Existe una forma de maternidad que apenas ha sido pensada por la filosofía. No es la de la mujer joven que gesta, ni la de la madre que educa, ni siquiera la de aquella que contempla marchar a sus hijos. Es una maternidad que llega cuando ya no existe obligación alguna. Una maternidad sin mandato biológico, sin responsabilidad jurídica y sin la ansiedad propia de quien todavía está construyendo un ser humano.
Es la maternidad de la abuela.
Sorprende que una figura tan universal haya ocupado un lugar tan modesto en la reflexión sobre la condición humana. Quizá porque vivimos en una cultura obsesionada con el origen y poco interesada por las formas maduras de la existencia. Admiramos el nacimiento y olvidamos las metamorfosis.
Sin embargo, la abuela representa una de las transformaciones más profundas del amor.
La madre ama porque el hijo depende de ella.
La abuela ama cuando esa dependencia ha desaparecido.
Y precisamente por eso su amor adquiere una cualidad distinta.
No es casual que muchos nietos recuerden a sus abuelas como un territorio de libertad. Allí donde los padres establecen normas, horarios y límites, la abuela parece suspender momentáneamente la severidad del mundo. No porque ignore la necesidad de educar, sino porque ya no le corresponde hacerlo.
La educación pertenece al tiempo de la responsabilidad.
La abuela pertenece al tiempo de la gratuidad.
En ella el cuidado ha perdido toda pretensión de moldear al otro. Ya no necesita fabricar un adulto competente ni corregir defectos de carácter. Puede permitirse algo mucho más difícil: contemplar.
Quizá la contemplación sea la forma más alta del amor.
Sólo contempla quien ha renunciado a poseer.
Durante años la madre observa al hijo preguntándose en qué puede ayudarle. La abuela lo observa preguntándose simplemente quién es.
Ha desaparecido la urgencia.
Permanece la admiración.
La maternidad alcanza entonces una serenidad desconocida durante la crianza. Ya no está gobernada por el miedo constante a equivocarse. La experiencia ha enseñado que ningún hijo pertenece realmente a quien lo engendró. Cada vida termina encontrando caminos inesperados, a menudo muy distintos de aquellos que los padres imaginaron.
La abuela ya conoce esa lección.
Ha aprendido que el crecimiento no puede controlarse.
Que amar no consiste en dirigir.
Que acompañar resulta más fecundo que intervenir.
No es extraño que los nietos encuentren en ella una escucha distinta. La madre oye para responder. La abuela escucha para comprender.
No necesita demostrar que tiene razón.
La edad le ha enseñado que casi todas las razones son provisionales.
Existe además otra transformación silenciosa.
Cuando nace un nieto, una mujer descubre algo sorprendente: vuelve a experimentar la maternidad sin volver a ser madre.
El niño ya no nace de su cuerpo, sino de su historia.
Es la prolongación de una vida que ella hizo posible sin pertenecerle.
La maternidad alcanza entonces una tercera dimensión.
Primero fue hospitalidad corporal.
Después hospitalidad educativa.
Ahora se convierte en hospitalidad temporal.
La abuela no transmite únicamente genes ni costumbres. Transmite tiempo. Es el puente entre quienes ya no están y quienes todavía no han llegado. En ella conviven los relatos de los antepasados y la curiosidad de los niños. Es memoria y promesa al mismo tiempo.
Por eso tantas culturas tradicionales concedieron a los ancianos una autoridad que hoy hemos sustituido por la eficiencia. Ellos no sabían más porque fueran intelectualmente superiores, sino porque habían sobrevivido a suficientes pérdidas como para distinguir lo esencial de lo accesorio.
La abuela sabe que muchas preocupaciones desaparecerán solas.
Que casi todos los conflictos pasan.
Que la felicidad nunca se presenta con el aspecto que uno esperaba.
Su conocimiento no es teórico.
Está sedimentado.
Es una sabiduría que no necesita imponerse porque ya no compite con nadie.
Nuestra cultura, sin embargo, ha degradado esta figura. Ha convertido a la abuela en una cuidadora gratuita o en un personaje entrañable, casi folclórico. Ha olvidado que representa uno de los logros más refinados de la evolución humana.
Porque pocas especies conocen una longevidad semejante a la nuestra después del final de la fertilidad.
La biología lleva décadas preguntándose por qué las mujeres continúan viviendo tantos años después de haber dejado de ser fértiles. La llamada “hipótesis de la abuela” propone que esa supervivencia no constituye un accidente, sino una ventaja evolutiva. Las abuelas aumentaban las posibilidades de supervivencia de los nietos y permitían a sus hijas tener más descendencia.
La explicación es convincente.
Pero quizá no sea suficiente.
Tal vez la naturaleza conservó a las abuelas porque el ser humano necesitaba algo más que alimento.
Necesitaba memoria.
Necesitaba alguien que enseñara a vivir sin la prisa de quienes todavía están conquistando el mundo.
La abuela encarna una forma de autoridad que no procede del poder, sino del tiempo.
No ordena.
Sugiere.
No dirige.
Orienta.
No exige.
Acoge.
Es significativo que muchos nietos confiesen, ya adultos, haber comprendido años después frases que sus abuelas pronunciaban casi distraídamente. La sabiduría madura nunca busca convencer de inmediato. Sabe esperar. Como las semillas, algunas palabras necesitan décadas antes de germinar.
Hay algo más.
La maternidad comenzó acogiendo a un desconocido en el cuerpo.
Termina acogiendo el paso del tiempo en el alma.
La mujer que acepta convertirse en abuela ha dejado de luchar contra el envejecimiento como si éste fuera una derrota. Descubre que cada arruga representa una habitación más en la casa interior donde otros podrán refugiarse.
Porque la hospitalidad también envejece.
Y, como el buen vino, mejora cuando pierde impaciencia.
Quizá por eso las abuelas conmueven tanto a quienes han tenido la fortuna de conocerlas. En ellas percibimos una forma de amor que ya no necesita demostrarse. Un amor desposeído de ambición, de ansiedad y de expectativas.
Un amor que ha aprendido, por fin, que cuidar no consiste en retener.
Consiste en permanecer disponible.
La maternidad comenzó haciendo sitio para que otro naciera.
La abuela descubre que el último acto de hospitalidad consiste en hacer sitio para que el tiempo continúe sin uno mismo.
Ésa es su grandeza.
Aceptar que la vida prosiga.
Y alegrarse de ello.
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