguna cultura humana anterior le pidió hacer en soledad.
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El hijo como objeto del deseo del Otro
Lacan añade una capa más incómoda todavía. El niño no llega a un vacío neutral, sino al lugar ya ocupado por el deseo de sus padres, con frecuencia como respuesta a una falta que no le pertenece: se le concibe para salvar una pareja, para dar sentido a una vida, para reparar un duelo, para prolongar un apellido, para llenar el hueco que el propio padre o la propia madre sintieron de niños. En la medida en que el hijo real no coincide con esa función reparadora —y nunca coincide del todo—, se produce una discordancia entre el niño-síntoma que los padres necesitaban y el niño-sujeto que efectivamente ha llegado. La acogida ontológica fracasa allí donde el hijo queda capturado como objeto del fantasma parental y no logra emerger como alteridad propia, con derecho a una perceptividad —a una manera de sentir el mundo— que no dependa de confirmar el relato de quien lo engendró.
Es en este punto exacto donde mi concepto de percepticidio encuentra su escena originaria. Si el percepticidio es la destitución de la autoridad perceptiva de un sujeto por parte de quien tiene el poder de nombrar su experiencia, entonces la primera escena posible de percepticidio no ocurre en un tribunal ni en un consultorio: ocurre en la cuna, cuando el llanto de un niño es sistemáticamente reinterpretado —»no tienes hambre», «no es real lo que sientes», «no llores por eso»— hasta que el niño aprende, antes incluso de tener palabras, que su percepción no es fiable si no coincide con la de quien lo sostiene. No hace falta crueldad para que esto ocurra. Basta el agotamiento, la ausencia de tiempo, la angustia no metabolizada de un adulto que también fue, alguna vez, mal recibido.
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El odio necesario y su negación
Winnicott escribió, en un texto que todavía incomoda, que toda madre suficientemente buena odia a su bebé desde el primer día, y enumeró con lucidez clínica las razones: el bebé no llega en un momento conveniente, interrumpe su vida privada, la trata como a una sirvienta, exige sin agradecer, y si ella falla, amenazará con hacerla sentir culpable el resto de su vida. Lo decisivo de ese texto no es la existencia del odio —esperable, biológico, casi obligado ante una demanda tan absoluta— sino lo que ocurre cuando ese odio no puede reconocerse ni tramitarse: se disocia, se proyecta, se convierte en un exceso de control, en una intrusión hipervigilante o, en el extremo opuesto, en un retiro emocional que el niño interpreta —correctamente— como abandono. La dificultad que el hijo trae no compromete la acogida ontológica por sí sola: la compromete la imposibilidad cultural de admitir que acoger a un ser nuevo cuesta, en el sentido más literal, una parte del propio yo.
Aquí resuena también lo que ya escribí sobre la desaparición de la presión reproductiva: una sociedad que ha dejado de exigir hijos como mandato biopolítico, pero que no ha resuelto qué hacer con el deseo de tenerlos ni con la infraestructura afectiva necesaria para recibirlos, produce un tipo particular de padres —deseantes, pero solos; convencidos, pero sin aldea— para quienes la discrepancia entre el hijo fantaseado y el hijo real resulta más difícil de metabolizar, precisamente porque el hijo ya no es un destino impuesto, sino una elección que debe justificarse a sí misma en cada noche sin dormir.
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Hacer sitio, no borrar la dificultad
La conclusión clínica no es la de siempre —»amar más», «estar más presente»—, fórmulas que solo añaden exigencia a quien ya está exhausta. La conclusión es otra: la acogida ontológica no consiste en eliminar la dificultad que el hijo trae, sino en poder nombrarla sin que el nombrarla la convierta en fracaso. Un niño difícil no es un error de crianza; es, con frecuencia, un sistema nervioso que llegó con más ruido del que su entorno estaba preparado para amortiguar. Y una madre agotada no es una madre insuficiente; es el punto final de una cadena de desamparos —el suyo propio, el de su época, el de la comunidad que ya no existe— que se descarga, sin que ella lo decida, sobre el ser más nuevo y más indefenso de la casa.
Quizá el único gesto verdaderamente terapéutico, tanto en la clínica como en la vida, sea este: devolverle a cada niño la certeza de que lo que sintió, sintió; y devolverle a cada madre el derecho a odiar, exhausta, un instante, a quien ama sin condiciones al siguiente. Ambas cosas son ciertas al mismo tiempo. Negar una de las dos es donde empieza, siempre, el percepticidio.
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