Hay metáforas que iluminan y otras que solo adornan. Decir que nuestro sistema sanitario se comporta como un Trastorno Límite de la Personalidad no debería ser un recurso literario, sino una hipótesis estructural. Si la tomamos en serio, deja de ser una crítica superficial y se convierte en una forma distinta de entender por qué nada termina de arreglarse.
No estamos ante un sistema simplemente “ineficiente” o “infrafinanciado”. Estamos ante un sistema que ha perdido algo más básico: una identidad organizativa estable. Y cuando eso ocurre, lo que emerge no es el caos absoluto, sino algo más inquietante: un circuito.
El sistema sanitario no funciona como una estructura que aprende, sino como una secuencia que se repite: sobrecarga, colapso, medidas urgentes, alivio parcial, olvido… y vuelta a empezar. Ese circuito no es un fallo puntual; es el modo en que el sistema se mantiene operativo sin tener que transformarse de verdad. Igual que en el TLP, donde el yo no se consolida y es sustituido por dinámicas repetitivas de regulación, aquí la organización ha sustituido su estructura por un bucle.
Esto explica por qué cualquier perturbación, por pequeña que sea, genera efectos desproporcionados. Un pico estacional de gripe, una huelga, una falta puntual de personal… y todo se tensiona hasta el límite. No hay amortiguadores. Los “atractores” institucionales —protocolos, jerarquías, planificación— son débiles, poco profundos. No contienen la variabilidad, la amplifican.
En este contexto, el sistema depende de reguladores externos para no desmoronarse. Profesionales que trabajan más allá de lo exigible, familias que asumen cuidados que deberían estar cubiertos, el sector privado que absorbe presión asistencial, la vocación que compensa la falta de incentivos adecuados. Todo eso no es fortaleza: es una forma de externalizar la estabilidad. Igual que en el TLP el otro sostiene lo que el yo no puede, aquí el sistema descansa en elementos que no controla ni integra.
A nivel narrativo, la oscilación también es evidente. Se alterna entre la idealización (“tenemos uno de los mejores sistemas del mundo”) y la devaluación (“esto es insostenible, hay que reformarlo todo”). Falta una posición intermedia, sostenida, capaz de reconocer límites sin caer en el derrumbe discursivo. Sin esa ambivalencia madura, cualquier intento de reforma nace ya condenado a ser episódico.
Y en el fondo de todo aparece el equivalente organizacional del vacío: la ausencia de un proyecto estructural. No faltan planes, informes o comisiones. Falta dirección. Por eso el sistema está lleno de actividad, pero carece de sedimentación. Se hace mucho, pero nada termina de consolidarse.
Lo incómodo de esta perspectiva es que obliga a cambiar la pregunta. El problema no es “qué le falta” al sistema sanitario, sino “cómo está logrando no colapsar… y a qué precio”. Porque el circuito, aunque ineficiente y desgastante, cumple una función: evita el derrumbe completo distribuyendo la carga entre profesionales, pacientes y familias.
Si esto es así, entonces las soluciones habituales resultan insuficientes. Aumentar financiación sin cambiar la estructura solo alimenta el circuito. Introducir reformas puntuales refuerza los pseudo-atractores sin generar estabilidad real. Hace falta algo más exigente: construir atractores profundos.
Eso implica alinear incentivos, clarificar responsabilidades, introducir continuidad más allá de los ciclos políticos, y reducir la dependencia de ese “heroísmo estructural” que hoy sostiene el sistema. No es una cuestión técnica, sino cultural e institucional.
La metáfora del TLP organizacional no pretende patologizar la sanidad, sino hacer visible su lógica. Un sistema sin centro no se derrumba necesariamente: puede aprender a sobrevivir en la inestabilidad. Pero sobrevivir no es lo mismo que funcionar.
Y quizá el primer paso para cambiar algo sea dejar de confundir ambas cosas.
Cuando termines el artículo:
Las cartas del Tarot forman un lenguaje simbólico: no hablan de personas fijas ni de diagnósticos, sino de energías, estados del alma, crisis, comienzos y transformaciones. Cada carta condensa una experiencia humana en una imagen, y por eso el Tarot puede leerse como un gran relato del recorrido interior. Entre todas, una de las más intensas es El Loco, porque representa el inicio del viaje, el impulso de ponerse en marcha antes de tener garantías, la confianza de quien acepta vivir sin controlar del todo lo que viene.
El Loco es el Arcano 0, y ese número ya lo vuelve especial: el cero no es una ausencia, sino una potencia abierta, algo que todavía no se ha fijado. En la imagen clásica aparece ligero, con muy poco equipaje, una flor en la mano, un perro cerca y el cuerpo al borde de un precipicio. Todo en él habla de libertad, inocencia y riesgo. No es simplemente “el loco” en el sentido vulgar de pérdida de razón, sino la figura de quien se atreve a dar el paso, de quien confía más en la experiencia que en la seguridad, de quien todavía no ha sido paralizado por el miedo. Derecho, entonces, simboliza apertura, impulso vital, intuición, espontaneidad y una fe casi sagrada en el camino.
Pero justamente porque vive abierto, El Loco también vive cerca del borde. La carta contiene desde el principio una tensión entre libertad y caída, entre intuición y desborde, entre revelación y extravío. El precipicio no es un adorno: es la clave del símbolo. El Loco habita una membrana muy fina, la que separa lo real de lo irreal, el sentido de su ruptura. Y desde ahí puede pensarse una metáfora poderosa: el psiquiatra como Loco derecho y el loco como Loco invertido.
Dicho así, no se trata de una descripción clínica, sino de una imagen. El psiquiatra como Loco derecho sería aquel que se acerca al límite sin perder del todo la orientación. Su trabajo consiste justamente en mirar donde otros no miran: en escuchar palabras rotas, percepciones alteradas, formas de sufrimiento en las que el vínculo con la realidad común se vuelve frágil. En ese sentido, él también vive cerca del abismo. También camina junto a esa membrana. No está fuera del problema: trabaja sobre el borde mismo.
Por eso, en esta relación, la humildad es necesaria para escuchar. Si el psiquiatra se piensa como alguien completamente separado de aquello que observa, deja de entender. Si cree que está del lado de la razón pura y que el otro pertenece al caos absoluto, su escucha se endurece. La técnica puede volverse soberbia; el diagnóstico, una barrera; el saber, una forma de no dejarse tocar. La carta de El Loco recuerda otra cosa: que nadie está totalmente a salvo del vértigo, que la razón humana también es frágil, que el lenguaje con el que organizamos el mundo nunca está garantizado para siempre. El que está de pie frente al abismo no es de otra especie que el que cayó o el que habla desde el borde.
El Loco invertido, entonces, puede pensarse como aquel que ya no sólo bordea el límite, sino que habla desde una torsión del límite mismo. Su palabra aparece desordenada, rota, cacofónica, invertida. Ya no responde con facilidad a las reglas del lenguaje común. Pero eso no significa que no diga nada. El Loco invertido habla en un lenguaje invertido, y el hecho de que ese lenguaje no sea inmediatamente comprensible no lo vuelve vacío. Puede haber allí dolor, miedo, asociaciones fragmentadas, restos de verdad, experiencias imposibles de traducir con las herramientas habituales. Lo que desde afuera se escucha como ruido puede ser, en realidad, un sentido herido.
Ahí se entiende que ambos tienen en común que juegan con el límite. Tanto el psiquiatra como el loco, en esta metáfora, están vinculados con la frontera entre lo real y lo irreal. Uno intenta sostenerla, interpretarla, trabajar sobre ella; el otro parece atravesarla o hablar desde su revés. Son, por eso, dos caras invertidas. No son dos mundos sin contacto, sino dos posiciones distintas frente a una misma fragilidad: la fragilidad del sentido.
Desde esta perspectiva, el problema no debería ser que el Loco derecho imponga su idioma al Loco invertido como si sólo hubiera error de un lado y verdad del otro. El verdadero desafío es construir herramientas para que ese lenguaje invertido y cacofónico pueda convertirse en lenguaje. Herramientas de escucha, de paciencia, de mediación, de simbolización. Herramientas que permitan que donde hoy hay fragmento pueda aparecer una frase, que donde hay puro choque sonoro pueda nacer una relación con el sentido. Traducir no es aplastar; traducir es tender un puente.
En ese punto, el psiquiatra aparece no como guardián de la normalidad, sino como alguien que debería ayudar a hacer posible esa traducción. Pero sólo puede hacerlo si acepta su propia cercanía con el abismo, si abandona la ilusión de superioridad, si comprende que escuchar no es corregir de inmediato, sino soportar por un momento la extrañeza del otro. Y del otro lado, el Loco invertido recuerda que la condición humana nunca está completamente cerrada, que siempre hay una zona de sombra, de exceso o de fractura que el lenguaje común no alcanza a ordenar del todo.
Así, El Loco deja de ser sólo la carta del inicio y se vuelve una gran metáfora de la existencia humana. Derecho, representa la confianza, el salto, la apertura al mundo. Invertido, muestra el riesgo del desborde, la caída en un lenguaje roto, la pérdida de orientación. Pero en ambos casos se trata del mismo arcano, de la misma energía expuesta al misterio de lo real. Y tal vez esa sea su enseñanza más profunda: que entre la razón y la locura no hay un muro absoluto, sino una membrana frágil; y que sólo la humildad, la escucha y la construcción paciente de herramientas simbólicas pueden hacer que el ruido vuelva a convertirse en palabra.
https://pacotraver.wordpress.com/2015/08/03/de-lires-ira/
Isabel es el nombre con el que se conoce a la musa del blog, «La nodriza de las hadas» o reina Maab y que suele dejar comentarios aquí. Como a Eros no se le puede ver sino de espaldas y entra y sale como el Loco.
Ella me da pistas de por donde navegar, es como una ventana o mejor como una casa en la que cada vez que abres una puerta se abren otras casas dentro.
Enteras.
Me escribí mucho con Isabel.
Isabel, estás leyendo? danos una señal.
Sobre El Loco…
Unos van por un sendero recto,
Otros caminan en círculo,
Añoran el regreso a la casa paterna
Y esperan a la amiga de otros tiempos.
Mi camino, en cambio, no es ni recto, ni curvo,
Llevo conmigo el infortunio,
Voy hacia nunca, hacia ninguna parte,
Como un tren sobre el abismo.
(Ana Ajmatova)
Un saludo agarimoso para Martín y el Sr. Traver:
La ternura disuelve
esa línea ilusoria
que divide las aguas
de la separación y del encuentro.
(Roberto Juarroz)