Después de escribir mi anterior post y de alguna forma repensar esta canción de Beatles que podeis recordar aqui , no sé porqué me pareció que debiera escribir algo sobre a qué se refiere Paul Mc Cartney cuando habla de retornar a cierta puerta después de un largo y tortuoso camino, sobre el cual Campbell tambien escribió en aquella obra seminal que conocemos con el nombre del héroe de las mil caras.
El deseo y su regreso
El deseo no avanza. El deseo vuelve.
Creemos desear como quien traza una línea —del vacío a la plenitud, de la carencia a la posesión—, pero el deseo nunca ha sabido caminar en línea recta. Su forma es otra: curva, espiral, retorno. Cada vez que parece alcanzarse, ya está de vuelta. Cada vez que parece extinguirse, está preparando su regreso.
El deseo no aprende a terminar; aprende a repetirse de otro modo.
En ese largo y tortuoso camino que no conduce a ningún puerto definitivo, el deseo descubre algo esencial: no desea objetos, sino orígenes. No busca lo nuevo, sino lo anterior a toda pérdida. Por eso retorna. Por eso insiste. Por eso fracasa en su intento de quedarse.
La herida inaugural
El deseo nace de una separación. No de una falta concreta, sino de una escisión primordial: haber salido de algo que no sabíamos que era hogar. Esa salida —ese desprendimiento— es la primera herida, y el deseo no es otra cosa que la memoria activa de esa herida.
Deseamos porque recordamos sin saber qué recordamos.
Ese lugar previo a la escisión, anterior al lenguaje y a la forma, ha sido nombrado muchas veces como femenino. No porque pertenezca a la mujer, sino porque acoge sin poseer, porque no se impone, porque sostiene sin cerrar. Lo femenino, en este sentido, no es identidad: es condición de posibilidad.
El deseo, cada vez que cree avanzar, en realidad regresa hacia ahí.
Lo femenino como retorno, no como objeto
Lo femenino no es lo que el deseo conquista; es lo que impide que el deseo se cierre.
No es meta, sino horizonte.
No es respuesta, sino espacio donde la pregunta puede seguir viva.
Cuando el deseo se masculiniza en exceso —cuando se vuelve puro empuje, afirmación, apropiación— pierde su tensión creadora y se agota. Cree haber llegado. Y al llegar, muere. Entonces aparece el hastío, la melancolía, esa forma discreta del duelo por algo que no se sabe nombrar.
El deseo sólo sobrevive cuando se deja devolver.
Volver a lo femenino no es retroceder, sino desarmar la ilusión de progreso. Es aceptar que el sentido no está en ir más lejos, sino en habitar más profundamente. Que no se trata de poseer, sino de permanecer en relación.
Eterno retorno, pero no idéntico
El retorno no repite lo mismo. Repite con un resto.
Cada vez que el deseo vuelve, lo hace cargado de experiencia, de lenguaje, de pérdidas. No vuelve al origen intacto, sino a un origen herido por el tiempo, transformado por la conciencia. Por eso el retorno no es regresión, sino profundización.
El deseo retorna como quien vuelve a una casa que ya no existe, sabiendo que tampoco es el mismo que se fue. Y, sin embargo, algo reconoce. Algo se aquieta. Algo recuerda.
Ese algo es lo femenino como memoria del vínculo.
El lenguaje como mediación
Sin palabra, el deseo se desborda o se empobrece.
El lenguaje no lo domestica: lo sostiene.
Hablar el deseo no es explicarlo, sino darle forma sin clausurarlo. Nombrarlo es permitir que circule, que no se convierta en pura pulsión ni en pura renuncia. El lenguaje, como lo femenino, no cierra: media.
Por eso el deseo necesita relato. Necesita rodearse de símbolos, de silencios, de metáforas. Necesita no agotarse en la satisfacción inmediata. Necesita tiempo. Necesita retorno.
Conclusión: permanecer en el movimiento
El deseo no quiere llegar. Quiere seguir deseando.
Su camino largo y tortuoso no es un error del trayecto, sino su verdad más íntima. Y ese camino, una y otra vez, nos devuelve hacia lo femenino: hacia lo que no se posee, hacia lo que no se fija, hacia lo que sostiene sin prometer cierre.
El deseo no se resuelve. El deseo se habita.
Y en ese habitar —frágil, repetido, siempre incompleto— se juega no sólo el amor, sino la forma misma en que aceptamos vivir: no como conquista, sino como retorno consciente a aquello que nos mantiene abiertos.
Hacia una ontología del deseo.-
El deseo no es algo que tenemos. El deseo es algo que somos.
Toda ontología que comienza por el ser y deja el deseo como derivado —como apetito, carencia o accidente— fracasa en comprender lo esencial: que el deseo no ocurre en el ser, sino que el ser ocurre como deseo. No hay un sujeto primero que luego desea; hay una tensión deseante que, al estabilizarse provisionalmente, se llama sujeto.
El deseo no viene después del ser.
El deseo es el modo en que el ser se mantiene abierto.
1. El error de pensar el deseo como falta
Durante siglos se ha descrito el deseo como carencia: deseamos lo que no tenemos. Pero esta definición es ontológicamente pobre. Si el deseo fuera solo falta, desaparecería al colmarse. Y, sin embargo, el deseo persiste incluso en la satisfacción, a veces con más intensidad, a veces mutado en hastío, nostalgia o repetición.
La falta no explica el deseo. La falta es un efecto del deseo, no su causa.
Deseamos no porque algo nos falte, sino porque el ser no está clausurado. Porque existir no es coincidir consigo mismo, sino desbordarse, diferirse, abrirse. El deseo es el nombre de esa no-coincidencia estructural.
2. El deseo como diferencia ontológica
Ser no es identidad. Ser es diferencia sostenida.
El deseo aparece allí donde el ser no se agota en sí mismo. No empuja hacia un objeto; empuja hacia una relación. Por eso el deseo nunca se satisface plenamente: porque no busca completarse, sino mantener la diferencia viva.
Desde esta perspectiva, el deseo no es una energía que se gasta, sino una estructura de apertura. Es la forma mínima de trascendencia: no hacia lo absoluto, sino hacia lo otro, hacia lo que no soy y, sin embargo, me constituye.
El deseo no apunta al objeto. El objeto es solo una figura provisional del deseo.
3. Lo femenino como condición ontológica
Aquí aparece lo femenino, no como género ni identidad, sino como principio ontológico.
Lo femenino nombra una manera de ser que no se cierra, que no se agota en la afirmación de sí. No conquista, no domina, no totaliza. Acepta la alteridad sin disolverla. Acoge sin absorber.
Si lo masculino ontológico tiende a la forma, al límite, a la definición, lo femenino ontológico tiende al espacio, a la mediación, al intervalo. El deseo, en tanto estructura de apertura, pertenece a este segundo régimen.
Por eso el deseo retorna siempre hacia lo femenino: porque lo femenino no es lo deseado, sino lo que hace posible desear.
4. El eterno retorno del deseo
El deseo no progresa. El deseo retorna.
Pero este retorno no es circular ni idéntico. Es espiral. Cada vuelta regresa al mismo lugar ontológico —la apertura, la diferencia, la relación—, pero desde una configuración distinta del ser.
El retorno no es repetición de lo mismo, sino fidelidad a la estructura. El deseo vuelve porque no puede resolverse sin traicionarse. Resolver el deseo sería clausurar el ser.
Así, el eterno retorno del deseo no es una condena, sino una ontología del movimiento: el ser persiste en tanto no se fija, en tanto vuelve a abrirse una y otra vez.
5. Lenguaje, deseo y ser
El lenguaje no viene a explicar el deseo. Viene a sostenerlo.
Hablar no es cerrar el sentido, sino diferirlo. El lenguaje mantiene viva la distancia entre lo que se dice y lo que se quiere decir. Esa distancia es deseo en acto. Donde no hay palabra, el deseo se convierte en pura pulsión o en silencio mortífero.
El lenguaje es ontológicamente femenino: no coincide consigo mismo, siempre deja resto, siempre remite a otra cosa. Por eso el deseo necesita narrarse, rodearse, insinuarse. No para resolverse, sino para permanecer.
6. Ontología mínima del deseo
Podríamos resumir esta ontología del deseo en pocas tesis:
- El deseo no es una función del sujeto; el sujeto es una configuración temporal del deseo.
- El deseo no busca completarse, sino mantener abierta la diferencia.
- Lo femenino no es objeto del deseo, sino su condición ontológica de posibilidad.
- El retorno del deseo no es fracaso, sino estructura del ser no clausurado.
- Donde el deseo se extingue, el ser se endurece.
Cierre
El deseo no quiere ser satisfecho. Quiere seguir siendo deseo.
Y en ese insistir —en ese volver una y otra vez al lugar donde nada se posee del todo— el ser encuentra su forma más honesta: no la identidad, no la plenitud, sino la apertura sostenida.
Una ontología del deseo no promete salvación ni cierre. Promete algo más austero y más radical:
permanecer en relación con lo que nunca se deja poseer del todo.

Este post es una profundización sobre este otro bastante más antiguo. Para que veais que el deseo tambien tiene forma. En este caso un atractor-oscilador genera un campo sinuoso.
Cuando termines el artículo:

El Retorno es un Fake
El deseo como un intento de retorno al Edén perdido de la plenitud, por tanto el Edén como figura del estado del no_deseo. El fruto prohibido de una transgresión, la elección por el conocimiento, donde la aparición de la serpiente o libido alimenta energéticamente al sujeto a buscar un algo mas.
El pecado original perpetuándose en una ontología de la falta, que intenta llenar un vacío existencial, lo que pone en marcha el movimiento que crea realidades y conexiones. EL síntoma que oculta una angustia primordial de incompletud o, el no llegar a Ser en si para si, bajo una identidad definitiva.
A mi modo de ver y, es solo una opinión, a este deseo ontologico bajo una narrativa filosófica/psicoanalítica le acompaña un punto ciego, a imagen de la religiosa transgresión por la elección del fruto prohibido. Algo no cuadra, en tanto para que suceda una elección «Comer o no comer el fruto», la misma se ha de apoyar previamente de una separación de la plenitud, ergo la dualidad ya estaba presente antes de comer la manzana, en la elección misma. A la narrativa filosófica le pasa lo mismo, da por sentado que la unidad en el seno materno es un estado de plenitud indiferenciada a imagen del Edén, pero para entonces el feto ya es un estado de separación, un antes dual antes de comer la manzana, es un estado en blanco iluminado en contraste al negro o no existencia.
No existe el retorno al Edén, mas que como un estado comatoso, lo que se busca es eliminar la angustia, el síntoma el deseo, pero un estado sin deseo es una pared blanca, retorna a la separación primordial, la del Feto.
El problema y no puedo demostrarlo, es mas banal, pero no por ello deja de ser asombroso, es sencillamente una perdida de memoria de lo que había antes de la pared blanca o estado fetal, lo que había antes de la separación que ya estaba presente antes de comer la manzana. La falta de memoria aparece bajo un vacío existencial como síntoma, que detona el deseo apoyándose en la libido, dispuesta a comerse la manzana como remedio.
EL retorno es una Fake.