La maldad como atractor (10)

No cabe duda que la maldad atrae. Al menos para contemplarla en otros, por eso nos gustan las películas de malos, guerras, asesinos y violadores. Hay algo en la maldad que fascina. Ópera como un atractor.

La idea de la maldad como atractor sugiere que el mal no es solo una ausencia de bien o un error moral aislado, sino una fuerza que tiende a concentrar conductas, decisiones y narrativas a su alrededor. Como en la teoría de sistemas, un atractor es un estado hacia el cual un sistema evoluciona de manera recurrente. Aplicado a lo humano, la maldad puede funcionar como uno de esos estados.

En primer lugar, la maldad atrae porque simplifica. Frente a la complejidad del bien —que exige responsabilidad, autocontrol, empatía y esfuerzo sostenido— el mal suele ofrecer atajos: poder rápido, placer inmediato, identidad clara (amigo/enemigo), justificación moral fácil (“el otro lo merece”). Y sobre todo una justificación para la rivalidad que nos viene de serie.

Esa simplificación resulta seductora, especialmente en contextos de miedo, frustración o crisis.

En segundo lugar, la maldad cohesiona. Paradójicamente, el odio y la violencia pueden generar vínculos fuertes dentro de un grupo. Compartir un enemigo, un resentimiento o una causa destructiva produce pertenencia y sentido. Así, la maldad no solo atrae individuos, sino que organiza colectivos enteros alrededor de ella.

Además, la maldad captura la atención. A nivel psicológico y mediático, lo dañino destaca más que lo virtuoso. El escándalo, la crueldad y la transgresión activan emociones intensas —ira, morbo, miedo— que refuerzan su visibilidad y, por tanto, su capacidad de arrastre. Lo bueno, en cambio, suele ser silencioso y gradual.

Sin embargo, entender la maldad como atractor no implica aceptarla como destino inevitable. Los atractores pueden competir. La educación ética, las instituciones justas, los vínculos sólidos y el cultivo deliberado del bien crean atractores alternativos. No eliminan el mal, pero reducen su radio de influencia.

En última instancia, pensar la maldad como atractor es una advertencia: no basta con rechazarla en abstracto o construir leyes contra el odio. Hay que comprender por qué atrae, cuándo se fortalece y qué condiciones la debilitan. Solo así se puede diseñar una vida —personal y colectiva— que no orbite, una y otra vez, alrededor de lo que termina destruyéndola.

1. La maldad como atractor político

En política, la maldad funciona como un acelerador de poder. No porque todos los actores sean “malos”, sino porque las estrategias que explotan el miedo, el resentimiento y la deshumanización son más eficaces a corto plazo que las basadas en cooperación y complejidad. Y algunos gobernantes psicopáticos lo saben.

Algunos mecanismos claros:

  • Polarización extrema
    El mal político necesita enemigos claros. Reducir al adversario a caricatura moral (“traidores”, “parásitos”, “enemigos del pueblo”, «fascistas») convierte el conflicto político en un conflicto existencial. Esto atrae lealtades intensas y anula los matices.
  • Simplificación moral
    “Nosotros somos el bien, ellos el mal”. Esta narrativa elimina la duda y la responsabilidad personal. Para mucha gente, eso es un alivio psicológico enorme. Pensar es costoso; odiar es fácil.
  • Licencia para dañar
    Una vez que el otro es “malvado”, cualquier daño se justifica. La maldad como atractor normaliza la crueldad, y la violencia en casos extremos, bajo la excusa de la causa justa.

En este sentido, la política moderna no solo tolera la maldad: la rentabiliza. El problema es que cuanto más se usa, más se degrada el sistema, hasta que solo quedan cinismo, violencia simbólica (o real) y desconfianza total.


2. Redes sociales: el hábitat perfecto del atractor

Las redes sociales no inventan la maldad, pero la amplifican como ningún otro medio histórico.

¿Por qué?

  • Algoritmos de atención
    Las plataformas optimizan por interacción, no por verdad ni por bien común. La indignación, el escándalo y la humillación pública generan más clics que la reflexión. Resultado: la maldad se vuelve visible, rentable y contagiosa.
  • Desinhibición moral
    El anonimato parcial y la distancia física reducen el costo emocional de dañar a otros. Insultar, cancelar o deshumanizar es más fácil cuando el otro es un avatar.
  • Economía del linchamiento
    Participar en la destrucción simbólica de alguien da sensación de poder y pertenencia. La maldad aquí no solo atrae: recompensa (likes, retuits, validación del grupo).
  • Narrativas virales
    El bien suele ser complejo, lento y contextual. El mal se empaqueta en frases cortas, memes y clips. En un entorno de consumo rápido, gana lo más simple y emocionalmente explosivo.

Las redes, así, actúan como campos gravitatorios donde la maldad encuentra condiciones ideales para convertirse en centro de órbita.


3. ¿Por qué nos atrae a nosotros?

Aquí conviene ser honestos y nada condescendientes: no somos solo víctimas del sistema.

La maldad nos atrae porque:

  • Reduce la ansiedad
    Señalar culpables externos calma el malestar interno. Es más fácil odiar que asumir incertidumbre o responsabilidad.
  • Da identidad
    “Yo no soy como ellos”. El mal ajeno refuerza la autoimagen propia. Nos define sin necesidad de construir nada positivo.
  • Produce placer emocional
    La indignación libera dopamina y adrenalina. Sentirse moralmente superior es adictivo. La maldad bien dirigida se siente bien, aunque sea por un rato.
  • Evita el esfuerzo ético
    El bien exige coherencia entre lo que pensamos, decimos y hacemos. El mal permite incoherencia sin culpa: todo vale si el enemigo es suficientemente monstruoso.

Este es el punto incómodo: la maldad no solo atrae porque nos manipulan, sino porque responde a debilidades humanas reales.


4. Consecuencia política profunda

Cuando la maldad se convierte en atractor dominante:

  • La política deja de ser gestión de lo común y pasa a ser guerra moral.
  • Las redes dejan de ser espacios de intercambio y se vuelven tribunales permanentes.
  • Los ciudadanos se transforman en multitudes reactivas, fáciles de movilizar pero incapaces de construir.

Y lo más grave: el bien empieza a parecer ingenuo, débil o sospechoso.


5. Una advertencia final (sin azúcar)

No basta con “tener buenas intenciones” ni con culpar a algoritmos o líderes. Resistir la maldad como atractor exige disciplina personal: pensar más lento, reaccionar menos, renunciar al placer inmediato de la indignación y aceptar la complejidad.

Eso es incómodo.
Por eso la maldad sigue ganando terreno.

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Conversación y debate

2 comentarios

La lectura continúa aquí: objeciones, matices, preguntas y cruces con otros textos.

  1. Ciertamente no basta con tener buenas intenciones, pero dado que toda intención supone un pensamiento que origina una onda cerebral, y como tal, se expande electromagnéticamente por doquier; cabe la posibilidad de que las ondas de los pensamientos puedan ser captadas, sincronizadas y amplificadas inconscientemente por otros cerebros. Por este motivo resulta ser de suma importancia el intentar controlar no solo las intenciones, sino también los pensamientos no deseables, pues, de algún modo, pueden devenir un desencadenante de realidad.

    Por otro lado, si bien la maldad nos atrae como humanos de serie como victimarios y estamos condicionados a resignarnos, en cierto grado, a ser victimas; existe otra cuestión sobre lo que alimenta la maldad, y se trata de un oscuro tema trófico, no sobre lo que fomenta atrayendo la maldad, sino sobre lo que realmente alimenta la maldad.

    A nivel psicológico el estrés, el sufrimiento y el pánico provocado por la maldad, activan emociones intensas que nos inducen a segregar una tormenta de neurotransmisores así como a emitir sudoración y ondas de alta frecuencia Beta (12-30 Hz).

    Al igual que nosotros nos alimentamos de seres que concebimos como evolutivamente inferiores, sin necesariamente matarlos, es posible que otros seres de alguna manera nos ‘ordeñen’, esto es, encuentren en los humanos el alimento necesario para sobrevivir y posiblemente seguir escalando en la pirámide de la conciencia universal. De esto hablan las crónicas sobre los ‘arcontes’ y otras entidades, pero esto ya es otro tema de graja humana que nos resulta incómodo, denigrante y aterrador.

    Quizás también sea por eso que la maldad sigue ganando terreno.

  2. El atractor extraño del futuro ideal del hipercampo

    Un atractor extraño es un concepto matemático que define a un sistema complejo. Esta definición es de tipo algorítmico. Consideremos un sistema complejo, no periódico y oscilatorio, como la actividad electroencefalográfica (EEG).

    A primera vista algunas de sus oscilaciones son caóticas y no pueden ser reducidas a un algoritmo. Sin embargo, al someter las oscilaciones características del EEG aun análisis de Fourier se observa que, a pesar del aparente caos, hay un sistema de modulación que se puede estimar que es el origen del EEG. Un atractor extraño, en este caso, sería la estructura matemática que define este origen.

    Pero un atractor extraño no es sólo una definición o un algoritmo matemático: describe un sistema físico, orgánico o consciente que actúa como sustrato o guía. Un ejemplo de atractor extraño es el Punto Omega de que habla Teilhard de Chardin o cualquier neuroalgoritmo capaz de unificar la actividad cerebral.

    Si usamos una metáfora literaria, un atractor extraño es el subtexto cuyo significado más allá de las palabras solo es aparente para los que tienen el mismo nivel de conciencia que el autor del texto. Este nivel de conciencia es la guía y el origen del texto.
    Quien comprende el subtexto no necesita el texto; quien comprende el significado no necesita las palabras; quien coge el pájaro no necesita la red; quien llega al puerto no necesita el barco…

    El concepto de ideal futuro debe ser entendido en el contexto de un funcionamiento consciente en un nivel elevado de inclusión y en una duración expandida del presente. Es decir, desde la perspectiva de una conciencia que funciona en las proximidades de la conciencia de unidad.

    Este nivel es el equivalente de la perspectiva de un universo multidimensional en el que las dimensiones temporales de los niveles previos se transforman en niveles espaciales atemporales. De forma análoga, desde un punto de vista tetradimensional, el tiempo en la tercera dimensión es espacio.
    La expansión de la duración del presente nos permite vivir, en el presente, el futuro de un sistema menos expandido. El futuro ideal de un sistema de n dimensiones y con una duración breve del presente coexiste en la presencia temporal de los sistemas de n + 1 dimensiones en los que está incluido.

    Por esta razón, el futuro ideal de una organización del hipercampo existe en el presente de dicho hipercampo o, mejor, en el presente de un ser capaz de interactuar con el nivel adecuado del hipercampo.
    Esta capacidad depende del grado de sintergia del campo neuronal que depende, a su vez, de los niveles de coherencia y densidad de información en que funciona el cerebro.

    El líder auténtico de la conciencia, capaz de reconocer y fortalecer la dirección de un desarrollo adecuado del hipercampo, cristaliza el eje decomplejificación-unificación en los campos neuronales individuales haciéndoles partícipes de su poder. Las conciencias individuales salen revitalizadas de estecontacto con el atractor extraño del futuro ideal del hipercampo.

    La creación de la experiencia
    Jacobo Grinberg

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