Jugarse la piel

Antes que resilientes deberíamos aspirar a ser antifrágiles.

Ese es el concepto más original de Nassim Nicholas Taleb. La resiliencia consiste en resistir los golpes y permanecer igual. La antifragilidad va un paso más allá: mejorar gracias al desorden, la incertidumbre y el estrés. Igual que un músculo que solo crece cuando se somete a cargas, o un sistema inmunitario que necesita enfrentarse a patógenos para madurar.

Esta idea cuestiona una de las obsesiones de nuestra época: eliminar cualquier riesgo.

Taleb sostiene que muchos de los problemas modernos no se deben al exceso de estrés, sino precisamente a su ausencia. Hemos construido un mundo donde intentamos amortiguar todas las oscilaciones: rescates financieros, hiperprotección infantil, protocolos cada vez más rígidos, medicalización de la vida cotidiana, aversión extrema al fracaso. Paradójicamente, cuanto más protegemos un sistema de los pequeños golpes, más vulnerable se vuelve frente a una gran crisis.

Es una idea profundamente incómoda.

Un bosque donde se apagan todos los pequeños incendios acumula combustible hasta que llega un megaincendio devastador. Un mercado en el que nunca se permite quebrar a nadie acaba generando burbujas gigantes. Un organismo que nunca se expone a microorganismos desarrolla un sistema inmunitario inmaduro. Una persona que nunca fracasa suele ser incapaz de afrontar una derrota importante.

La fragilidad nace del exceso de control.

Otra de sus tesis más provocadoras es que el conocimiento no siempre protege. De hecho, los expertos suelen fracasar más que quienes reconocen los límites de su conocimiento. Taleb distingue entre los riesgos visibles y los “cisnes negros”: acontecimientos extremadamente improbables que cambian la historia y que casi nadie anticipa.

Por eso desconfía de los modelos predictivos demasiado sofisticados. Cuanto más complejo es un sistema, menos útil resulta la ilusión de que podemos calcularlo todo.

También critica la obsesión por optimizar.

Un sistema optimizado funciona muy bien… hasta que cambia el entorno. En cambio, un sistema redundante, con márgenes de seguridad, parece ineficiente, pero sobrevive mejor a las sorpresas. La naturaleza nunca optimiza al máximo; acumula redundancias porque sabe que el futuro es impredecible.

Quizá la idea más polémica sea su defensa de la desigual exposición al riesgo.

Taleb sostiene que muchos dirigentes, políticos, economistas o burócratas toman decisiones cuyos costes pagan otros. Él lo resume con una expresión memorable: “skin in the game”. Si quien decide no comparte las consecuencias de sus decisiones, el sistema tenderá a generar fragilidad. Los incentivos importan más que las buenas intenciones.

Esta idea puede extenderse a muchos ámbitos.

En medicina, por ejemplo, los protocolos ofrecen una protección legal e institucional, pero cuando se convierten en sustitutos del juicio clínico pueden producir una falsa sensación de seguridad. El protocolo reduce la responsabilidad individual, pero no elimina la incertidumbre inherente a cada paciente. Confundir cumplimiento con excelencia puede hacer que el sistema sea más rígido y, precisamente por ello, más frágil.

Taleb nos obliga a aceptar una verdad difícil: la incertidumbre no es un enemigo que haya que eliminar, sino una fuerza con la que conviene aprender a convivir. Intentar construir un mundo completamente seguro puede ser la forma más eficaz de hacerlo vulnerable.

La pregunta no es cómo evitar todos los golpes.

La pregunta es otra mucho más incómoda: ¿qué aspectos de nuestra vida, de nuestras instituciones o de nuestra práctica profesional podrían salir fortalecidos si dejáramos de protegerlos tanto?


¿Se está volviendo la medicina más frágil? Una lectura de Taleb

Si Taleb tuviera que analizar la medicina contemporánea probablemente no empezaría hablando de hospitales. Hablaría de fragilidad.

Un sistema es frágil cuando depende de reglas rígidas, castiga la desviación y elimina cualquier margen para el juicio experto. Es robusto cuando soporta la incertidumbre. Es antifrágil cuando aprende de ella.

La medicina parece haber recorrido el camino inverso.

Cada vez existen más protocolos, más indicadores de calidad, más auditorías, más consentimiento informado, más burocracia y más medicina defensiva. Todo ello pretende reducir el riesgo. Sin embargo, puede estar generando el efecto contrario: médicos menos autónomos y organizaciones menos capaces de adaptarse a pacientes complejos, esos que se caen de las grietas del sistema y que ningún circuito termina de atender.

El problema no son las mujeres ni los hombres.

El problema son los incentivos. Los incentivos se han feminizado. Y es precisamente por eso por lo que operan como un atractor para las mujeres. Lo mismo sucede con el fútbol en los chicos: no está masculinizado ese deporte solo porque haya muchos practicantes varones sino porque los incentivos masculinos del fútbol atraen a los chicos.

A pesar de todo la medicina no es la profesión más feminizada (55%) Lo son la enfermería y la psicología que sin embargo no tienen la capacidad de toma de decisiones complejas de la medicina. Y con efectos directos en la salud.

Si una organización premia la adhesión estricta al protocolo y la circulación del paciente por múltiples especialistas o si. penaliza cualquier desviación, terminará seleccionando profesionales —independientemente de su sexo— que prioricen la seguridad administrativa frente a la exploración clínica. Cuando el mayor riesgo ya no es equivocarse con el paciente sino apartarse del procedimiento, la innovación desaparece.

Es cierto que algunos estudios encuentran diferencias promedio entre hombres y mujeres en aspectos como la aversión al riesgo, la preferencia por la estabilidad laboral o la adhesión a normas. Pero esas diferencias son distribuciones, no destinos biológicos, y las variaciones entre individuos suelen ser mayores que las diferencias entre sexos.

Lo relevante es otra cuestión.

Si la profesión atrae cada vez más perfiles que buscan minimizar el riesgo personal y el sistema recompensa precisamente esa conducta, el resultado puede ser una medicina extraordinariamente segura desde el punto de vista jurídico, pero progresivamente más frágil desde el punto de vista adaptativo o que dejará dejara de atender a los pacientes atípicos

Taleb diría que un sistema así deja de aprender.

El médico deja de preguntarse: ”¿Qué necesita este paciente?”

Y empieza a preguntarse: ”¿Qué decisión me protege mejor?” ¿O a qué especialista le derivo?

Ese pequeño cambio de pregunta transforma toda una profesión.

La antifragilidad exige exactamente lo contrario: asumir responsabilidad personal, aceptar incertidumbre y conservar espacios donde el juicio clínico pueda imponerse al algoritmo cuando la realidad lo exige.

Porque la excelencia médica nunca ha consistido en seguir un protocolo. Ha consistido en saber cuándo hay razones suficientes para apartarse de él.

Bibliografía

  • Taleb, N. N. (2012). Antifrágil: Las cosas que se benefician del desorden. Paidós. (Edición original: 2012, Antifragile: Things That Gain from Disorder*. Random House).*
  • Taleb, N. N. (2007). El cisne negro: El impacto de lo altamente improbable. Paidós.
  • Taleb, N. N. (2018). Jugarse la piel: Asimetrías ocultas en la vida cotidiana. Paidós.
  • Hakim, C. (2000). Work-Lifestyle Choices in the 21st Century: Preference Theory. Oxford University Press.
  • Ceci, S. J., & Williams, W. M. (2011). Understanding current causes of women’s underrepresentation in science. Proceedings of the National Academy of Sciences, 108(8), 3157–3162.
  • Hyde, J. S. (2005). The gender similarities hypothesis. American Psychologist, 60(6), 581–592.

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Conversación y debate

1 comentario

La lectura continúa aquí: objeciones, matices, preguntas y cruces con otros textos.

  1. Tiene una relación tangencial con lo que aquí se debate pero como la ignorancia y el miedo ( el miedo ha cambiado de bando!) están generalizados me parece relevante.
    Cuando en mi(s) psicoanálisis me refería a «la loca de la casa» no me refería a ninguna mujer de mi familia sino a mí padre, «la madre loca» que le habitaba y sometía… todo esto es de primero de psy pero en el mundo slept de hoy es preciso recordar lo obvio

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