El sexo sacrificial (33)

Del dolor erotizado a la reparación del alma

Hay algo profundamente antiguo en la relación entre el sexo y el sacrificio. Antes de que la sexualidad se convirtiera en un asunto de intimidad privada, de placer individual o de identidad, el erotismo estuvo ligado a los grandes rituales que organizaban la relación entre el cuerpo, la muerte, la culpa y lo sagrado. El cuerpo era el lugar donde se inscribían las deudas con los dioses, las obligaciones con el grupo y las promesas de renovación. Sacrificar significaba perder algo para obtener otra cosa: entregar una parte para salvar el conjunto, renunciar a un bien inmediato para alcanzar una transformación.

¿Podemos reconocer algo de esa estructura sacrificial en las relaciones sadomasoquistas? ¿Puede el dolor, cuando se incorpora voluntariamente al erotismo, adquirir una función reparadora?

Hace años planteé esta cuestión en mi artículo «¿Existe un masoquismo reparador?»⁠. Quisiera volver ahora sobre ella, no para convertir el masoquismo en una patología universal ni para hacer del sufrimiento una virtud, sino para explorar una hipótesis: en determinadas circunstancias, el sufrimiento erótico puede funcionar como una ceremonia privada de reparación psíquica.

1. La gramática sacrificial del erotismo

El sacrificio supone una asimetría. Alguien entrega algo y alguien —o algo— recibe esa entrega. En las relaciones sadomasoquistas encontramos, al menos en apariencia, una estructura semejante: uno ocupa la posición de quien ejerce el poder y otro la de quien se ofrece a él. Uno impone una prueba; el otro la acepta. Uno administra el dolor; el otro lo incorpora a una experiencia que puede ser simultáneamente corporal, afectiva y simbólica.

Pero esta semejanza no debe llevarnos a confundir las cosas. En una relación BDSM consensuada, el sometimiento no equivale necesariamente a una pérdida real de autonomía. Puede tratarse, precisamente, de una cesión limitada, pactada y reversible del control. La paradoja consiste en que alguien puede experimentar una forma de libertad al entregar temporalmente el mando.

El sujeto no deja de ser dueño de sí mismo: construye una escena en la que puede dejar de tener que serlo durante un tiempo.

Aquí aparece una primera posibilidad reparadora. Quien vive habitualmente bajo la obligación de controlar, decidir, responder o sostener una identidad demasiado rígida puede encontrar en la entrega una suspensión de esa carga. Quien experimenta su existencia como una sucesión de exigencias puede hallar alivio en una escena donde las reglas ya están establecidas y la responsabilidad inmediata queda, por un momento, en manos de otro.

El sacrificio, en este caso, no consiste tanto en destruirse como en renunciar provisionalmente a una función agotadora del yo.

2. El dolor como lenguaje

El dolor posee una característica que lo distingue de muchos otros estados emocionales: reclama la atención del cuerpo entero. Interrumpe el discurso, reduce el campo de conciencia y devuelve al sujeto a una experiencia inmediata de sus límites.

En ciertas prácticas sadomasoquistas, el dolor deja de ser un acontecimiento absurdo o una amenaza y se incorpora a una secuencia dotada de sentido. Tiene un comienzo, una intensidad acordada, unas reglas y un final. Puede estar acompañado de excitación, confianza, miedo controlado, entrega o alivio.

La diferencia no reside exclusivamente en la intensidad del estímulo, sino en el contexto que lo organiza.

El dolor involuntario suele significar: algo me sucede y no puedo gobernarlo. El dolor erótico consensuado puede adquirir otro significado: esto sucede dentro de un marco que he aceptado, con alguien a quien he concedido una confianza específica y del que puedo apartarme.

No es que el dolor se transforme mágicamente en placer. Es que cambia su interpretación y, con ella, puede cambiar también la experiencia subjetiva.

Esta transformación nos permite pensar en una función que podríamos llamar reapropiación del sufrimiento. Lo que antes aparecía como algo que invadía al sujeto puede ser representado, dentro de ciertos límites, como una experiencia elegida y organizada por él.

No es una explicación válida para todas las personas que practican BDSM, ni demuestra por sí misma que exista una reparación de heridas antiguas. Pero abre una vía para comprender por qué el dolor puede adquirir, en algunas biografías, un significado que excede ampliamente la estimulación física.

3. La escena como reparación

Imaginemos a una persona que ha vivido durante años bajo una exigencia de perfección. No puede equivocarse, no puede mostrarse débil, no puede pedir ayuda. Su identidad se sostiene sobre un mandato silencioso: ser competente, controlar sus emociones, no depender de nadie.

En su vida cotidiana, perder el control significa fracasar. Sin embargo, en una relación de dominación consensuada puede descubrir una experiencia paradójica: entregar el control sin quedar destruido por ello.

La escena no elimina las causas de su rigidez, pero puede ofrecerle una experiencia emocional diferente. Puede comprobar que depender temporalmente de otro no implica necesariamente ser humillado fuera de los límites acordados, que mostrarse vulnerable no conduce siempre al abandono y que dejar de dirigir no significa desaparecer.

Pensemos también en alguien cuya historia afectiva está marcada por la imprevisibilidad. Para esa persona, la cercanía puede contener una amenaza: el otro puede cambiar de actitud, retirar su afecto o utilizar la vulnerabilidad como instrumento de poder. Una relación BDSM segura, con negociación explícita, límites respetados y cuidado posterior, puede permitirle experimentar una combinación que quizá le resulte novedosa: intensidad sin arbitrariedad, asimetría sin indefensión y entrega sin abandono.

En ambos ejemplos, lo reparador no sería el sufrimiento considerado aisladamente. Sería la posibilidad de vivir una experiencia emocional diferente dentro de una relación que conserva la seguridad, la confianza y el reconocimiento del otro.

La reparación no la produce necesariamente el dolor; puede producirla la relación que permite atravesarlo sin quedar a merced de él.

4. Culpa, castigo y expiación

Existe otra posibilidad, más ambigua y clínicamente delicada: que el erotismo se organice alrededor de la necesidad de recibir un castigo.

El sujeto puede experimentar una culpa difusa, una sensación persistente de indignidad o la impresión de que existe una deuda que nunca podrá saldar. En algunas personas, la fantasía de ser castigadas puede ofrecer una salida a esa tensión: la culpa adquiere una forma concreta, el castigo tiene una duración y la escena llega a un desenlace.

Lo que era una acusación interior interminable puede convertirse, simbólicamente, en una deuda pagada.

Desde esta perspectiva, el masoquismo reparador se aproximaría a una antigua lógica sacrificial: para restablecer el orden, algo debe ser entregado; para recuperar la inocencia, algo debe ser expiado.

Sin embargo, debemos introducir una distinción esencial. Una cosa es representar eróticamente el castigo dentro de un marco voluntario y otra necesitar sufrir porque uno se considera indigno de recibir amor. En el primer caso, la escena puede ser lúdica, expresiva o emocionalmente significativa. En el segundo, podría estar subordinada a una dinámica de autodesprecio que no encuentra una verdadera resolución.

La diferencia se encuentra en lo que sucede después. ¿La persona recupera su libertad, su autoestima y su capacidad de vincularse? ¿O necesita repetir el castigo porque el alivio dura cada vez menos y la culpa vuelve a exigir una nueva ceremonia?

La repetición, por sí sola, no demuestra una patología. Pero cuando el sufrimiento se convierte en una condición para sentirse digno, querido o perdonado, la hipótesis reparadora necesita ser examinada con mayor cautela.

5. El sadismo: el otro lado del sacrificio

La escena sacrificial no se comprende del todo si atendemos únicamente a quien se somete. También debemos preguntarnos por quien domina.

La posición dominante puede ofrecer experiencias de agencia, responsabilidad, intensidad erótica y reconocimiento. Para algunas personas, organizar una escena y hacerse cargo de los límites y de la seguridad del otro constituye una forma particular de intimidad. El poder no consiste necesariamente en destruir la autonomía ajena, sino en recibir temporalmente una autoridad que debe ejercerse dentro de unas condiciones acordadas.

Pero también aquí existen ambivalencias. El poder puede servir para explorar una fantasía, para representar una transgresión o para experimentar una intensidad que la vida cotidiana no permite. Y puede, en otros casos, convertirse en una compensación de la impotencia, la humillación o el resentimiento.

No debemos confundir estas posibilidades ni suponer que quien domina está psicológicamente sano mientras quien se somete está herido. Las posiciones no permiten deducir por sí solas la historia de sus protagonistas.

La pregunta clínica no es quién ocupa el lugar superior y quién el inferior, sino qué función cumple esa distribución del poder, cómo se negocia y qué efectos produce en ambos.

6. Del ritual arcaico a la intimidad contemporánea

La hipótesis sacrificial permite tender un puente entre la antropología y la clínica. En numerosas sociedades, el sacrificio ha servido para representar y gestionar deudas, pérdidas, culpas, transiciones y conflictos que amenazan el orden colectivo. El rito proporciona una forma a lo que, de otro modo, resultaría difícil de elaborar.

En el erotismo sadomasoquista, una escena privada puede cumplir, para algunas personas, una función formalmente comparable: establecer límites, distribuir posiciones, dar expresión corporal a emociones difíciles de nombrar y conducir una experiencia intensa hacia un final reconocible.

No significa que el BDSM sea un residuo directo de los sacrificios religiosos, ni que todas sus prácticas procedan de una misma estructura antropológica. La comparación es funcional, no genealógica: en ambos casos podemos estudiar cómo un acto corporal, delimitado por reglas, adquiere un significado que rebasa su materialidad.

El cuerpo se convierte entonces en escenario de una negociación psíquica. La excitación, el dolor, la sumisión, el dominio y el cuidado posterior pueden formar una secuencia narrativa: preparación, prueba, intensidad, desenlace y retorno.

El último momento resulta especialmente importante. Después de la escena, el sujeto debe poder regresar a sí mismo, a su autonomía y a la relación cotidiana. El cuidado posterior —conocido como aftercare— puede facilitar esa transición y confirmar que la vulnerabilidad ofrecida durante la escena no ha destruido el vínculo.

Si el sacrificio exige una restitución, aquí la restitución consiste en devolver al sujeto su lugar como persona completa, no reducirlo a la posición que ha representado.

7. ¿Reparación o repetición?

Llegamos al problema decisivo. ¿Cuándo podemos hablar de masoquismo reparador y cuándo estamos ante una repetición del sufrimiento?

La respuesta no puede obtenerse de una preferencia sexual aislada. Las investigaciones disponibles sobre BDSM describen fenómenos psicológicos, relacionales y fisiológicos complejos, pero todavía son limitadas para determinar mecanismos causales generales. Tampoco permiten afirmar que el interés por el dolor erótico sea, por sí mismo, indicio de trauma infantil.

Una misma práctica puede tener significados distintos para personas diferentes e incluso para una misma persona en momentos diferentes de su vida.

Podemos formular, no obstante, algunas preguntas orientativas:

  • ¿La escena amplía la libertad del sujeto o se convierte en una obligación?
  • ¿La entrega permite experimentar confianza o reproduce una indefensión que no puede detenerse?
  • ¿El castigo representa una fantasía o confirma una convicción persistente de que uno merece sufrir?
  • ¿La experiencia facilita la intimidad y la integración emocional o aumenta la vergüenza, la disociación y el aislamiento?
  • ¿Existe capacidad real para negociar, detener la escena y modificar sus condiciones?

Estas preguntas no constituyen una prueba diagnóstica. Sirven para desplazar la mirada desde el contenido de la fantasía hacia la función que desempeña en la vida psíquica.

La frontera no separa simplemente el placer del dolor, ni la normalidad de la perversión. Separa, de manera más útil, las experiencias que pueden integrarse en una vida libre y consentida de aquellas que restringen la autonomía, causan un sufrimiento persistente o dependen de la vulneración de los límites.

8. La hipótesis del masoquismo reparador

Vuelvo, para terminar, a la intuición que motivó mi artículo de 2016.

Quizá algunas formas de masoquismo erótico puedan entenderse como tentativas de reparación: no porque el sujeto desee necesariamente sufrir, sino porque ha encontrado en una escena de sufrimiento una manera de organizar algo que, fuera de ella, permanece disperso, innombrable o sin desenlace.

El dolor puede adquirir la forma de una deuda; la sumisión, la de una entrega; el castigo, la de una expiación; el dominio, la de una recuperación de la agencia. Y el cuidado posterior puede funcionar como señal de que la experiencia ha terminado y el vínculo continúa.

Pero ninguna de estas equivalencias es universal. Son hipótesis interpretativas que deben contrastarse con la historia y la experiencia de cada persona.

La paradoja más interesante es que el sujeto puede buscar una escena de desigualdad para experimentar una igualdad más profunda: la de ser reconocido incluso cuando renuncia temporalmente al control. Puede buscar una experiencia de exposición para comprobar que no será abandonado. Puede representar el castigo sin aceptar que su existencia entera sea una condena.

Si esto sucede, lo reparador no reside en la herida ni en su repetición. Reside en la posibilidad de modificar su significado dentro de una relación que conserva el consentimiento, el cuidado y la libertad.

Tal vez el masoquismo reparador sea, en algunas biografías, un intento de transformar el sufrimiento en una experiencia con principio y final. Un pequeño ritual privado en el que el cuerpo representa aquello que la palabra no ha conseguido elaborar.

La cuestión fundamental, entonces, no es por qué alguien desea sufrir, sino qué espera que termine, qué necesita que sea reconocido y qué puede recuperar de sí mismo cuando la escena concluye.

Porque el verdadero sacrificio reparador no debería exigir la destrucción del sujeto. Si hay reparación, el sujeto ha de poder regresar del sacrificio con más libertad, no con una nueva obligación de sufrir.

Cuando termines el artículo:

Después de leer

Conversación y debate

0 comentarios

La lectura continúa aquí: objeciones, matices, preguntas y cruces con otros textos.

Todavía no hay comentarios. Puedes abrir el debate con una pregunta o una objeción.

Entrar en el debate

Tu correo no se publica. Los comentarios pasan por moderación.