Los filósofos de la hospitalidad (4)

Ningún filósofo ha escrito un tratado sobre la maternidad entendida como estructura ontológica. Sin embargo, muchos de ellos se acercaron a ella desde distintos caminos. Cada uno iluminó una parte del paisaje sin alcanzar a contemplar el conjunto. Como ocurre con las grandes intuiciones filosóficas, la verdad apareció fragmentada en obras que parecían hablar de asuntos diferentes: el ser, el cuidado, la alteridad, el amor, el reconocimiento o la responsabilidad.

Quizá haya llegado el momento de reunir esas piezas.

La primera pertenece a Aristóteles.

Aunque su biología resulte hoy obsoleta, comprendió algo que la modernidad ha olvidado: toda realidad posee una potencia antes de convertirse en acto. Nada aparece de improviso. Todo ser necesita un tiempo de maduración para desplegar aquello que ya estaba inscrito en él como posibilidad.

La maternidad representa precisamente esa potencia hecha carne. Durante la gestación, el hijo existe sin existir todavía. No es una ficción, pero tampoco una presencia completa. Habita un extraño territorio intermedio entre la posibilidad y la realidad. Aristóteles jamás utilizó este ejemplo para pensar la ontología, pero quizá habría debido hacerlo. El embarazo constituye la representación más perfecta de aquello que denominó dynamis: una realidad cuyo ser consiste precisamente en llegar a ser.

Con Martin Heidegger ocurre algo semejante.

Su filosofía gira alrededor del concepto de apertura. El ser humano no es una cosa entre las cosas, sino el lugar donde el ser puede manifestarse. Somos una claridad, una apertura, un claro en el bosque donde las cosas comparecen.

Pero Heidegger describió esa apertura de forma extraordinariamente abstracta.

Nunca preguntó quién abre primero ese claro para que un ser humano pueda aparecer.

Antes de toda apertura existencial hubo una apertura corporal.

Antes del Dasein hubo un útero.

Quizá resulte excesivo formularlo así, pero la provocación es necesaria. La ontología fundamental comienza demasiado tarde. Empieza cuando el individuo ya existe, olvidando que alguien tuvo que ofrecer el espacio donde esa existencia pudiera comenzar.

Con Emmanuel Levinas la proximidad es aún mayor.

Toda su filosofía nace del rostro del otro. Frente a la tradición que convertía al sujeto en fundamento de la realidad, Levinas sostiene que es el otro quien funda mi responsabilidad. No soy libre primero para decidir después si quiero ayudar. La obligación antecede a mi voluntad.

El otro me reclama.

La ética nace antes que la libertad.

Esta inversión constituye uno de los mayores descubrimientos filosóficos del siglo XX.

Sin embargo, Levinas apenas menciona el embarazo.

Y, sin embargo, pocas experiencias expresan mejor su pensamiento. Durante la gestación, el otro no comparece como objeto de conocimiento sino como presencia irreductible. No puede poseerse ni dominarse. La madre convive con un misterio que literalmente crece en ella. El hijo inaugura una ética antes incluso de haber pronunciado una palabra.

Donald Winnicott abandonó la filosofía para entrar en la clínica, pero probablemente describió mejor que nadie esta experiencia.

Su famosa expresión holding suele traducirse como sostén o sostén emocional, aunque ninguna traducción resulta completamente satisfactoria. Winnicott comprendió que un niño sólo puede desarrollar un verdadero self cuando alguien sostiene provisionalmente su existencia.

El bebé no fabrica por sí mismo un mundo.

Necesita que alguien se lo preste.

La madre suficientemente buena no crea al hijo.

Crea las condiciones para que el hijo pueda crearse.

He aquí una diferencia decisiva.

La hospitalidad nunca produce directamente aquello que acoge.

Produce el espacio donde puede aparecer.

La misma intuición reaparece en Simone Weil.

Toda su obra gira alrededor de una palabra sorprendente: atención.

Para Weil, atender constituye la forma más pura del amor porque significa suspender momentáneamente el propio yo para permitir que la realidad del otro se manifieste. La atención es una forma de vaciamiento.

No es casual que muchas madres describan la llegada de un hijo precisamente de ese modo. La reorganización de la propia vida exige una continua descentralización. El centro deja de coincidir con uno mismo.

La maternidad podría entenderse así como una escuela radical de atención.

Hannah Arendt ofrece otra pieza imprescindible.

En La condición humana aparece uno de sus conceptos más originales: la natalidad.

Mientras buena parte de la filosofía occidental se obsesionó con la muerte, Arendt propuso pensar desde el nacimiento. Cada recién nacido introduce una posibilidad inédita en el mundo. Nacer significa inaugurar.

Sin embargo, Arendt se interesa por el nacido más que por quien hace posible el nacimiento.

La maternidad permanece discretamente en segundo plano.

Tal vez porque incluso ella, una de las grandes pensadoras del siglo XX, heredaba una tradición donde el origen biológico parecía demasiado evidente para convertirse en objeto filosófico.

Y sin embargo todo comienza allí.

Jacques Lacan tampoco escribió una teoría de la maternidad, aunque su pensamiento contiene herramientas imprescindibles para comprenderla.

El deseo materno no coincide con el amor materno.

Una madre no debe absorber completamente al hijo.

Necesita introducir una falta, un intervalo, un espacio donde el niño pueda desear por sí mismo. La función paterna, entendida estructuralmente y no como presencia biográfica, limita precisamente esa fusión originaria.

La buena hospitalidad no consiste en retener al huésped.

Consiste en hacer posible su partida.

Quizá ninguna imagen describa mejor la maternidad.

El embarazo termina con una separación.

La crianza consiste en preparar otras separaciones.

Y el éxito final de una madre se mide por la capacidad de dejar marchar aquello que más ama.

Finalmente aparece Simone de Beauvoir.

Su análisis de la maternidad estuvo inevitablemente condicionado por el contexto histórico en el que escribió. Combatía una cultura que reducía a la mujer a su función reproductiva y tenía razones de sobra para hacerlo. Sin embargo, al identificar casi exclusivamente la maternidad con un destino impuesto dejó sin explorar su dimensión fenomenológica.

No distinguió suficientemente entre la maternidad como institución y la maternidad como experiencia.

Esa diferencia resulta decisiva.

Una institución puede oprimir.

Una experiencia puede revelar dimensiones desconocidas del ser.

Quizá ambas cosas hayan ocurrido simultáneamente durante siglos.

De ahí que hoy resulte tan difícil pensar la maternidad sin quedar atrapados entre dos caricaturas: la glorificación romántica y el rechazo emancipador.

Ninguna de las dos alcanza el fenómeno.

Este libro propone una tercera vía.

No pretende devolver a la mujer a un supuesto destino natural.

Tampoco reducir la maternidad a una construcción cultural.

Pretende comprender qué revela la experiencia materna acerca del ser humano en general.

Porque acaso el embarazo no sea únicamente un acontecimiento biológico.

Quizá constituya la metáfora real de toda creación.

Todo lo verdaderamente humano nace siempre porque alguien, antes, fue capaz de hacer sitio.

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