Vivir en el umbral — La ambigüedad
Lo que hacemos cuando las cosas no son ni verdaderas ni falsas, ni buenas ni malas, ni nuestras ni ajenas.
«La mente humana tolera mejor el dolor que la incertidumbre. Prefiere una respuesta equivocada a ninguna respuesta.»
Hay una incomodidad muy particular en no saber. No el no saber de la ignorancia —eso tiene remedio— sino el no saber estructural, el que se instala cuando la realidad se niega a colapsar en un lado u otro de la balanza. Esa suspensión. Ese estar en medio.
La ambigüedad no es un defecto del mundo. Es una de sus características más honestas. Y sin embargo, nos relacionamos con ella como si fuera un error que hay que corregir, una señal de que aún no hemos pensado lo suficiente, de que si apretamos un poco más, si leemos un artículo más, si hablamos con una persona más, llegaremos por fin a la orilla.
Pero muchas veces la orilla no existe. O existe en múltiples lugares al mismo tiempo.
· · ·
El cierre que el cerebro anhela
La psicología cognitiva lleva décadas documentando lo que se conoce como necesidad de cierre cognitivo: la urgencia de llegar a una respuesta definitiva y la disposición a pagar el precio que sea por conseguirla. Esta necesidad varía entre personas, pero se dispara en todos bajo presión, incertidumbre o agotamiento mental.
Cuando el cierre cognitivo es alto, tomamos decisiones más rápido, nos aferramos con más fuerza a las creencias que ya tenemos, y somos más hostiles a información nueva que complica el cuadro. No porque seamos irracionales, sino porque el cerebro trata la ambigüedad como una amenaza. Como ruido que hay que suprimir para poder actuar.
En experimentos clásicos de Arie Kruglanski, los sujetos con alta necesidad de cierre preferían consistentemente información confirmatoria, descartaban evidencia contradictoria con mayor velocidad, y recordaban peor los datos que no encajaban en su esquema previo. El sesgo de confirmación no es pereza: es gestión de recursos frente al malestar.
El problema es que el precio de ese alivio suele ser la complejidad. Y la complejidad, con frecuencia, es donde reside la verdad.
Creencias que no soportan ser miradas
Hay creencias que funcionan mejor en la oscuridad. Se sostienen mientras no las examinamos. En el momento en que las sacamos a la luz —en que les preguntamos de dónde vienen, qué evidencia las sustenta, qué estaríamos dispuestos a aceptar para revisarlas— empiezan a vibrar de manera extraña.
Esto no es un signo de que sean falsas. A veces es un signo de que son complejas. De que tienen capas. De que fueron verdad en un momento y en otro no. De que conviven con su contraria.
La ambigüedad en las creencias no siempre es el síntoma de una mente confusa. Puede ser, paradójicamente, el síntoma de una mente que ha llegado más lejos que sus propias certezas.
· · ·
Las decisiones que nunca terminan de tomarse
Existe un tipo de decisión que tomamos, deshacemos y volvemos a tomar en silencio. Decisiones que en teoría están resueltas pero en la práctica se reabren cada mañana. Relaciones que terminaron pero no del todo. Vocaciones abandonadas que siguen llamando. Valores que creíamos sólidos y que una situación concreta pone en crisis.
La tentación es creer que eso significa que la decisión fue equivocada. Pero hay otro marco posible: quizás lo que reabre esas decisiones es que fueron tomadas en condiciones de ambigüedad genuina, donde más de una opción era legítima y el costo de elegir era real. Y el costo, a diferencia de la decisión, no caduca.
Decidir en la ambigüedad no cierra el expediente. A veces simplemente lo archiva.
La tolerancia como práctica
Tolerar la ambigüedad no es lo mismo que ser indiferente. No significa que todo da igual, que no hay juicios posibles, que el relativismo es la respuesta. Significa algo más difícil: sostener la pregunta abierta sin que el malestar de no saber nos fuerce a una respuesta prematura.
El psicólogo Shelley Taylor documentó cómo ciertas ilusiones cognitivas —pequeñas distorsiones optimistas sobre uno mismo y el futuro— son, estadísticamente, más propias de personas mentalmente sanas que de las clínicamente deprimidas. Los deprimidos, en muchos estudios, calibran la realidad con más exactitud. La salud mental no equivale a la percepción perfecta de la realidad. Equivale, en parte, a la capacidad de habitar esa realidad imperfecta sin desmoronarse.
Hay, por tanto, una habilidad que merece cultivarse: la de permanecer en el umbral sin necesitar que el umbral sea una habitación permanente, pero tampoco huyendo de él a la primera señal de incomodidad.
El poeta Keats lo llamó «capacidad negativa»: la disposición a permanecer en la incertidumbre sin una irritable búsqueda de hechos y razones, algo parricidi a la “suspension del juicio” de Husserl. La propuso como la cualidad definitoria del gran artista. Pero quizás es también la cualidad definitoria de quien vive bien con su propia mente.
Lo que la ambigüedad nos está pidiendo
Cuando algo permanece ambiguo —una relación, una decisión, un valor que colisiona con otro— hay una pregunta que pocas veces nos hacemos: ¿qué estaría resuelto si esto se resolviera? ¿Qué tensión se calmaría? ¿Qué parte de mí descansaría?
A veces la ambigüedad no es el problema. Es el mensajero. Señala algo que no hemos podido mirar directamente: un deseo que nos parece ilegítimo, un miedo que preferiríamos no reconocer, una contradicción en nuestra propia manera de entender el mundo que todavía no hemos sabido integrar.
Vivir en el umbral, entonces, no es un fracaso del pensamiento. Puede ser, en sus mejores versiones, el comienzo de una honestidad más profunda con uno mismo.
Quizás la madurez no consiste en tener más respuestas. Consiste en aprender a vivir —con cierta gracia, con cierta paciencia— dentro de las preguntas que no desaparecen facilmente.
Cuando termines el artículo:
Interesante la capacidad negativa de Keats como marco. Aunque quizás el reto más difícil no sea tolerar la ambigüedad del mundo, sino tolerar que el otro no encaje en la narrativa que tenemos de él. Cuando alguien dice ‘no estoy enfadada’ y la respuesta es ‘sí lo estás’, no es ambigüedad lo que opera ahí: es cierre cognitivo prematuro, exactamente el que describes. A veces el umbral más incómodo es reconocer que la lectura que hacemos del otro puede ser más nuestra que suya.
El umbral de la vida
En el fondo, la vida no deja de ser un umbral entre el nacimiento y la muerte. Es simplemente una cuestión de escalas lo que nos permite aceptar que todos vivimos en ese umbral.
Estar vivo presupone la certeza de la llegada de la muerte, luego la principal incertidumbre de estar vivo se encuentra en el cómo y cuando nos llegará la muerte.
Vivimos en un no saber estructural, el paso por la vida es ambiguo y el cerebro trata la ambigüedad como una amenaza.
Aunque la necesidad de cierre cognitivo puede llegar a conducirnos a suicidio, si nos tomamos la vida como una amenaza; suele ser más normal aferrarse al sesgo cognitivo que nos ofrecen las creencias inculcadas por el condicionamiento social.
El problema es la incongruencia distópica entre las creencias y la realidad: La equidad y la paz, frente a la realidad de las injusticias y las guerras. Nada en esta distopía parece natural, pues coexisten distintas realidades alternativas.
Parece que debemos aprender a vivir, o al menos tolerar y sobrevivir, quizás con resiliencia y estoicismo, pero siempre con optimismo, navegando entre los umbrales ambiguos de la complejidad de las realidades alternativas.