Este fin de semana ha caído en mis manos y por serendipia, un articulo de Giovanni Stanguellini que me ha interesado por un concepto que desconocía: me refiero al concepto de «atmósfera».
La atmósfera es un concepto filosófico que equivale pero no es exactamente el mismo concepto de «relación» o «vinculo». Se trata de un concepto, es decir de algo intangible que fue retomado por la psiquiatría fenomenológica de Tellenbach que concibe la atmósfera como una cualidad (aunque elusiva) de la intersubjetividad. Pero no se trata de una intersubjetividad solo de dos personas (sujeto y objeto) sino que teoriza la existencia de un tertium inter pares, es decir de una abstracción que sobrevuela entre las relaciones, como una nube de supuestos que encajan con la relación del Yo con el mundo- En una relación siempre hay tres.
La tonalidad afectiva de las atmósferas.-
Schmitz la considera un conjunto de rasgos afectivos presentes independientemente de los sujetos que la experimentan. Griffero modera la postura de Schmitz al argumentar que las emociones representan una comunicación entre el exterior y el interior. En este enfoque, el énfasis no se pone en el individuo sino en la experiencia intersubjetiva e intercorporal.
Las personas no colorean siempre el mundo que las rodea con sus emociones, ni emanan o proyectan involuntariamente tonos emocionales hacia el entorno, sino que están pasivamente inmersas y a veces a merced de las influencias del mismo. Nos sentimos inmersos en su atmósfera, que acaba influyendo en nuestro estado emocional: por ejemplo, la arquitectura y la decoración de las iglesias góticas tienen la función de inducir en el sujeto un sentimiento de pequeñez frente a la grandeza de Dios. Y que duda cabe de que ciertas atmósferas como el recogimiento de la oración en grupo o la algarabia de la fiesta por ejemplo generan sentimientos en los que se acogen a ellas.
La histeria posee una vulnerabilidad existencial cuyo rasgo central es la hipo-suficiencia del yo. Las personas histéricas luchan por definir su identidad, se perciben a sí mismas como indefinidas e inconsistentes y tienen un control débil de la experiencia en primera persona de sí mismas y de sus cuerpos. Las personas histéricas buscan la mirada de los demás y su poder de definición. Sentirse mirado por los demás tiene un efecto definidor. «Me ves, luego existo». El histrionismo es pues una estrategia de hacerse ver,
Pero para hacerse ver lo mejor es asegurarse de que van a mirar: la seducción de la persona histérica tiene como objetivo atraer la atención de los demás para obtener el reconocimiento de su identidad.
El gráfico del estilo de la cognición, que explica los cuatro cuadrantes: cognitivos, morales, afectivos y los trastornos del deseo estético. La psiquiatria se ha ocupado mucho y bien de los trastornos cognitivos y de los trastornos afectivos, poco de los trastornos morales y casi nada de los trastornos estéticos, el cuadrante que acapara a los más socializados, extrovertidos y sensoriales de nuestros pacientes.

Charbonneau habla de la histeria como una patología de la conciencia estética: las personas histéricas se ven atrapadas en un mundo de imágenes y representaciones. Acaban siendo prisioneras del «poder de las imágenes» Lo que les caracteriza por encima de todo es la capacidad de impresión, es decir, el poder que las imágenes tienen sobre ellos, pero también intentan adquirir poder impresionando a los demás con esas imágenes
Nuestra propuesta es que la hipo-suficiencia del yo de la persona histérica, que se traduce en la dificultad para sentirse definida y delimitada, va acompañada de una alteración de la permeabilidad afectiva del yo con respecto al entorno. Por «permeabilidad afectiva» entendemos la porosidad de la frontera entre lo interior y lo exterior. Las emociones que llenan el espacio que rodea a la persona histérica son recogidas y «entran» en la persona histérica con facilidad; y, por otra parte, las emociones que están presentes en el «interior» de la persona histérica se «filtran» hacia el exterior y llenan el espacio externo.
La permeabilidad afectiva implica, por tanto, sugestionabilidad e impresionabilidad, es decir, la posibilidad de que las emociones presentes en el exterior se impriman en el mundo «interior» de la persona. La impresionabilidad y la sugestionabilidad son formas deficientes de receptividad: deficientes porque la dificultad de definirse con respecto al mundo conduce a una receptividad anormal.
Al experimentarse a sí mismas como una cuerda que resuena con las vibraciones del ambiente, las personas histéricas se vuelven muy adeptas a esas vibraciones. Se desarrolla una gran habilidad para percibir la afectividad atmosférica en sus formas. De eso se deriva una gran sensibilidad interpersonal y probablemente la hiperempatía sea una consecuencia de ello.
Estar atravesado por la afectividad atmosférica es una forma de catalizarla, de cabalgarla, de ponerla a su servicio. Los matices del entorno se asumen, pues, para aumentar la propia visibilidad, la propia centralidad, la propia capacidad de llamar la atención. La histeria hace de la exteriorización de los propios estados afectivos su núcleo existencial fundamental
Böhme habla incluso de «trabajo estético», cuyo objetivo es producir atmósferas. Desde este punto de vista, las personas histéricas, para las que mantener una gran visibilidad es una condición indispensable para sentir que están ahí y que existen, serían productores profesionales de atmósferas, con las consecuencias que ello tiene en la creatividad de las mismas.
Las personas histéricas son especialmente capaces de «olfatear» una atmósfera y están predispuestas a modificarse a sí mismas adaptándose camaleónicamente al entorno. Están igualmente predispuestas a manipular la atmósfera llenando el entorno con sus propias emociones. Hacen de la manipulación atmosférica uno de sus rasgos distintivos. Es una estrategia involuntaria e inconsciente.
Esta atmósfera, si no se elabora y analiza durante la terapia, corre el riesgo de arrastrar al clínico al torbellino de la hiperemocionalidad histérica. Hechizado por esta atmósfera, el clínico puede perder su función terapéutica. Por ello, comprender el uso que la persona histérica hace de las atmósferas y ser capaz de reconocerlo se convierte en una habilidad emocional esencial para todo clínico.
Dicho de otro modo el terapeuta debe estar atento a la fascinación que este tipo de pacientes pueden llegar a construir en esa nube que hemos llamado atmósfera y que conocemos con el nombre de belleza atroz
Pues la belleza atroz posee mirada, una mirada simétrica a la del hombre, entonces hablamos de semblante fálico, algo omnipresente en los síntomas comtemporáneos.
Vivimos en una época de mujeres fálicas (andróginas) pues la femineidad clásica ha sufrido ya demasiados desprecios históricos para encontrar a alguien que la reinvindique. Solo parece mantenerse a flote en la pasión por los glúteos y por los implantes mamarios, formas absolutamente incompatibles con la delgadez. de ahí el éxito de la cirugía o el fitness agotador al que se someten algunos, tanto hombres como mujeres, si bien por distintas y a veces por idénticas razones.
Cuando termines el artículo:
Me gusta muchísimo la delicadeza con la que ha tratado este tema. Algún profesor que conocí se «reìa» de la seducción histérica, vanalizando esa necesidad de definición de la persona bajo el término «calientapollas» ya que directamente enfocaba la conducta en la mujer. Ha sido una entrada totalmente esclarecedora.
El concepto de hiperempatía es muy revelador respecto al comportamiento histérico…creo que todos somos vasos comunicantes con el entorno en el que estemos,damos y recibimos y se busca el equilibrio de uno mismo,encajar de algún modo…Damos lo que tenemos y cómo lo tenemos a veces es mejor recibido y otras no,debe ser dificil encontrar ese equilibrio.
La comercialización de esto que llamas «atmósferas histéricas» se da continuamente y de manera inevitable en el cine, las series televisivas y todo el mundo de la representación. Los directores de cine, ballet etc. son «histerificadores/as» profesionales.
Para ello desdoblan, descoyuntan sin contemplación la unidad del yo mas o menos integrado de sus actores y actrices y los moldean con los personajes que proyectan en ellos.
Actuar es la profesionalización de la histeria.