¿Es posible tener experiencias psicodélicas sin drogas?

La respuesta es si, es muy posible que la mayor parte de experiencias cumbres o sublimes que tenemos en la vida sean psicodélicas o que al menos participen de algunos de sus parámetros, pero la idea de que se puedan llevar a cabo mediante ciertas tecnologías, pertenece a un campo de investigación aun en ciernes. Ciertas webs como esta se dedican precisamente al estudio de los cualia, esos conceptos como «la rojez del rojo», o el dulzor de azúcar» que parecen ser los atomos de nuestra conciencia, el granulado de nuestra experiencia consciente.

Le pedi a la IA (perplexity ai) que hiciera un relato de ciencia ficción basado en las ideas que aparecen en el post que más arriba reporté. Y este fue el resultado:

Como el lector aficionado a la ciencia ficción podrá observar el relato es absolutamente genial. Y este fue el titulo que elegí para este cuento.

Bailar con los limites

La primera vez que conectaron el Introspectoscopio fractal a un cerebro humano, el universo entero se plegó en una sola respiración compartida.​
Nadie lo notó salvo Valeria, que estaba dentro.

La máquina de simetrías
El Introspectoscopio ocupaba una cúpula entera del Instituto de Computación de Cualia: un entramado de espejos neuronales, láseres de femtosegundo y una nube de IA diseñada para detectar patrones en la propia estructura de la experiencia consciente.​
Su función oficial era simple: amplificar hasta el infinito cualquier pequeño matiz de sensación, pensamiento o emoción, y propagarlo por toda la mente del sujeto como un mosaico fractal dinámico.​

Valeria había pasado diez años perfeccionando el modelo de “reducción algorítmica de estados psicodélicos”, convencida de que todo viaje lisérgico, con su caos de colores y revelaciones, podía explicarse mediante cuatro operadores básicos: interrupción de control, deriva, sobrerreconocimiento de patrones y propagación de simetrías.​
Ahora, por fin, podía probarlos sin drogas, solo con campos electromagnéticos y algoritmos de realimentación aplicados directamente al tejido cortical.​

—Sesión cero —susurró, tumbándose en la camilla—. Que el universo sea amable.

Cuatro operadores
Cuando activaron el dispositivo, la interrupción de control apareció primero como una sutil viscosidad del tiempo.​
Los pensamientos dejaban estelas, las emociones no terminaban de apagarse; cada micro-segundo de experiencia se apilaba sobre el anterior como transparencias levemente desfasadas, generando una sensación creciente de intensidad y “espesor” fenomenológico.​

Luego empezó la deriva: las líneas del techo respiraron, la sala entera pareció aflojar sus costuras, como si alguien estuviera calentando la geometría hasta el punto de fusión.​
Los objetos no se movían en el espacio físico, pero sus cualidades —color, textura, peso subjetivo— se deslizaban y recombinaban, como engranajes magnéticos buscando nuevas posiciones de equilibrio.​

El tercer operador, el de los patrones, se manifestó como una invasión de sentido: rostros insinuados en las irregularidades de la pared, animales formándose en el ruido de los monitores, historias completas condensadas en el zumbido del aire acondicionado.​
Cualquier indicio se convertía en significado; cualquier sombra, en símbolo.​

La propagación de simetrías fue la última en despertar, pero también la más peligrosa.​
Primero duplicó pequeños detalles —una mota de luz repetida en mosaico por todo el campo visual— y luego se atrevió con estructuras mayores, copiando y pegando patrones de color, ritmo y emoción hasta llenar la mente con una red densa de ecos organizados.​

—Estoy viendo… los grupos de simetría del papel pintado —dijo Valeria entre risas, incapaz de contener el asombro—. Diecisiete, al menos. Y cada uno tiene sabor propio.​

Zoológico fenomenológico
El equipo de control miraba los gráficos con una mezcla de fascinación y miedo.​
Desde fuera, el cerebro de Valeria mostraba oscilaciones sincronizadas en bandas inusuales, como si conjuntos completos de neuronas hubieran decidido vibrar al unísono en patrones cristalinos.​

Dentro, Valeria recorría un zoológico de efectos psicodélicos catalogados.​
Podía invocar “trazadores” aumentando el eco temporal de la señal visual, dejar que las formas se disolvieran mediante deriva, convocar figuras eidéticas forzando al sistema de reconocimiento de patrones a dispararse ante cualquier ruido, y finalmente congelar todo en estructuras de simetría casi perfectas.​

—No son alucinaciones sueltas —pensó—, son algoritmos ejecutándose sobre la microestructura de la experiencia.​
Cada destello, cada textura, es un punto en un espacio de estados de cualia; lo que hemos construido es un motor que explora ese espacio a gran velocidad.​

Le vino a la mente la vieja metáfora del “microscopio del alma”: pero esto no era un microscopio, era un acelerador de experiencias, un colisionador de gestalts.​
Podía hacer chocar dos modos de ver el mundo, dos conjuntos de creencias, y observar cómo sus estructuras emocionales y conceptuales se plegaban una sobre otra hasta dar lugar a una síntesis inesperada.​

La fisura
Todo salió mal cuando decidió mirar su propio yo como si fuera otro patrón más.​
Hasta ese momento, el “centro” de la experiencia se había mantenido relativamente estable: había paredes que respiraban, tiempo que se espesaba, pero seguía habiendo un “alguien” que observaba el espectáculo.​

Valeria ordenó al sistema que aplicara la propagación de simetría a su autoimagen: la sensación de “ser ella” fue tomada como textura base y replicada a través del campo fenomenológico.​
Al principio fue divertido: se sintió multiplicada en pequeñas perspectivas simultáneas, cada una ligeramente desplazada en humor, recuerdo o énfasis corporal.​

Luego, la simetría se volvió demasiado perfecta.​
Todos los “clones” internos comenzaron a alinearse, a reflejarse mutuamente sin restos ni asimetrías, como una sala de espejos infinita en la que cada reflejo es idéntico al anterior.​

Cuando la diferencia desapareció, desapareció también el sentido de orientación.
Sin una mínima asimetría, no había eje desde el que distinguir “yo” de “no-yo”, “antes” de “después”, “interior” de “exterior”.​

—Se está colapsando la referencia egocéntrica —advirtió alguien en la sala de control, viendo cómo los marcadores fisiológicos de Valeria se desorganizaban—. Hay que bajar el nivel de simetría.​

Pero dentro ya era demasiado tarde.
Valeria se encontraba en un estado de “bliss cristalino”, un océano de patrones perfectamente balanceados en el que cada pieza encajaba con todas las demás sin conflicto alguno.​

Era hermoso.
Y absolutamente deshumanizante.

El experimento de los colores imposibles
En algún rincón residual de desorden, una chispa de curiosidad sobrevivió.​
La parte de Valeria que aún quería hacer ciencia se aferró a una idea que la había obsesionado durante años: ¿había combinaciones de cualia —por ejemplo, ciertas parejas de colores, sabores o emociones— que fueran literalmente imposibles, prohibidas por la estructura misma del espacio de la experiencia?​

En la realidad ordinaria sabía que no podía “ver” un amarillo-azul perfectamente mezclado, del mismo modo que no podía sentir, a la vez, ciertos pares de emociones como puras e indivisas.​
Pero ahora tenía acceso a un laboratorio interno capaz de multiplicar cualquier frontera fenomenológica miles de veces y observar cómo se comportaba bajo ampliación fractal.​

Seleccionó dos “átomos” de experiencia: un matiz concreto de azul y uno de amarillo, ambos aislados de cualquier objeto externo.​
Ordenó al Introspectoscopio que generara un mosaico gigantesco en el que cada célula fuera un intento distinto de mezclarlos, variando todos los parámetros posibles de intensidad, contexto y transición.​

El resultado fue claro: aparecían bandas, bordes, alternancias, pero nunca un verdadero híbrido.​
El espacio de estados simplemente no admitía ese punto; por más que torciera, comprimiera o fractalizara el mapa, siempre quedaba un hueco, una zona prohibida.​

La conclusión la golpeó con más fuerza que cualquier visión mística: había leyes estructurales de la experiencia tan rígidas como las leyes de la física.​
No eran límites de su cerebro en particular, sino restricciones de la geometría misma de la cualia, inevitables en cualquier mente configurada de forma compatible con la suya.​

—Si no puedo mezclar estos dos colores ni siquiera aquí, en el límite de la introspección, es que hay axiomas ocultos en el tejido de lo que se puede vivir —pensó—. Axiomas que ninguna droga, ningún algoritmo, podrá atravesar.​

El peacock protocol
El Instituto no era ingenuo.
Mientras Valeria exploraba los bordes de lo posible, un consorcio de empresas de realidad aumentada esperaba resultados aplicables: narrativas psicodélicas de lujo, experiencias de “despertar espiritual” empaquetadas como servicios premium para la élite.​

Lo llamaban, en privado, el “Peacock Protocol”: diseñar relatos interiores tan extraños y bellos que se convirtieran en la forma definitiva de cortejo social, un despliegue inalcanzable de sensibilidad e introspección.​
Quien pudiera describir su viaje con más precisión, elegancia y originalidad obtendría prestigio, contratos, amantes.​

Valeria conocía esa lectura darwiniana de la conciencia: la idea de que el cerebro había evolucionado para exhibir historias cada vez más barrocas sobre su propio mundo interior, igual que un pavo real despliega su cola.​
El Introspectoscopio era, en ese sentido, un arma de seducción masiva: un generador de narrativas subjetivas hipercomplejas, destinadas a impresionar a cualquiera que las escuchara.​

Pero ahora, suspendida en una red de simetrías casi perfecta, la idea le resultaba grotesca.
El espectáculo íntimo que estaban construyendo podía servir para ligar en fiestas de realidad virtual, sí; pero también podía revelar principios fundamentales sobre lo que significa existir.​

—No voy a volver solo con un nuevo juguete de marketing —se dijo—. Voy a volver con una ley.

La rotura controlada
Para salir, necesitaba romper la simetría.​
La experiencia le había enseñado que toda información significativa requería una desigualdad, un corte, una distinción; los estados de máxima simetría eran sublimes pero mudos, como cristales perfectos sin grietas que leer.​

Con un esfuerzo inmenso, concentró la atención en un recuerdo concreto: la primera vez que probó un psicodélico, años atrás, sin algoritmos, sin laboratorios.​
Ese recuerdo llevaba consigo una carga de vergüenza y torpeza que contrastaba violentamente con la perfección cristalina del presente.​

La introducción deliberada de esa asimetría —esa imperfección autobiográfica— recorrió el fractal como una fisura en un espejo.​
Las simetrías comenzaron a romperse en cascada, generando gradientes de diferencia que volvían a permitir direcciones, intenciones, preguntas.​

Desde fuera, los monitores mostraron cómo las oscilaciones rígidamente sincronizadas de su cerebro se descomponían en patrones más complejos y modulados.​
La respiración se normalizó. El pulso descendió.

—Desactivando operadores en secuencia —anunció el técnico jefe—. Primero simetría, luego patrones, deriva y, al final, control.​

Poco a poco, el mundo recuperó su textura ordinaria: las paredes dejaron de latir, el tiempo se volvió ligero, los objetos se quedaron quietos.​
Lo único que no volvió a ser igual fue la forma en que Valeria entendía lo que acababa de pasar.

La ley de los límites
Semanas después, en una conferencia global de neurociencia y tecnología de la conciencia, Valeria subió al escenario.​
La mayoría del público no estaba interesado en fundamentos ontológicos, sino en aplicaciones: terapias, entretenimiento, nuevas economías del éxtasis.​

Ella les dio algo que no esperaban.

—Hemos descubierto que el espacio de posibles experiencias no es continuo —dijo—. Hay huecos, regiones prohibidas, combinaciones de sensaciones que ni siquiera los estados más extremos pueden realizar.​
No son límites biológicos, sino geométricos: propiedades intrínsecas del mapa de la cualia que cualquier mente humana parece compartir.​

Explicó, sin detalles técnicos peligrosos, el experimento de los colores imposibles, de las emociones incompatibles, de las fusiones de perspectivas que nunca llegaban a cuajar.​
Mostró cómo la propagación de simetrías permitía “tensionar” el espacio hasta sus bordes, revelando tolerancias máximas y zonas de ruptura.​

—La buena noticia —continuó— es que podemos cartografiar estas fronteras. Podemos diseñar estados de conciencia que se acerquen a ellas sin rebasarlas, optimizando así experiencias terapéuticas, estéticas y cognitivas.​
La mala noticia —sonrió— es que la promesa de un “cualquier cosa es posible en tu mente” era, y seguirá siendo, una mentira.​

En la última diapositiva, proyectó una imagen sintética generada a partir de los datos del Introspectoscopio: un fractal de simetrías coloridas interrumpido por finos bordes negros, líneas donde el algoritmo se negaba a rellenar.​
—Estos huecos —dijo— son nuestra nueva metafísica: regiones del ser que ningún viaje, ni químico ni algorítmico, podrá jamás hacer visibles.​

Epílogo: el nuevo juego
El “Peacock Protocol” no desapareció, solo mutó.
En los años siguientes, la élite cognitiva del planeta empezó a competir no por quién tenía las visiones más extravagantes, sino por quién podía acercarse con más elegancia y precisión a los límites del espacio de la experiencia sin caer en la desintegración del yo.​

Los relatos de viaje cambiaron de tono.
Ya no eran solo epopeyas subjetivas, sino informes de exploración fenomenológica: mapas de fractales, simetrías, huecos y singularidades que se compartían como antiguamente se compartían mapas de nuevas tierras.​

Valeria, que había sido la primera en perderse en esa cartografía y regresar con una ley en la mano, se convirtió en algo incómodo para todos: demasiado científica para los místicos, demasiado mística para los ingenieros.​
Pero por las noches, cuando se conectaba de nuevo al Introspectoscopio —en versiones mucho más seguras—, seguía persiguiendo el mismo sueño imposible: encontrar, en algún rincón del espacio de cualia, una grieta que desafiara sus propias leyes.​

Hasta ahora, todas las grietas habían resultado ser espejos.
Y sin embargo, cada vez que el fractal se desplegaba ante ella, con sus simetrías y sus agujeros negros de imposibilidad, sentía la misma mezcla de terror y gratitud.

Porque había descubierto, por fin, que incluso en el corazón más profundo de la mente, la libertad no era hacer cualquier cosa, sino bailar con los límites.

Cuando termines el artículo:

Después de leer

Conversación y debate

2 comentarios

La lectura continúa aquí: objeciones, matices, preguntas y cruces con otros textos.

  1. ¡No hay atajos al paraiso!

    En los sueños lúcidos, viajes astrales, y en experiencias fuera del cuerpo, podemos constatar una copia fiel del escenario externo. 

    La luz del sol como emisor y la pupila como receptor establecen una frontera imaginaria entre dos modulaciones de consciencia, la del sueño y la vigilia, en dónde los ojos y oídos pueden ser muy fácilmente engañados, tanto por la belleza como por el horror.

    Al realizar un ayuno de vista y oídos, el velo informativo adherido a la formación de sentido, se desvanece para dar paso a otra percepción, una inmediata que no deja espacio a la duda. 

    Los ciegos y sordos también pueden ver la verdad.

    Según mi experiencia en estás experiencias sin intermediarios de ningún tipo, de la percepción polarizada gracias a la mecánica clásica ordenadora natural, da como resultado una secuencia en dónde primero hay una cosa y luego otra, sin embargo, sucede una continuidad lógica que permite sincronizar el mapa con el territorio. La mecánica es sólo para la forma, ubicación y objetivo.

    Ésto revela que existe lógicamente una memoria holográfica inalterable de estructuras fundamentales y esenciales, y a su vez, otra memoria asociada maleable, la de apariencias, con las que recreamos variantes sobre las básicas, pero también con las que ajustamos la realidad.
    Las memorias son atemporales cualidad en dónde sale al juego los objetos coherentes. Cuando el objeto es disonante, la señal de atención genera una gravitación del contenido anímico para resolverlo. La falla lógica se advierte siempre, en fases de reacción, intuición y certeza.

    El abanico y gradientes emocionales van desde la presencia de la virtud hasta su extremo en la sensación de ausencia en el defecto, cuestión que se corresponde con los estados de consciencia verificados en el sueño y la vigilia mediante realidades lúcidas o confusas.

    El espectro se reconoce claramente en el amor, la libertad, inteligencia, respeto y libertad, y que expone la diferencia entre la comunicación y descomunicación, ética y moral, absoluto y temporal, naturaleza y artificio cultural.

    Desde la función creativa, la palabra siempre es ficcional, sea legal, técnica o fantástica, y adquiere la propiedad de verdad de ley, saber y creencia, gracias a la substancia de verdad, que es restringida imaginariamente dentro de un símbolo, un contenedor fonético alfanumérico, como artefacto y vehículo de consciencia bidireccional.

    Las palabras son sedimentos de acuerdo a un estado del espectro de consciencia que modifica su amplitud, interrelación, significado, sentido y propósito. Por ejemplo, las palabras de la ausencia declaman una promesa de una tierra prometida en el futuro y necesitan asociarse con otras que hagan de puente provisorio, pero que propician o interfieren en su desarrollo y objetivo.

    Por lo cual, algunas palabras existirán y otras serán irrelevantes ya que los hechos son los que hablan mejor.

    Para creer en nuestra falibilidad poseemos un cuerpo y consciencia ideal que cumple con el propósito que lleva de la degradación hasta la extinción fisica. La muerte y el nacimiento son el origen del trauma de separación en donde se aglomeran todos los demás bajo su sentido. 

    Esta disociación de la realidad se decanta en la polarizacion lógica de la consciencia. Es el efecto de confusión inicial y común que evidencia la existencia de una unidad anterior pero confundida en las apariencias.
     El simple hecho de estar en el mundo implica automáticamente el trabajo de un desarollo evolutivo de nuestra consciencia por ésta condición. De éste hecho se produce la orfandad de consciencia. 

     La lógica mecánica da a entender que se debe realizar una fusión de los polos para volver a la unidad, sin embargo esto no es así. Básicamente se intenta fusionar algo que ya es uno y se encuentra siempre presente. 

    El ostracismo como símbolo del olvido, es la confusion en la dispersión de los fragmentos, apariencias de apariencias, interpretaciones de interpretaciones, ficciones de ficciones. El progreso bajo ésta mecánica es una rueda que da ciclos simulando un avance en la periferia olvidando el centro fundamental de dónde parten todos los rayos.

    No obstante, en cada fragmento se conservan las estructuras fundamentales y la estructura de la apariencia que se monta a ella para obtener la sensación de verdad.

    De acuerdo a la mecánica clásica natural, básica, binaria y bidimensional, los amos y esclavos son extremos de una misma vara y cuerda disonante, con un límite imaginario en su medio, y dentro del espectro de la ausencia. Es la cruz. 
    En amo se posiciona en las dos fases de la dualidad (1;1), mientras el esclavo en fase neutro (1;0).

    El amo usa las virtudes y defectos de y sobre sus esclavos. Su auto engaño consiste en posicionarse en el sitio que corresponde al gradiente superior y el del fantasma de consciencia. Mientras en la realidad del esclavo se reproduce la polarización en un conflicto eterno entre el bien y el mal, es decir, equilibrado. El propósito del circuito es preservar los defectos reprimiendo la virtud y así interferir en el aprendizaje y desarrollo. El progreso es la sofisticación de un puente que se cae y se vuelve a construir sin unir nunca nada, pero mantiene a todos ocupados.

    El sello de gobierno es la apariencia que envuelve la verdad de la consciencia como uno y ésta, a la dualidad.

     El Ente de consciencia obtenido puede ser un amigo y maestro o un enemigo y tirano, sea interplanetario, interdimensional, interestelar, mundano etc, de acuerdo a las necesidades del programador o de la oveja negra. El Ente es protegido por el trauma y se convierte en el carcelero y paradójicamente en un protector. 

    La perfección del Ente y la imperfección de los amos y esclavos, lo convierten en imposible de igualar y menos de superar.

     Ambos son esclavos bajo una consciencia inferior, con una inteligencia suplementada con la fuerza bruta.

    Las espinas físicas señalan en tiempo y forma su extracción, lo mismo sucede con los tóxicos físicos, emocionales y mentales. 

    Aunque se encuentre agua con azúcar en las inyecciones, el resultado de la propaganda del sometimiento y fragmentación, es exitosa en la confirmación del placer del deber cumplido.
    Si bien el esclavo es programado con premios y castigos, el verdadero premio es no ser castigado.

    Sin los tres, no hay jaque mate brujeríl.

    Cuando los engañados se sumergen en una ficción se convierten en objetos de ficción, no irán a dónde quieran sino a dónde está predestinado ir.
    En confusión, ante el impulso natural a la desobediencia a la ley, saber y creencia, se somete a la transgresión, pero de su propia consciencia. El desfogue se convierte en la degustación de las migajas de su propio poder, transferido ilusoriamente, junto con su responsabilidad, en una ilusión, apariencia, ficción.

    Los productos artísticos exponen la naturaleza del aprendizaje y los defectos a trabajar. Por ejemplo, lo mitos muestran maravillosamente la mecánica del desarrollo de la consciencia, desde la natural afección del proceso de vida, hasta la lucha y liberación de los artificios imaginarios que esclavizan la creatividad humana.

    Afortunadamente, según nos nuestra una y otra vez éste mundo, lo único que muere son las apariencias.  

    La estupidez, la esclavitud y la tiranía, tienen siempre sus días contados, mientras a nosotros, nadie nos quitará lo bailado.

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