Locos que no son psicóticos

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Locos que no son psicóticos

Recientemente me sorprendí mucho al oir en algún programa de TV, decir a un compañero psiquiatra que cierta persona que habia acuchillado a otra a la que no conocia de nada por la calle, padecia una esquizofrenia indiferenciada. Obviamente mi compañero no sabe que esos diagnósticos DSM son aplicables en USA o en Europa pero no en Sudan o Etiopía. Dicho de otra manera las enfermedades mentales no son universales, el universal antropológico es la locura.

Cada vez que un inmigrante comete un crimen de cierta espectacularidad —un ataque con cuchillo en una estación, un atropello masivo, una agresión sexual filmada—, el diagnóstico llega antes que el atestado. Tenía problemas de salud mental. La frase funciona como cierre, como sedante colectivo. Explica sin explicar. Absuelve sin absolver. Y sobre todo, evita que tengamos que pensar.

El problema es que es falsa. O más exactamente: es una verdad mal colocada.

La psicosis —la psicosis real, clínica, documentada— es un fenómeno de desintegración perceptiva y semiótica. El sujeto psicótico habita un mundo donde los signos se han dislocado de sus referentes, donde la realidad ha perdido su textura consensuada. Es, en el sentido más literal, un problema de arquitectura del sentido. Y esa arquitectura rota no predispone especialmente a la violencia instrumental. El paciente psicótico es, estadísticamente, más víctima que agresor, más paralizado que activo, más confuso que estratégico.

Lo que vemos en muchos de estos crímenes absurdos porque carecen de un móvil comprensible, no es psicosis. Es otra cosa. Es lo que podríamos llamar, con más precisión, locura. Y la locura es distinta.

La psicosis es el nombre que le damos a la locura en occidente. Algo así como una locura domesticada. Y que necesita una cultura alfabetizada y un hombre dividido. En las sociedades orales este término -psicosis o esquizofrenia- no significa nada.

La locura —en el sentido premoderno, en el sentido que Foucault rastreó antes de que la psiquiatría lo colonizara— es una forma de ruptura con el orden simbólico compartido, sí, pero una ruptura social, no neurobiológica. No es que el sujeto no pueda leer la realidad: es que la realidad que lee no coincide con la nuestra. Ha construido otra. Y en esa otra realidad, el crimen puede tener una lógica perfectamente coherente.

La disonancia social y sus plataformas

Hay personas que no encajan. Que llegan a sociedades que no los esperaban, que aprenden reglas que nadie les enseñó, que habitan cuerpos que el entorno marca como ajenos. Esta situación produce lo que podríamos llamar disonancia social: una tensión crónica entre el mundo interior del sujeto y el mundo exterior que lo rechaza, lo instrumentaliza o simplemente lo ignora.

Esa disonancia necesita salida. Y tiene, creo, tres plataformas principales de expresión:

La primera es la locura. El sujeto se retira hacia un mundo interior que ya no compite con el exterior. Construye una cosmología alternativa. En los casos extremos, se diagnostica como psicosis. En los más frecuentes, pasa inadvertido: el hombre que vive solo, que no habla con nadie, que ha dejado de intentarlo.

La segunda es el crimen. El sujeto actúa contra el mundo que lo excluye. No necesariamente de forma irracional: a veces con una lógica de venganza, de reivindicación, de simple afirmación de existencia a través de la violencia. El crimen, en este sentido, es paradójicamente una forma de reconocimiento. El que mata dice: existo lo suficiente como para destruir.

La tercera es la política. El sujeto canaliza la disonancia hacia un proyecto colectivo, hacia una narrativa de identidad agredida que encuentra en grupos, movimientos o ideologías radicales un espejo amplificador. El terrorismo yihadista, en muchos casos, no viene de la locura sino exactamente de lo contrario: de una claridad ideológica fría, de una pertenencia encontrada, de un sentido que la sociedad de acogida nunca ofreció.

Matar y morir adquieren un sentido que no tiene la vida por su misma.

El diagnóstico como exculpación política

Llamar locura a lo que es crimen o política tiene una función muy concreta: nos exime de preguntarnos qué produce esa disonancia. Si el agresor estaba loco, el problema es del sistema sanitario que no lo detectó. Si en cambio era un sujeto socialmente sano que encontró en la violencia una lógica —la de la venganza, la de la guerra santa, la de la invisibilidad convertida en terror—, entonces el problema es nuestro. Es de la sociedad que lo produjo.

La psiquiatrización del crimen es, en este sentido, un mecanismo de defensa colectivo. Cómodo, limpio, clínicamente vestido.

Pero los locos que no son psicóticos nos están diciendo algo que preferimos no escuchar.

Devereux y la locura

George Devereux fue un psiquiatra que escribió un texto seminal a partir de sus estudios étnicos y fundó una nueva disciplina que llamó «etnopsiquiatría».

La idea fundamental de Devereux ya había sido intuida por Shakespeare: «la locura tiene método», es decir uno no tiene más remedio que o bien inventarse una nueva forma de locura o anormalidad que logre eludir todas las clasificaciones psqiuátricas, policiales o jurídicas o bien conformarse con ser un especímen clasificado por alguna de ellas. Se trata de una idea muy potente de Devereux. Y más que eso: en la sociedades orales la locura adquiere un método distinto a las nuestras. Cualquier humillación, conflicto, discusión o pérdida da lugar a una explosión de ira homicida sin sentido (el agresor no conoce al agredido). En algunos lugares se le llama amok.

Lo importante en Devereux es la idea de que las enfermedades mentales son patoplásticas, es decir cambian según la cultura de origen y no solo eso sino que además hacen falta ciertas operaciones sociales y mentales para que pueda aparecer una sintomatología compleja como vemos en la esquizofrenia.

Vivir en sociedad sea cual sea la cultura que la soporte está llena de contrariedades y eventualidades, pero la misma cultura -en situaciones de estrés- proporciona las indicaciones para la conducta incorrecta. Es decir nos ofrece los modelos para estar mal cuando los necesitamos y enloquecer es una forma de estar mal.

La anormalidad más que carecer de normas es una normalidad alternativa que contraviene la normatividad vigente pero no por ello carece de norma, de método.

En este sentido cobra valor la idea de que la «enfermedad mental» no es una enfermedad como el resto de enfermedades sino una metáfora.

¿Qué significa que es una metáfora?

Significa que si aparece es porque está ocupando el lugar de otra cosa, pues eso es la metáfora: un desplazamiento.

Lo que se desplazaría en esta concepción de la enfermedad mental sería un estado mental cualquiera, algo que nos caracteriza a todos los humanos. Así el aburrimiento, el miedo, la cólera, la pereza, la indolencia, la melancolía, la nostalgia, el optimismo. la apatía, la codicia, el sentimiento de exclusión o inadecuación, la exaltación, el entusiasmo son estados mentales que todos hemos sentido o hemos podido sentir, es como una paleta de posibilidades que tomamos en nuestra vida en función de las circunstancias y de nuestra configuración genética. Depende de lo que predomine durante un cierto periodo de tiempo, este estado pasará a formar parte de la figura predominante en nuestra mente, el resto pasará a ser el fondo y no saldrá en el cuadro.

Lo que sale en el cuadro son las consecuencias de esa disidencia, que es siempre una disidencia contra el mundo. Y hay tres posibilidades en la perspectiva de ese cuadro: los ya nombrados, la clínica, la judicial y la política o la búsqueda de una utopía.

Es por eso que todos podemos estar locos y lo estamos alguna vez, al menos parcialmente si bien no cabemos en ninguna clasificación psiquiátrica ni jurídica.

Lo que importa no es estar loco sino nuestro modo de ser-en-el-mundo que no necesariamente coincide con la hipóstasis, es decir a cómo somos en realidad.

En conclusión. Los crímenes absurdos que presenciamos en las redes contienen una mezcla de elementos propios de la locura, el delito y la reivindicación religioso- política, un subproducto de la disonancia social y del sentimiento de exclusión que estas personas traen de serie.

En determinadas culturas no hay separación entre estas tres instancias y por eso no desarrollan una psicosis clínica sino una furia homicida sin sentido que nos hace pensar a nosotros los occidentales en algún trastorno mental. Pero de existir este trastorno hay que pensarlo en clave étnica: allí donde el gobierno y Dios son la misma cosa y delinquir y estar loco parecen equivalentes.

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Conversación y debate

2 comentarios

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  1. La gran pregunta es por qué razón y a pesar de los numerosos graves problemas demostrados que está ocasionando el modelo de inmigración irracional implementado en casi todo Occidente, se mantiene la voluntad férrea de seguir con él y no se cambia por una política inmigratoria racional y ordenada.

    Por lo que estoy viendo, de todas las agendas globalistas, la agenda inmigratoria irracional es con la que más voluntad se están empecinando, la quieren implementar a toda costa, caiga quien caiga y empleando todos lo medios a su alcance, que son muchos. Es demasiado sospechoso.

    La ingeniería social ha sido tan intensa, que ha logrado, por ejemplo, que incluso la gente piense que ser de izquierdas es sinónimo de ser partidario de este tipo de inmigración, cuando en realidad es una agenda diseñada y promovida por el sector más poderoso de las élites financieras capitalistas internacionales y que perjudica gravemente a la clase trabajadora autóctona en todos los sentidos, además supongo que todos estaremos de acuerdo que a ellos las personas inmigrantes les importan un pepino.

    La cosa va tan lejos que incluso el Papa ha venido a España a promover esta política inmigratoria y a manipular a los católicos haciéndoles creer que ser contrario a ella es contrario a la fe cristiana, siguiendo con la misma ingeniería que se aplicó con la izquierda.

    También es muy significativo que esta haya sido la primera vez en la historia que un Papa visita Canarias y ¡con que fin!

    Canarias es una comunidad con un alto nivel de pobreza y con un territorio demasiado limitado que acoge a cerca de un 25% de población nacida fuera de las islas, llegando alguna de ellas al 40% y que de ninguna de las maneras puede seguir acogiendo a más gente.

    Por otro lado, está la connivencia del presidente canario que gobierna en coalición con el PP y que habla de la gran amistad entre Canarias y Marruecos. Si son tan amigos ¿Porque no se le plantea a nuestro vecinos que al menos colaboren en la manutención de sus menores acogidos? ¿Acaso Marruecos no es conocedor de la gran pobreza infantil que existe entre los menores canarios? ¿No podría apartar algunas migajas de su cada vez mayor presupuesto destinado a la compra de armamento?

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