El niño y su madre (12)

Solemos pensar que la madre da la vida al hijo. Es cierto, pero sólo es la mitad de la verdad. El hijo también da una vida nueva a la mujer que lo acoge. Una mujer embarazada no sólo gesta un niño; gesta simultáneamente una madre. Ambos nacen el mismo día.

Esta idea enlaza con Winnicott cuando afirma que no existe el bebé, porque siempre existe una díada madre-hijo. Pero podríamos ir un paso más allá: no existe la madre antes del hijo, aunque exista una disposición maternal. La maternidad potencial se actualiza en el encuentro con un otro irreductible.

Después introduciría una intuición muy original: el hijo educa ontológicamente a la madre.

El niño obliga a la madre a descubrir capacidades que ignoraba poseer:

  • la espera;
  • la paciencia;
  • la renuncia al control;
  • la lectura de un lenguaje sin palabras;
  • la tolerancia a la incertidumbre;
  • la aceptación de que el otro nunca será una prolongación de uno mismo.

Es decir, el hijo no sólo recibe hospitalidad: la enseña.

Aquí aparece otro concepto que me parece muy fértil: la reciprocidad asimétrica. La relación nunca es simétrica —el niño depende de la madre—, pero tampoco es unilateral. La madre alimenta al hijo; el hijo alimenta el ser de la madre.

Luego vendría la parte más delicada: los excesos maternales.

Todo exceso materno nace, paradójicamente, de un fracaso de la hospitalidad. Acoger significa hacer sitio para que el otro llegue a ser quien es. Pero existe una hospitalidad defectuosa que termina apropiándose del huésped.

Podrías distinguir varios modos de corrupción de la acogida ontológica.

La hospitalidad invasiva: la madre no tolera la diferencia del hijo y pretende colonizar su identidad. El hijo deja de ser huésped para convertirse en propiedad.

La hospitalidad ansiosa: el miedo permanente impide al hijo explorar el mundo. La casa deja de ser refugio para transformarse en fortaleza.

La hospitalidad narcisista: el hijo funciona como espejo del prestigio materno. No importa quién sea, sino lo bien que representa a la madre.

Y la hospitalidad sacrificial: la madre se anula completamente creyendo que esa desaparición constituye el amor perfecto. Sin embargo, un anfitrión que desaparece deja de ofrecer una casa; sólo deja ruinas. El niño necesita una madre, no una mártir.

Aquí introduciría una idea que me parece muy poderosa y muy acorde con el resto del libro:

La mejor hospitalidad es siempre provisional.

Toda acogida auténtica está orientada hacia una despedida. Se recibe para que el otro pueda marcharse.

El embarazo termina con un nacimiento.

La infancia con una separación.

La adolescencia con una emancipación.

Y la maternidad madura culmina cuando la madre puede alegrarse de ser cada vez menos necesaria.

Ahí enlazo con el tema de la abuela del post anterior. La abuela representa una segunda forma de hospitalidad: ya no protege el crecimiento, sino la memoria. Su misión deja de ser construir un mundo para el hijo y pasa a custodiar el relato del mundo familiar sin impedir que las nuevas generaciones escriban el suyo.

Finalmente introduciría un aspecto casi imperceptible, pero filosóficamente decisivo: la acogida ontológica se construye con detalles minúsculos.

No depende de grandes sacrificios, sino de gestos cotidianos:

  • la forma de mirar al niño cuando habla;
  • la capacidad de esperar unos segundos antes de corregirlo;
  • permitir que termine una frase;
  • distinguir entre ayudar y sustituir;
  • dejar que fracase sin retirar el amor;
  • aceptar que tenga secretos;
  • respetar silencios;
  • no interpretar cada diferencia como un rechazo.

La hospitalidad ontológica puede romperse por detalles aparentemente insignificantes. Una crítica repetida, una comparación constante, una disponibilidad invasiva o una ausencia emocional casi imperceptible van modelando el espacio interior del niño. No son grandes traumas los que más frecuentemente deforman la acogida, sino una acumulación de pequeñas fisuras que transmiten un mensaje silencioso: «solo eres bienvenido si eres como yo necesito que seas».

Creo que este capítulo sería uno de los ejes del libro porque introduce una idea que apenas ha sido explorada: la maternidad no consiste únicamente en transformar al hijo; consiste también en dejarse transformar por él sin dejar de ofrecerle un lugar donde pueda llegar a ser distinto de nosotros. Esa es, quizá, la forma más alta de hospitalidad. 

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