Este post debe leerse como prolongación del anterior aunque vayamos a hablar de un libro de ciencia ficción.

«Un fuego sobre el abismo» (A Fire Upon the Deep), publicada en 1992 por Vernor Vinge, es una novela de ciencia ficción de tipo space opera que ganó el Premio Hugo en 1993. La historia se desarrolla en una galaxia dividida en «Zonas de Pensamiento», regiones con diferentes leyes físicas que afectan la inteligencia y la tecnología. En el núcleo galáctico, la «Zona Lenta», las capacidades tecnológicas e intelectuales están limitadas, mientras que en las zonas externas, como el «Allá» y el «Trascenso», se encuentran civilizaciones avanzadas y superinteligencias conocidas como Poderes.
La trama comienza cuando una expedición humana del reino de Straumli, explorando un archivo de datos en el Allá, despierta accidentalmente una superinteligencia maligna conocida como la Plaga (o el Azote). Esta entidad, que llevaba dormida miles de millones de años, desata un caos galáctico al expandirse y amenazar a todas las civilizaciones. Un grupo de humanos, incluyendo a dos niños, Jefri y Johanna Olsndot, escapa en una nave con un artefacto crucial, la Contramedida, que podría detener a la Plaga. La nave se estrella en un planeta habitado por los Púas, una especie alienígena fascinante: seres similares a perros que solo alcanzan inteligencia colectiva al formar grupos que se comunican por ultrasonidos, viviendo en una sociedad medieval.
La novela sigue dos hilos principales. Por un lado, Ravna Bergsndot, una humana en el Allá, junto a Pham Nuwen y dos Escondritas (seres vegetales con implantes cibernéticos), emprende una misión para rescatar a los niños y recuperar la Contramedida. Por otro, en el planeta de los Púas, los hermanos Olsndot se ven envueltos en conflictos entre facciones de esta especie, enfrentándose a intrigas y traiciones mientras intentan sobrevivir. La narrativa combina acción, intriga y exploraciones de conceptos como la singularidad tecnológica, la inteligencia artificial y las dinámicas de civilizaciones alienígenas.
Vinge crea un universo rico y complejo, destacando por su imaginación en la creación de especies como los Púas y los Escondritas, y por su exploración de las Zonas de Pensamiento, que determinan las posibilidades tecnológicas y cognitivas. Aunque la novela brilla por su ambición y creatividad, algunos críticos señalan que los personajes humanos pueden carecer de profundidad en comparación con los alienígenas, y que la escala épica a veces diluye el impacto emocional de los eventos.
La destrucción de Dios.-
La destrucción de Dios es una metáfora perfecta para el resultado de una rápida disminución de la dimensionalidad. Los sistemas nerviosos sanos presentan niveles de activación/dimensionalidad estables y adecuados al contexto. Sin embargo, mantener esta dinámica es una tarea muy compleja, especialmente fuera de nuestro entorno ancestral (¡la metaestabilidad es difícil!). Cuando los niveles de energía se vuelven irregulares, el cerebro no siempre tiene tiempo para ordenar las cosas con precisión, lo que puede producir «destrucción de Dios»: fragmentos de estructura de alta dimensión congelados que no pueden ser utilizados ni metabolizados por las redes de baja dimensión en las que están insertos. Es decir, la destrucción de Dios es trauma, y el trauma es destrucción de Dios. O mejor: hormesis imposible.
La perspectiva de la dimensionalidad nos permite un análisis técnico de los problemas que surgen bajo fluctuaciones rápidas de excitación. Durante los picos inflacionarios, las estructuras de baja dimensión del sistema nervioso se ven expuestas a tensiones extremas fuera de banda y pueden desintegrarse, dejando solo turbulencia de alta dimensión. Durante los picos deflacionarios, las estructuras formadas e incrustadas en redes de alta dimensión se ven obligadas a habitar un espacio mucho más pequeño, lo que genera intensas tensiones de red y elimina aleatoriamente características estructurales. Véase, por ejemplo, aquí para una discusión sobre dimensionalidad, incrustación y tensión de red, y Recocido Neural o reseteo para una discusión sobre la limpieza de estos fragmentos bajo la metáfora del recocido.
El escenario de Vinge tiene el universo segmentado en «zonas de pensamiento»: cerca del centro galáctico, solo pueden formarse pensamientos muy simples y casi ninguna tecnología funciona. Más lejos, pueden surgir inteligencias y tecnología más complejas; los límites extremos de la galaxia son los patios de recreo de las IA superavanzadas, esencialmente dioses y demonios. Los humanos están en una especie de punto medio. La historia tiene una antigua y malvada IA superinteligente que vuelve a la vida en los mismos límites de la galaxia. Mientras destruye una superinteligencia benévola, esta superinteligencia benévola intenta descargarse en un cerebro humano cercano y envía a ese humano a las zonas inferiores de pensamiento para activar un antiguo antídoto oculto allí. Parte de la historia gira en torno a la experiencia de «destrucción de Dios» de este humano, que tiene fragmentos de la mente de un extraterrestre de muy alta dimensión incrustados en su cerebro.
El recocido neural.-
El recocido neural es una técnica de optimización inspirada en el proceso de recocido simulado y las redes neuronales. Se utiliza para resolver problemas complejos de optimización, como encontrar mínimos globales en funciones no lineales o problemas combinatorios. Combina principios del recocido simulado, un método que emula el enfriamiento de un material para minimizar su energía, con el aprendizaje de redes neuronales.
En esencia, el recocido neural emplea una red neuronal para modelar el espacio de soluciones de un problema, ajustando sus pesos mediante un proceso que simula el «enfriamiento» del recocido simulado. A medida que la «temperatura» del sistema disminuye, la red converge hacia una solución óptima o cuasi-óptima, explorando el espacio de búsqueda de manera estocástica al principio y volviéndose más determinista conforme avanza.
Es común en aplicaciones como optimización de redes, problemas de planificación, o diseño de circuitos, donde los métodos tradicionales pueden quedarse atrapados en mínimos locales.
Cualquier experiencia «emocionalmente intensa» que necesite tiempo para procesarse probablemente involucre este mecanismo entrópico de desintegración—búsqueda—recocido: esto es lo que es el procesamiento emocional.
Sugiero que esta es la dinámica central de cómo el cerebro actualiza su estructura, el mecanismo que el cerebro usa para pagar su ‘deuda técnica’. En otras palabras, entrar en estados de alta energía (es decir, estados emocionales intensos que toman algún tiempo para ‘procesarse’) es cómo el cerebro libera estrés estructural y se adapta a nuevos desarrollos. Este proceso necesita suceder de forma regular para apoyar la función saludable, y si no sucede, la salud psicológica se degrada; en particular, la flexibilidad mental y la vitalidad emocional disminuyen, de forma análoga a una caída en la ‘ductilidad’ de un metal. Las personas parecen tener un fuerte impulso subconsciente hacia entrar en estos estados y si no han experimentado un estado cerebral de alta energía en algún tiempo, buscan uno activamente, incluso a veces de manera destructiva.
Dicho de otra manera: poner perturbación en nuestras vidas es una buena forma de obtener salud, pero también tiene sus riesgos dependiendo de la perturbación que se elija.
Sin embargo, el cerebro pasa la mayor parte del tiempo en estados de baja energía, ya que son más seguros: los sistemas en entornos ruidosos necesitan limitar su ritmo de actualización. A menudo se producen picos de energía en el cerebro, pero estos no tienden a convertirse en estados de alta energía, ya que el cerebro cuenta con numerosos «sumideros de energía» (modelos predictivos descendentes inhibitorios) que absorben el exceso de energía antes de que se produzca la desintegración entrópica.
El sueño es el recocido natural más a mano que tenemos y por eso se podría explicar claramente la conexión entre la depresión y los trastornos crónicos del sueño: la falta de sueño como causa y efecto de un recocido poco frecuente. Además, indicaría una vía de tratamiento: restablecer los patrones normales de recocido podría ayudar a mejorar tanto el estado de ánimo como el sueño.
Y otra forma de recocido es el amor, del que hablaré en el próximo post.
Cuando termines el artículo:
¡Qué buena metáfora, Paco!
Después de esa “destrucción de Dios” que describes—cuando todo salta en pedazos—la mente queda como un puñado de piezas de puzzle flotando sin marco. El recocido neural funciona aquí como la auténtica Contramedida: empezamos montando los bordes, esos lugares de metaestabilidad donde los patrones aún se reconocen, y poco a poco avanzamos hacia el núcleo caótico hasta recomponer la imagen completa. En otras palabras, rearmamos la figura usando exactamente los mismos fragmentos que nos dejó el trauma, pero guiados esta vez por un proceso lento y consciente de ajuste de energía. Excelente puente entre la ciencia-ficción de Vinge y la ingeniería íntima del cerebro.
Así es exactamente, gracias por tu comentario.
Gracias, Paco. Ese «exactamente» me anima a profundizar con una imagen más concreta: el ajedrez.
Cuando irrumpe el trauma ocurre algo parecido a patear el tablero de ajedrez: las piezas —recuerdos, emociones, conductas— ruedan por el suelo. El primer gesto de reparación consiste en recoger cada ficha, reconocerla y limpiarla. Neurobiológicamente, esto refleja la fase de reactivación en la reconsolidación de la memoria: sacamos el recuerdo del baúl para poder transformarlo.
Una vez reunidas las piezas, aflora la gran pregunta: ¿dónde va cada una? Allí interviene la imitación. Observamos tableros de ajedrez ajenos —terapeutas, referentes, relatos de otros— y, gracias a nuestro sistema de neuronas espejo, bosquejamos cómo podría ordenarse de nuevo el conjunto. No copiamos al pie de la letra; usamos esa imagen externa como andamio para reconstruir nuestro propio juego.
De la misma forma que en un rompecabezas se suelen colocar las piezas centrales al final —porque solo cuando el marco está firme la imagen cobra sentido—, en el ajedrez los elementos centrales, el rey y la dama, son los últimos en reintegrarse plenamente: necesitan que el resto del ejército esté reubicado para recuperar su valor estratégico. En términos neurocientíficos, los núcleos identitarios más profundos (sentido del yo, propósito, valores) solo pueden reinstalarse cuando las redes periféricas ya han sido estabilizadas.
Solo entonces podemos volver a colocar las fichas sobre un soporte estable; quizá el tablero de ajedrez no sea idéntico al anterior, pero permite que la partida continúe con un significado nuevo.
En suma, reconstruir no es negar el trauma: es reciclar su materia prima bajo nuevas sinapsis y abrir la partida a una estrategia distinta.
¡Abrazo y gracias por la resonancia!