Hay identidades que emergen desde dentro —desde una experiencia subjetiva persistente, irreductible, que resiste incluso la presión social en sentido contrario— y hay identidades que se construyen desde fuera, ofrecidas por el entorno como solución a una fractura que el sujeto no sabe todavía nombrar. La distinción no es moral. Es clínica. Y es la misma que separa la ontología de la ideología.
El debate sobre la identidad transgénero ha sido tan ruidoso, tan cargado de moralización en ambas direcciones, que apenas ha dejado espacio para la pregunta genuinamente psiquiátrica: ¿qué tipo de fenómeno es este? ¿Estamos ante una categoría natural —una variante del desarrollo sexual humano, presente en todas las culturas y épocas— o ante un fenómeno parcialmente inducido, cuya explosión epidemiológica reciente no puede explicarse sin recurrir a factores culturales, propagandísticos y de contagio social?
Los datos obligan a hacerse la pregunta. En el Reino Unido, las derivaciones a la clínica de género Tavistock aumentaron un 4.000% entre 2009 y 2019. En Estados Unidos, la prevalencia de adolescentes que se identifican como transgénero se ha multiplicado por cinco en una década. En ambos casos, el perfil ha cambiado radicalmente: de varones adultos —el perfil clásico de la disforia de género— a chicas adolescentes sin historia previa de incongruencia de género. Algo ha cambiado. Y ese algo no es la biología.
Patoplasticidad e identidad
Devereux nos enseñó que las enfermedades mentales son patoplásticas: adoptan la forma que cada cultura les ofrece. La histeria del siglo XIX no desapareció porque se curara; desapareció porque la cultura que la producía —el victorianismo, el cuerpo femenino como territorio de represión y conversión somática— dejó de ofrecer ese molde. En su lugar aparecieron otras formas: la anorexia, la automutilación, el trastorno límite de personalidad. Misma fractura subyacente, distintos recipientes culturales.
La anorexia es especialmente instructiva. Es, también, un fenómeno de construcción identitaria a través del cuerpo: el sujeto resuelve una crisis de identidad —¿quién soy?, ¿qué lugar ocupo?, ¿cómo controlo un mundo que no controlo?— inscribiendo esa respuesta en la carne. La delgadez no es el objetivo: es el lenguaje. Y ese lenguaje solo es posible en culturas donde el cuerpo femenino está saturado de significado, donde la comida es ambivalente, donde la imagen es identidad.
La disforia de género, en su versión epidémica contemporánea, tiene una estructura análoga. No es que no exista: existe, ha existido siempre, y hay sujetos para quienes la incongruencia entre cuerpo y experiencia subjetiva es un dato primario, irreductible, anterior a cualquier discurso cultural. Pero eso no puede explicar la explosión estadística. Lo que la explica es que la cultura ha puesto a disposición de los sujetos en fractura identitaria un nuevo recipiente: la transición como solución, la identidad de género como respuesta a la pregunta ¿quién soy?
La propaganda como oferta de identidad
La palabra propaganda incomoda porque evoca regímenes totalitarios. Pero en su sentido técnico —la difusión sistemática de un mensaje con el fin de producir adhesión a un conjunto de creencias— describe con precisión lo que ha ocurrido en la última década en torno al género.
El mensaje tiene una estructura sencilla y emocionalmente potente: hay personas que nacen en el cuerpo equivocado; esa experiencia es válida e indiscutible; reconocerla y facilitarla es un acto de justicia; cuestionarla es violencia. Esta estructura no es una descripción de la realidad: es una narrativa. Y como toda narrativa ideológica, opera seleccionando qué preguntas son legítimas y cuáles están prohibidas.
Lo que queda fuera de la narrativa es precisamente lo que la psiquiatría necesitaría preguntarse: ¿cuántos de estos adolescentes tienen diagnósticos previos de autismo, depresión, ansiedad o trauma? —la respuesta, según los estudios disponibles, es que la mayoría—. ¿Cuántos presentaban antes una orientación lésbica que ahora se ha reconvertido en identidad transgénero masculina? ¿Cuántos han llegado a la disforia después de una inmersión intensa en comunidades online donde la transición se presenta como transformación y renacimiento?
Estas preguntas no niegan la existencia de la disforia genuina. Abren la posibilidad de que, junto a ella, esté operando un fenómeno distinto: la adopción de una identidad ofrecida por el entorno como solución a un malestar que tiene otro origen.
El contagio social como mecanismo
Lisa Littman, investigadora de la Universidad de Brown, publicó en 2018 un estudio sobre lo que llamó «disforia de género de inicio rápido»: casos de adolescentes —mayoritariamente chicas— sin historia previa de incongruencia de género que desarrollaban disforia de manera súbita, frecuentemente en grupos de amigos donde varios miembros se identificaban como trans simultáneamente. El artículo fue retirado bajo presión institucional y luego republicado con modificaciones. El episodio es en sí mismo una ilustración del problema: la pregunta clínica quedó subordinada a la corrección ideológica.
El contagio social no es una hipótesis conspirativa. Es un mecanismo bien documentado en psiquiatría. Las epidemias de automutilación en adolescentes, los brotes de trastorno motor funcional en institutos, la propagación de síntomas disociativos a través de TikTok —el llamado «síndrome de Tourette de TikTok»— son fenómenos reales donde el malestar genuino adopta una forma culturalmente disponible y se propaga por imitación e identificación.
En todos estos casos el sufrimiento es real. Lo que es cultural es el molde.
La identidad no ontológica
¿Qué significa que una identidad no sea ontológica? Significa que no está anclada en ninguna estructura previa —biológica, psíquica, experiencial— sino que se constituye en el acto mismo de ser nombrada, reconocida y ratificada por el entorno. Es una identidad performativa en el sentido más literal: existe porque se performa, y se performa porque el entorno ofrece el escenario, el guión y el aplauso.
Esto no la hace falsa en el sentido de que el sujeto no la viva como real. La vive intensamente. Pero su génesis es diferente a la de una identidad que emerge de una experiencia subjetiva primaria. Y esa diferencia tiene consecuencias clínicas: porque si el malestar original no era incongruencia de género sino depresión, trauma, autismo no diagnosticado o una fractura identitaria de otro orden, la transición no resolverá ese malestar. Lo desplazará.
El número creciente de detransicionadores —personas que revertieron su transición— y los estudios de seguimiento a largo plazo que muestran persistencia del malestar psiquiátrico después de la transición apuntan en esa dirección. No como regla universal, sino como señal de que algo en el proceso diagnóstico no está funcionando.
La sociedad como productora de identidades
Volviendo al argumento del post anterior: la disonancia social produce fractura identitaria, y la fractura identitaria busca salida en los recipientes que la cultura ofrece. La sociedad contemporánea occidental ha puesto a disposición de sus adolescentes más frágiles —los más solos, los más autistas, los más traumatizados, los que no encajan— un recipiente nuevo, brillante y éticamente blindado: la identidad transgénero como respuesta a la pregunta ¿quién soy?
No es la primera vez que esto ocurre. Cada época ofrece sus propios recipientes para el malestar que no sabe nombrarse. Lo que es inédito es la velocidad de propagación —las redes sociales como mecanismo de contagio a escala global— y el blindaje ideológico que rodea al recipiente, que hace casi imposible la pregunta clínica sin que sea leída como ataque político.
Esa imposibilidad es el verdadero problema. No la existencia de la disforia genuina, que nadie niega. Sino la confusión sistemática entre la disforia como dato clínico y la identidad transgénero como construcción cultural, entre el sufrimiento real y el recipiente que se le ofrece, entre ontología e ideología.
Una medicina que no puede hacer esa distinción ha dejado de ser medicina o psiquiatría para convertirse en otra cosa: en ratificadora de narrativas, en productora de identidades, en eslabón del mismo proceso de fabricación que debería estar analizando.
Cuando termines el artículo:
Después de leer
Conversación y debate
0 comentariosLa lectura continúa aquí: objeciones, matices, preguntas y cruces con otros textos.
Todavía no hay comentarios. Puedes abrir el debate con una pregunta o una objeción.