El caso de la sexóloga inocente (problema mental)
Supongamos una sexóloga que lo sabe todo sobre el sexo pero nunca hubiera tenido una experiencia sexual, ni siquiera autoerótica. Supongamos que un dia la sexóloga encuentra novio y comienza a tener sus propias sensaciones sexuales.
La pregunta es: ¿Añade algo este conocimiento subjetivo a los que ya sabía que era teóricamente todo? ¿Le faltaba algo por saber? ¿Podria explicarle eso que le faltaba por saber a otra sexóloga en sus mismas condiciones?
La mayor parte de ustedes sometido a este experimento mental dirán que una cosa es la teoría y otra cosa la práctica: dicho de otro modo, que no se puede saber nada sobre el sexo sin haberlo experimentado en primera persona.
Pero esa respuesta es muy discutible y sólo bordea de lejos el problema epistémico que quiero alumbrar en este post y que es una versión psicológica de otro experimento mental conocido como «El cuarto de Mary», propuesto por Frank Jackson y que trata de una investigadora científica sobre el color (que lo sabe todo sobre el color) pero ha vivido en un entorno de blancos y negros. Se trata de experimentos mentales algo forzados pero que nos hacen pensar en cuestiones difíciles de la consciencia humana y sobre todo en ese binomio que conocemos como saber (ciencia) y experiencia (empirismo). Y que Thomas Nagel nos describió en aquel artículo ya de culto titulado. ¿Qué se siente al ser un murciélago?
Del saber se ocupa la ciencia: la sexóloga lo sabe todo sobre su disciplina pero carece de experiencia. La mayor parte de nosotros estaremos persuadidos con la idea de que sin experiencia personal uno/a no puede saber nada de nada, pero como he dicho más arriba esta idea es muy discutible por lo siguiente:
Un electricista puede arreglarle sus averias domésticas en un abrir y cerrar de ojos sin saber nada de la electricidad, un cirujano puede operarle de algo sin saber lo suficiente de medicina, un labrador puede predecir el tiempo sin saber meteorología, un vendedor puede endosarle cualquier cosa sin saber una palabra de psicología, un pianista puede ejecutar a la perfección a Bach sin saber nada del Barroco. Y al revés: un psicólogo puede saber mucha psicología pero carecer de habilidades sociales o personales, un erudito puede conocer todo sobre cualquier cosa y ser incapaz de hacerla práctica, ganar dinero con ella o de transmitirla a sus alumnos. Su pareja sexual puede decirle que disfruta mucho con el sexo pero usted no podrá nunca estar seguro de ello.
Estamos solos frente a nuestras experiencias personales puesto que la sexóloga no podría nunca saber si su experiencia es la misma que tiene usted con el sexo, es por eso que construimos consensos. Dicho de otra manera, la experiencia personal, la cualidad de lo subjetivo, es inefable, intransmisible y aunque podamos consensuar que el sexo es divertido y placentero para todos, lo cierto es que no podemos estar seguros de ello, puesto que la experiencia se vive en primera persona y por tanto existe un cierre categorial a la experiencia ajena. Damos por buenos los consensos y asi decimos que el sexo es placentero como damos por bueno que la música de Beethoven es mejor de la de Bisbal. Esto es lo que sostenemos en publico, pero ¿es cierto?
La verdad del asunto es que cuando oigo en un concierto una pieza musical que a mi personalmente me emociona no puedo estar seguro de que mi experiencia sea la misma que la de mi vecino del asiento de al lado. Todo parece indicar que si, mi vecino también tiene esa cara beatífica que se nos pone a todos cuando escuchamos una pieza que nos gusta, tambien puede reirse al mismo tiempo que yo, o puede ponerse a llorar si la película es de esas emotivas. Pero nadie puede estar seguro de que está llorando, riendo o emocionándose por lo mismo que yo. Sucede todo por aproximación, eso que llamamos empatía.
Dicho de otro modo: la experiencia subjetiva es un qualia.
Los qualia se definen como eventos cualitativos del cerebro y que se identifican con nuestra subjetividad, aquello que nos hace diferentes de los demás como por ejemplo las preferencias o los sentimientos. Se trata del enigma más peliagudo de las neurociencias y que ha dividido a los investigadores en dos grupos: en uno de ellos se encuentran aquellos que piensan que entre un evento electroquímico y un qualia hay un salto demasiado grande para ser conceptualizado con nuestros intrumentos de medida actuales y otros que piensan por el contrario que los qualias son tan estudiables y comprensibles como el movimiento o la contracción muscular.
Y yo soy de los que piensan que los qualia no son nada, pero nada comprensibles. Fingimos que los compartimos pero no es cierto.
Todo procede de una discusión que tuvimos el otro dia en cierto foro a partir de este artículo donde los autores se preguntan si los animales tienen sexo por placer. La idea políticamente correcta es suponer que sí, nosotros los humanos tenemos sexo por placer, entonces antropomorfozizamos a los animales y concluimos que también. Hasta los curas lo dicen, Dios hizo que el sexo fuera tan placentero para asegurarse la reproducción. Pero la verdad es que cuando pensamos en nosotros, estamos pensando en un mamífero muy evolucionado, que tiene consciencia, libre albedrio y que construye planes para hacerse la vida más divertida. Y cuando pensamos en animales estamos pensando también en mamíferos, perros, gatos, cerdos, etc.
Pero no se nos ocurre pensar en los insectos, los peces o los gusanos. ¿Se reproducen los animales por placer, incluyendo a los ovíparos, a los que ponen los huevos en el agua o a los hermafroditas o reptiles? Por no hablar de la escala unicelular. ¿Tienen orgasmo los paramecios?
¿Y si el sexo es tan placentero por qué los animales no lo usan con más frecuencia como hacemos nosotros? ¿Por qué ceñirse a los estros? ¿Por qué no hacer como los bonobos y construir una sociedad lúdica basada en el intercambio sexual libre? ¿Por qué el sexo está teñido de tragedia y el coito aparece casi siempre como algo forzado, impuesto por el macho hacia la hembra?
Lo cierto es que no podemos estar seguros de que los animales tengan sexo por placer, ni siquiera podemos saber si los animales tienen placer cuando copulan. Puesto que el placer de cada animal es un qualia de su especie y todo parece indicar que cada especie tiene su especialidad de qualias. Y el placer es un qualia y no puede reducirse a un hecho fisico, el placer es algo que va más allá de lo que entendemos como placer, nosotros los humanos.
Mi conclusión es que la sexóloga puede saberlo todo sobre el sexo pero si no tiene la experiencia y el aprendizaje concreto su saber es un saber cientifico, es decir un saber sin alma (fisicalista y cojo), descascarillado, un saber que no conoce. Experimentar el sexo por sí misma es un buen bagaje que le permitirá rebotar sus conocimientos con su propia experiencia, pero ese conocimiento no le permitirá generalizar la idea de que el sexo es bueno, saludable, benéfico o que existe una manera especial de gozarlo que es por definición mejor que otra.
Cada uno en este sentido es el administrador-gestor de sus propios qualias. Incluso es posible que haya quien no quiera saber nada de ese placer.
Un poco más de qualias.-
Un qualia (plural: qualia) es un término filosófico que se refiere a la experiencia subjetiva, individual e inefable de una sensación o percepción. Son las cualidades internas y personales de cómo se siente algo, como el «rojo» que percibes al ver un tomate, el dolor de un pinchazo o el sabor del chocolate. Estas experiencias son únicas para cada persona y no pueden ser completamente comunicadas o compartidas con otros, ya que son intrínsecamente subjetivas.
Por ejemplo:
¿Cómo describirías el olor de la lluvia a alguien que nunca lo ha experimentado?
El «rojo» que ves, ¿es exactamente el mismo que el que percibe otra persona?
Los qualia son centrales en debates de filosofía de la mente, especialmente en cuestiones sobre la conciencia, el dualismo y el materialismo, porque plantean el desafío de explicar cómo las experiencias subjetivas surgen de procesos físicos en el cerebro. Algunos filósofos, como David Chalmers, argumentan que los qualia representan un «problema difícil» para la ciencia, ya que no pueden reducirse fácilmente a explicaciones objetivas.
Dicho de otro modo, los qualia son eventos no computables.
David Hameroff y los qualia.-
La idea por la que Hameroff pretende explicar el problema dificil de la conciencia es más o menos ésta.
La conciencia o quizá algo protoconsciente es fundamental en el universo, es parte de nuestra realidad como el movimiento de rotación, la masa o la carga eléctrica, es decir cierta propiedad fisica de la que sólo podemos decir «está ahi». La conciencia es una de estas propiedades, un punto de vista que comparte con Chalmers que piensa que la conciencia conlleva algo intrínseco al universo.
Penrose y Hameroff piensan que los qualia deben existir en el nivel fundamental del universo, en el nivel de realidad mas bajo que existe en términos de la escala de Planck: aquel nivel donde el espacio-tiempo ya no es continuo sino cuántico. Al descender a ese nivel el espacio-tiempo se convierte en una granularidad -un totum revolutum– y este es el nivel fundamental. Es aqui donde Penrose y Hameroff suponen que existen los qualia como patrones de esta granularidad fundamental de la geometría del espacio-tiempo.
En este sentido los qualia serían eventos de muy baja energía que apenas podríamos percibir. El inconsciente es un ejemplo de esa sopa de qualias que habitan nuestro cerebro. Una granularidad de qualias que nos hacen únicos.
Nuestras mentes son intrínsecamente distintas a los ordenadores clásicos y parecen procesar la información más bien en un estilo Sherlock Holmes, no a través de decisiones binarias sino siguiendo pistas oscuras y sutiles. Penrose descubrió que la única fuente en el universo que podía trajinar con esta forma de energía no computable es el tipo particular de colapso de función de onda debido a la gravedad cuántica en la escala fundamental de Planck. No sólo se relaciona con los qualia sino que también conlleva un factor no algorítmico que distingue nuestras decisiones de las de los computadores, de modo que concluyó – aun sin conocer los trabajos sobre microtúbulos de Hameroff- que en el cerebro debería darse algún tipo de computación cuántica que no podía estar en los nervios ni en las neuronas.
De lo cual se desprende que existe un factor «platónico», un factor de qualia no computable presente en cada tipo de elección y en cada experiencia mental.
Bibliografia.-
Susan Blakemore. Conversaciones sobre la conciencia. Entrevista a Stuart Hameroff, pag 163-174.
La personalidad, una entidad rugosa.
Cuando termines el artículo:
Interesante columna, marca de la casa, que no saca de los prosaicos Ábalos y los temibles Israel/Irán/USA
No se ha mojado en lo que ahora es de mas actualidad al respecto. La Inteligencia Artificial.
Y hasta que punto una herramienta como esa no es la versión mas fría de la sexóloga del comienzo de su columna. Y hasta que punto esas IA, con las que básicamente nos comunicamos por vista y oído, pueden trascender a tan imperfectos interfaces.
O es que la clave para hacer que esa herramienta sea eficaz es que nosotros reduzcamos la complejidad de nuestros interfaces, y que los adocenemos a los de terceros. Un mínimo común múltiplo sobre unas interfaces muy limitadas donde pareciera que su eficacia como herramienta dependiera de un nivel general cada vez mas bajo.
Un cordial saludo
Efectivamente la IA ha desenmascarado a la sexologa, esto es lo que de momento hace. Te parece poco?