Las grandes ideas rara vez aparecen de golpe. Suelen existir primero como intuiciones dispersas que atraviesan épocas distintas, ocultas bajo lenguajes incompatibles entre sí. Cada autor descubre una parte del problema, pero ninguno alcanza a verlo completo. La maternidad, entendida como estructura del ser, pertenece a esa clase de ideas.
Ha permanecido invisible no porque nadie la experimentara, sino porque nadie disponía del lenguaje adecuado para nombrarla.
La filosofía occidental se edificó alrededor de tres grandes metáforas: la visión, el camino y el combate. Conocer era ver; vivir era avanzar; pensar era discutir. La maternidad no encajaba en ninguna de ellas. Su metáfora fundamental era otra mucho más silenciosa: albergar.
No resulta extraño que pasara desapercibida.
La hospitalidad nunca hace ruido.
Uno de los primeros en acercarse a esta intuición fue Platón, aunque de un modo inesperado. En el Timeo introduce la misteriosa noción de la chôra, una palabra difícil de traducir. No es exactamente un lugar, ni una sustancia, ni un recipiente. Es aquello que recibe todas las formas sin identificarse con ninguna de ellas. Una especie de matriz de todas las cosas. La chôra acoge sin apropiarse.
Durante siglos los comentaristas discutieron qué significaba realmente ese concepto. Quizá la respuesta estuviera delante de sus ojos desde el principio.
La chôra posee una sorprendente semejanza con el útero.
No porque Platón estuviera describiendo la anatomía femenina, sino porque necesitaba imaginar un espacio capaz de recibir el ser antes de que el ser adquiriera una forma definida. La realidad necesitaba una matriz.
La metáfora desapareció después.
La filosofía prefirió pensar las formas antes que los lugares donde las formas podían aparecer.
Muchos siglos más tarde, San Agustín introdujo otra intuición decisiva.
El alma, decía, es más amplia que ella misma.
No somos recipientes cerrados. Existe en nosotros una profundidad que desconocemos y donde ocurren procesos que no controlamos. La memoria, el deseo y la gracia trabajan en un interior mucho más vasto que nuestra conciencia.
Esa interioridad agustiniana ya posee algo maternal.
No porque pertenezca exclusivamente a la mujer, sino porque el sujeto deja de entenderse como una fortaleza para convertirse en una morada.
Teresa de Ávila radicalizará esa imagen.
Las moradas interiores constituyen una arquitectura habitable. Dios no conquista el alma desde fuera; habita lentamente su interior. La experiencia mística adopta la forma de una gestación. Algo crece en silencio hasta transformar completamente a quien lo alberga.
Resulta significativo que muchas místicas recurrieran espontáneamente al lenguaje del embarazo para describir la experiencia espiritual.
No era una metáfora arbitraria.
Era la experiencia humana que mejor representaba una transformación nacida desde dentro.
Con el romanticismo aparece otra pieza importante.
Goethe describe toda creación como un proceso orgánico. Las obras no se fabrican: maduran. El artista no impone una forma desde el exterior, sino que acompaña un crecimiento interno que posee sus propias leyes.
También aquí encontramos la misma estructura.
Crear significa gestar.
Rainer Maria Rilke insistirá todavía más en esa idea. En las Cartas a un joven poeta aconseja no precipitar ninguna respuesta. Todo debe ser llevado “como un embarazo”. El poeta no produce versos; espera su nacimiento.
Resulta llamativo que uno de los mayores poetas europeos recurriera precisamente a esa imagen para explicar la creación.
No hablaba de inspiración.
Hablaba de gestación.
Carl Gustav Jung se acercó al problema desde otro lugar.
El inconsciente no sólo conserva recuerdos; produce futuro. Los símbolos trabajan durante años antes de hacerse conscientes. Los sueños incuban transformaciones que todavía no comprendemos.
La psique también gesta.
Jung utilizó con frecuencia imágenes maternas para describir esa función generadora del inconsciente. Sin embargo, permaneció atrapado en el simbolismo. La madre aparecía como arquetipo, no como experiencia concreta.
El símbolo sustituyó a la fenomenología.
Más cerca de nosotros, Gaston Bachelard comprendió algo esencial acerca de la intimidad.
La casa, decía, constituye la gran imagen del refugio humano. Habitamos espacios que, de algún modo, también nos habitan. El nido, la concha, el cajón, el armario o el rincón representan distintos grados de protección.
Bachelard estudió todas esas imágenes.
Olvidó sólo una.
La primera casa.
Todos los refugios posteriores evocan inconscientemente aquel espacio originario donde la existencia fue protegida antes de saber que existía. El útero constituye el modelo secreto de toda arquitectura hospitalaria.
No buscamos únicamente una vivienda.
Buscamos una forma de volver a sentirnos contenidos.
Esta intuición reaparece incluso en la neurociencia contemporánea.
Las investigaciones sobre el apego, la regulación afectiva o la neurocepción muestran que el cerebro humano necesita un entorno acogedor para organizarse. La seguridad no aparece después del desarrollo; hace posible el desarrollo.
La biología empieza así a confirmar aquello que la fenomenología apenas sospechaba.
No existe mente sin hospitalidad.
No existe identidad sin acogida.
No existe libertad sin dependencia previa.
Quizá todas estas intuiciones señalen hacia una misma conclusión.
La maternidad no constituye una excepción dentro de la condición humana.
Constituye su paradigma.
No porque todos debamos tener hijos, sino porque todo lo verdaderamente humano exige una matriz donde poder crecer antes de aparecer.
Nuestra cultura ha ensalzado al héroe, al conquistador, al inventor, al revolucionario y al individuo autónomo. Todos ellos llegan cuando la historia ya ha comenzado.
Antes hubo alguien sosteniendo el mundo para que esos héroes pudieran existir.
La civilización no fue fundada únicamente por quienes construyeron ciudades.
También por quienes sostuvieron silenciosamente la posibilidad de construirlas.
Quizá la historia de Occidente no deba reescribirse desde el poder.
Quizá deba reescribirse desde la hospitalidad.
No se puede ser-en-el mundo sin que haya mundo.
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