La rutina y sus tiempos 3

La mania es la cura de la depresión pero la depresión es la consecuencia de la mania

Recuerdo que cuando trataba a algun paciente bipolar, sobre todo para la prevención de las recaidas siempre recomendaba a mis pacientes una rutina en su vida, sobre todo en la toma de farmacos y en la higiene del sueño. Desconsejaba los turnos de noche, las juergas y el alcohol. Rara vez los pacientes nos obedecian y mucho tiempo después caí en la cuenta de que la palabra rutina tiene mala prensa. Y dejé de usarla, hasta hoy.

Hay un problema que está enunciado en la cita que preside este post. Los pacientes prefieren estar maniacos que deprimidos, y cuando se deprimen sienten nostalgia de su exaltación maniaca, de manera que nos encontramos aqui con un dilema. ¿Como hacer que los pacientes habiten un mundo neutral, mas o menos estable en lo que se refiere al humor? Eso hacemos con el litio o los normotimicos. Asi y todo hay que tener siempre en cuenta que los que han tenido esa experiencia de felicidad y exaltación que llamamos mania siempre guardarán un recuerdo de ese cierre del mundo que representa la manía y que de no ser por las consecuencias que acarrea a largo plazo, seria siempre ese lugar al que se desea volver.

Durante mucho tiempo la palabra rutina ha tenido mala reputación. Se asocia con monotonía, repetición o incluso con una vida aburrida. Sin embargo, desde la psicología y la filosofía de la vida cotidiana, la rutina no es el problema. De hecho, la rutina es una de las estructuras fundamentales que sostienen la estabilidad psicológica y la coherencia de una vida.

El verdadero problema no es tener rutina, sino qué tipo de tiempo contiene esa rutina.

Una vida puede estar llena de actividad y, aun así, sentirse vacía. Otra puede parecer repetitiva desde fuera y, sin embargo, estar llena de sentido, crecimiento y creatividad. La diferencia está en cómo se organiza el tiempo dentro de la rutina.

Podemos entender esto distinguiendo cuatro tipos de tiempo que aparecen en la vida humana.

1. El tiempo mecánico

Es el tiempo del reloj. El tiempo que se mide en horas, agendas y calendarios. Es el tiempo que organiza las jornadas laborales, las citas, las reuniones y las obligaciones cotidianas.

Este tiempo es necesario porque permite coordinar la vida social. Sin él, las sociedades no podrían funcionar. El problema aparece cuando toda la vida queda reducida a este tipo de tiempo. Cuando la existencia se convierte únicamente en cumplir horarios, responder correos, asistir a reuniones o completar tareas repetitivas.

Cuando una persona vive exclusivamente en tiempo mecánico, puede aparecer la sensación de estar “ocupado todo el día” pero sin avanzar realmente en la propia vida.

2. El tiempo funcional

El tiempo funcional es el tiempo orientado a objetivos. No se mide solo en horas, sino en progreso. Es el tiempo en el que las personas aprenden, entrenan, desarrollan habilidades y construyen proyectos.

Estudiar una carrera, mejorar en una disciplina, desarrollar una empresa o aprender una nueva competencia son ejemplos de tiempo funcional.

Este tiempo es fundamental porque construye capacidad. Gracias a él se desarrollan competencias, se alcanzan metas y se amplían las posibilidades personales.

Sin embargo, incluso una vida llena de metas y logros puede sentirse incompleta si falta algo más.

3. El tiempo creativo

El tiempo creativo es aquel en el que aparece algo nuevo. Aquí no se trata únicamente de cumplir tareas ni de alcanzar objetivos inmediatos, sino de producir ideas, reflexiones, obras o soluciones originales.

Es el tiempo en el que una persona escribe, investiga, diseña, pinta, reflexiona profundamente o se sumerge en un trabajo que exige concentración intensa.

En estos momentos muchas personas experimentan lo que se ha llamado “estado de flujo”: una sensación de atención plena y profunda implicación en lo que se está haciendo.

El tiempo creativo no solo produce resultados. También construye identidad. A través de él las personas sienten que están expresando algo propio.

4. El tiempo existencial

El último tipo de tiempo es el más profundo. Es el tiempo en el que una persona se detiene y se pregunta por el sentido de su vida, por sus valores o por la dirección que está tomando.

Aparece en conversaciones significativas, en momentos de reflexión, en el contacto con la naturaleza o en instantes de silencio en los que la persona toma distancia de la actividad cotidiana.

Este tiempo no produce resultados inmediatos ni logros visibles, pero cumple una función esencial: da significado a todo lo demás.

Sin tiempo existencial, incluso una vida llena de actividad, logros y proyectos puede sentirse vacía.

La verdadera cuestión de la rutina

La rutina no es necesariamente una cárcel. Puede ser una estructura que permite que estos diferentes tipos de tiempo convivan en la vida.

Una rutina equilibrada suele contener:

  • tiempo mecánico para organizar la vida
  • tiempo funcional para crecer y desarrollar capacidades
  • tiempo creativo para producir algo propio
  • tiempo existencial para recordar por qué se vive de esa manera

Cuando estos cuatro tiempos aparecen en la vida cotidiana, la rutina deja de ser una repetición vacía y se convierte en una arquitectura del sentido.

La pregunta importante entonces no es si tenemos rutina o no.

La pregunta es: ¿qué tipo de tiempo habita dentro de nuestra rutina?

Es por eso que es posible hablar de rutinificaciones creadoras que son asi mismo terapeuticas.

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Conversación y debate

3 comentarios

La lectura continúa aquí: objeciones, matices, preguntas y cruces con otros textos.

  1. Abre la puerta

    Clinica aparte, si la piel que habito a mi modo de ver son los valores, cualquier tiempo que habite es existencial, en tanto el resto de tiempos son recreados por un sentido que puede ser propio o trascendente. La diferencia es que en lo propio abre una puerta a una cierta angustia, en la medida de que cada decisión es definitiva en un tiempo como recurso que siempre se acaba agotando, centrado por tanto en obtener una libertad absoluta que desemboca en el absurdo de Camus.

    Cualquier tiempo bajo una visión existencialista trascendente es un camino o una preparación, los eventos tienen un eco que va mas alla de la vida biologica, donde la muerte no es un muro sino un umbral y, el presente un valor eterno donde lo personal se integra en un orden mayor.

    Y en cuanto al sufrimiento, el del sentido propio se percibe desde el tiempo como arma a la rebelión, el otro como tiempo de maduración.

  2. En el trastorno bipolar, la rutina puede convertirse en uno de los ejes más profundos de la recuperación, no porque elimine por sí sola el sufrimiento, sino porque introduce forma, continuidad y sostén allí donde el ánimo, el tiempo y la percepción de uno mismo tienden a dispersarse. Cuando la vida interior se vuelve irregular, la repetición de ciertos hábitos esenciales —dormir en horarios estables, proteger el descanso, exponerse a la luz, salir del encierro, moverse, ordenar la alimentación y cuidar el peso como parte del bienestar integral del cuerpo— deja de ser una suma de indicaciones externas para transformarse en una verdadera arquitectura de apoyo.

    Todas estas prácticas suman, pero el ejercicio físico y la nutrición ocupan un lugar particularmente decisivo, porque remiten a una decisión consciente, concreta y encarnada: levantarse, salir, caminar, entrenar, presentarse en un grupo, sostener una pauta alimentaria, dejarse acompañar por un profesor, un entrenador o un nutricionista. Precisamente por su carácter tangible, esas decisiones rompen la inercia, restituyen agencia y producen un efecto que va mucho más allá del esfuerzo corporal. Deben, sin embargo, introducirse de manera muy gradual, porque antes de consolidarse tienen que atravesar dos obstáculos centrales: la anhedonia y la irregularidad. Por eso no se trata de imponer un cambio brusco, sino de construir una secuencia posible, lenta pero firme, capaz de repetirse sin violencia.
    Entre esas decisiones, el ejercicio suele tener un valor especialmente estructural, porque incide de manera directa sobre el sueño, y el sueño constituye un núcleo fundamental en la estabilidad del trastorno bipolar. Allí donde el descanso se desordena, suele desorganizarse también el ánimo; por eso, toda práctica que contribuya a consolidarlo adquiere una importancia decisiva. Cuando además el ejercicio se sostiene en compañía —en grupos, con profesores, entrenadores o redes de apoyo— deja de ser solamente una exigencia individual y se convierte en una disciplina compartida, en una forma de pertenencia y de cuidado.

    La rutina, entonces, no debe entenderse como una cárcel, sino como una forma de libertad en construcción. Aquello que al comienzo parece una jaula —acostarse a horario, entrenar aunque cueste, comer con criterio, repetir una secuencia, aceptar límites— termina siendo, paradójicamente, la llave de una libertad más honda.

    Entonces ocurre algo fundamental: el tiempo mecánico de la rutina, el del reloj y la repetición, deja de ser una mera obediencia exterior y puede convertirse poco a poco en tiempo existencial, en una forma vivida de sentido. Trascender las limitaciones de la inercia no es sencillo; exige paciencia, tropiezos y perseverancia.

    Pero precisamente por eso conviene recordar que patientia vincit omnia: es en la regularidad, sostenida día tras día, donde muchas veces empieza a rehacerse la posibilidad misma de una vida más habitable.

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