La tela de la araña es una continuación de su sistema nervioso, fuera del individuo. (E. Bruner).
Dice Emiliano Bruner en este articulo que:
«La tela de la araña es algo externo a su cuerpo, hecho por la misma araña, pero el El sistema nervioso, sensorial y cognitivo de la araña necesita de la tela para completarse. La araña siente el mundo, entiende el mundo, razona sobre el mundo, y toma decisiones sobre el mundo, a través de un sistema continuo hecho por sus neuronas, sus órganos sensoriales, y sus hilos de seda. La tela es una continuación de su sistema nervioso, fuera del individuo. Sin tela, además, la araña se muere, porque su nicho ecológico y cognitivo depende de ella. Asimismo, nuestra tecnología es nuestra telaraña, pues nuestra cultura y nuestra cognición dependen estrictamente de ella».
Algo que nos lleva al concepto de prótesis o capacidad protésica, un concepto importante para entender a la mente extendida. El cerebro cabe dentro del craneo pero la mente es posible que no.
Se trata de un concepto ya antiguo pero poco estudiado, ya enunciado por Roger Bartra y su concepto de exocerebro.
El exocerebro de Bartra.-
Roger Bartra es un antropólogo de origen catalán afincado en México que en el 2006 publicó un libro fundamental en la historia de la neurociencia y que se titula “Antropología del cerebro” ¿Qué hace un antropólogo escarbando en el cerebro humano si no sabe nada de neurobiología me pregunté?
Para contestar esta pregunta necesitaremos hacer una pequeña incursión evolutiva: el paso de un cráneo neanderthaliense a un craneo braquicefálico que ya mostré en este post. Y adentrarnos en un concepto planteado por Ian Tatershall y Jay Gould al que llamó exaptación de la que hablé en mi post anterior.
A diferencia de la adaptación, aquí se trata de innovaciones espontáneas que carecen de función o que juegan un papel muy diferente al que finalmente tienen. El ejemplo más conocido son las plumas de las aves que mucho antes de ser útiles para volar funcionaron como una capa para mantener el calor del cuerpo. Tattersall cree que los mecanismos periféricos del habla no fueron una adaptación sino una mutación que ocurrió varios cientos de miles de años antes de que quedaran circunscritos por la función de articular sonidos. Y posiblemente, según este científico, las capacidades cognitivas de que nos jactamos fueron también una transformación ocurrida hace 100 o 150 mil años que no fue aprovechada (exaptada) sino hasta hace 60 o 70 mil años cuando ocurrió una innovación cultural, el lenguaje, que activó en algunos humanos arcaicos el potencial para realizar los procesos cognitivos simbólicos que residían en el cerebro sin ser empleados.
Dicho de otra forma el lenguaje procede de una prestación basura o pechina que sólo se desarrolló cuando encontró en el medio ambiente y en la tecnología previa un entorno suficiente para que se desarrollara.
Los sonidos hablados no comenzaron a emplearse hasta que nuestra especie se vio sometida a retos que superaban los recursos normalmente usados. Lo importante en un proceso de exaptación es la refuncionalización de las modificaciones no adaptantes llamadas spandrels por Jay Gould, que toma un término de la arquitectura: esos espacios triangulares que no tienen ninguna función y que quedan después de inscribir un arco en un cuadrado (tímpano, enjuta) o el anillo de una cúpula sobre los arcos torales en que se apoya (pechina). Las pechinas cerebrales podrían haber sido circuitos neuronales abiertos a funciones inexistentes o desaparecidas, a memorias inútiles o a señales externas que no llegan, o bien a mecanismos no relacionados con procesos cognitivos.
Naturalmente esta idea no es baladí porque supone el modificar nuestro punto de vista sobre la evolución de nuestra especie. Siguiendo esta teoria de Roger Bartra sobre la conciencia tendremos que modificar nuestro punto de vista sobre la hominización: un proceso que no estaría relacionado tanto como saltos evolutivos provocados por mutaciones sino por evoluciones graduales lentas de cambios que ya estaban preinscritos en el cerebro como una prestación basura que no pudo ser utilizada más que a partir del momento en que se hizo necesaria.
Efectivamente nuestro cerebro es una chapuza tendente a averías, tal y como dice otro neurocientífico de relieve como Robert Linden (Linden 2010). El problema del cerebro es que es un ente vivo y no un motor (que puede pararse) o un ordenador (que puede desenchufarse). Cuando se dan estas circunstancias -y esta es la idea fundamental de Bartra- se provoca sufrimiento. Nuestro cerebro no puede pararse o desenchufarse pero puede sufrir y cuyas prestaciones son finitas.
Y es precisamente cuando se sufre cuando echamos mano de las pechinas, es decir de esas reservas de conectividad que no usamos más que cuando ciertos gatillos las encienden.
Pero después de Bartra ha habido otros que se han ocupado de ese concepto que hemos llamado «Capacidad protésica», así algunos autores han hablado -siguiendo la idea de que el cerebro cabe en el cráneo pero la mente lo desborda- de la mente como interface. Vale la pena nombrar a Hoffman y su teoria del interface de la percepción
Hoffman plantea que el escritorio de Windows no representa de forma verídica los diodos, transistores, resistencias, campos magnéticos, voltajes y el software de un PC. De hecho sirve para que los usuarios podamos ignorar todo ello e interactuar de una manera sencilla con el ordenador. Que un determinado icono de un archivo sea rectangular, naranja y esté en un determinado lugar del escritorio no quiere decir que el archivo real sea naranja, rectangular y esté realmente en ese lugar. Es más, si el escritorio del ordenador fuera real, sería enormemente complicado y no nos permitiría trabajar. Es decir, la verdad no nos sería útil y pagamos por algo sencillo.
La teoría de la interface, por tanto, es la siguiente: el espacio y el tiempo percibido son simplemente el escritorio de la interface perceptiva del Homo sapiens. Los objetos, con sus colores, formas, texturas y demás, son simplemente iconos de nuestro escritorio espacio-temporal y no pretenden ser una aproximación a la realidad. Son simplemente una interface especie-específica (cada especie tiene su interface) que ha sido moldeada por la selección natural para servir de guía a una conducta adaptativa.
He hablado de objetos, es decir de cosas, es por eso que ahora debemos hablar de un concepto que Malafouris ha llamado «thinging».
Thinging.-
La palabra «thinging» podría ser traducida al castellano como «cosificación» pero es bastante fea, de manera que mantendré la palabra inglesa para referirme a una idea de Malafouris que plantea que la mente es algo encarnado, y está extendida y distribuida, en lugar de atada al cerebro o «todo en la cabeza». Este cambio de perspectiva plantea preguntas importantes sobre la relación entre la cognición y la cultura material, las herramientas, pero también la conducción de un vehículo, la escultura, las artes plásticas, la alfarería y cómo no el uso de nuestros teclados de ordenador.
Algo que no cabe ninguna duda de que nos ha cambiado la vida. ¿No es cierto que desde que usamos el ordenador nuestra escritura manual ha sufrido un retroceso? ¿Es verdad que desde que existe Google hemos perdido memoria?.
Dicho de otra manera: las cosas que hacemos ahí afuera con nuestras manos o nuestro lenguaje cambian no solo nuestra mente y mentalidad, nos cambian el cerebro.
Algo que plantea grandes desafíos para la filosofía, la ciencia cognitiva, la arqueología y la antropología. En cómo las cosas dan forma a la mente, Lambros Malafouris propone un marco analítico interdisciplinario para investigar las formas en que las cosas se han convertido en extensiones cognitivas del cuerpo humano. Usando una variedad de ejemplos y estudios de casos, considera cómo esas formas podrían haber cambiado desde la prehistoria más temprana hasta el presente. La teoría del compromiso material de Malafouris definitivamente agrega materialidad – el mundo de las cosas, los artefactos y los signos materiales – a la ecuación cognitiva. Su relato no solo cuestiona las intuiciones convencionales sobre los límites y la ubicación de la mente humana, sino que también sugiere que reconsideremos los supuestos arqueológicos clásicos sobre la evolución cognitiva humana.
Y no cabe duda de que una de estas tecnologías protésicas es la escritura.
La escritura nació como una forma de controlar las deudas y surgió de la forma en que babilonios y pueblos mesoamericanos registraron las transacciones. Es por eso que suele decirse que la contabilidad es el antecesor de la escritura. Inventaron el numero ordinal (tres jarras de aceite) mucho antes que el numero obtuviera por si mismo derecho simbólico (el 3). Algo así sucedió con el alfabeto: se trata de la evolución de ese sistema de contabilidad adaptándose a los fonemas del lenguaje hablado no sin antes pasar por la ideografía. Contar fue antes que la artimética y la escritura, algo que podéis perseguir en el excelente trabajo de Denise Schmandt-Besserat.
En conclusión la escritura podría ser una metapraxia adquirida por nuestra especie con grandes repercusiones cerebrales, entre otras la de liberar espacio y volviendo al tema del interface: se trataría del interface perfecto entre cerebro, mente, praxia y cultura.
Lo que es un misterio es cómo es posible que es como un elemento protésico, cultural, puede tener especialización cortical y fascicular en términos de conectoma (Jose Miguel Martinez Gazquez).
Quizá se trate del eslabón perdido entre naturaleza y cultura.
Bibliografia.-
Robert Linden: “El cerebro accidental. Paidos. barcelona 2010.
Roger Bartra: “Antropologia del cerebro”. Fondo de cultura económica. Mexico. 2006.
Malafouris L. (2013). How things shape the mind: a theory of material engagement. MIT Press, Cambridge.
Denise Schmandt-Besserat, «The evolution of writting»
Cuando termines el artículo:

Qué grande sigue siendo, maestro. Saludos Jose Mari.